Buen domingo gente, podcast Agosteño con seis canciones y plática tranquila sin aspavientos, espero disfruten.

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Temas: Cuarto Sucio, las nuevas formas de comunicación, oficios de barrio, me hubiera gustado ser músico, sobacos, música.

Música: Supercar “Lucky”, Cats on Fire “Mesmer and Reason”, Bathcrones “Vineyard of the sea”, Lights out Asia “Foursquare”, Monarchy “Gold in the fire” y Foals “Red Sock Pugie”

Música de fondo: Ventilader “She”

“Chongo Zamorita”

Chongo zamorano con chocolate

Lo siento, pensé que te amaría hasta morir pero, sólo fue una farsa al alma.

No pretendo hablar de “esa” edad de fuego de la adolescencia en la que se anda todo el día bien caliente esperando llegar a casa a masturbarse o ir al cine con la novia a que se deje manosear. No.

Hablo de la curiosa – y peligrosa – atracción que sienten los niños por el fuego.

El fuego es una cosa fascinante. Iba a escribir algo como “reacción química” u “oxidación acelerada” pero ésto no es un artículo que trata sobre química (de la que conozco nada) así que me me remitiré a escribir al fuego desde el punto de vista empírico que advierte que el fuego está bien cabrón, y quema.

No tengo recuerdo preciso de cuándo puse mis ojos en el fuego (en sentido figurado) pero fue amor a primera vista. Mis primeros gajos de memoria como pirómano se remontan a épocas infantiles estando de visita en casa de mis abuelos en Tijuana, circa 1982.

Gracias a que el hermano menor de mi padre había tenido una efímera pero intensa vida de hippie la casa estaba llena de velasn y fue con lo primero que experimenté, quemar velas y bañar de cera caliente lo que se me ocurriera, derretir soldaditos de plático y “garapiñar” insectos. Mi abuelo vio ese comportamiento con extrañeza y miedo, tenía miedo que en una ocurrencia tomara su violín y me aventara la danza del fuego.

Mi padre me dijo: YA PÁRALE!

Le paré, no por mucho tiempo.

Terminaron las vacaciones y regrese a casa con mi madre y mis abuelos, a mi territorio.

En casa de vuelta no había poder que me detuviera, que pusiera freno al instinto primitivo de crear fuego, de quemar chingaderas, pues.

Durante semanas, por la tarde, cuando mis abuelos estaban trabajando en la tienda de abarrotes de la que eran dueños y mi madre estaba trabajaba también, yo quemaba cosas.

En mi casa los muebles no sólo eran espantosos, también eran pesados y había suficientes muebles para cargar la culpa de la deforestación de un bosque pequeño en algún lugar de centroamérica.

En la sala de estudio, había una mesa que pudo bien acomodar una parvada de vikingos; tenía doce sillas y seguro soportaba también a las gordas novias de los vikingos aventarse sus zapateados sobre ella.

La quemé a la chingada con todo y las doce sillas.

La humareda fue espantosa dentro de la casa, mi abuelo y mi tio corrían echando cubetazos de tierra para sofocar la descomunal hoguera cuyas llamas alcanzaban el techo y se movían como animales.

Lo curioso es que ese incendio no había sido intencional.

La mayor obra en mi carrera como pirómano había sido un accidente: jugaba quemando un papel acartonado, sonó el teléfono y creí apagarlo bien antes de dejarlo sobre la mesa y ésta, de madera que a diario se limpiaba con aceites y pulimentos, ardió a lo bestia en cuestion de segundos, cuando yo regresé no había nada que hacer.

Después  de ese acontecimiento y una regañada a cargo de medio mundo decidí retirarme, mi trayectoria como pirómano había perdido sentido y no encontraba en ese momento cómo llevar una vida digna quemando cosas.

Me retiré una semana después quemando en el patio un castillo de He-Man que no era ni mio.

Mientras el castillo de Grayskull ardía frente a mi, sentado en la tierra y el sol cayendo detrás de los árboles de mango pensé…

- Lástima, hubiera sido un buen pípila.

En ocasiones, cuando paso por un mercado o  por la sección de frutas del super, me toca pasar por donde están los mangos.

Recuerdo mi infancia, inocente, brillante y hermosa, retacada de vida, con todo en el mundo frente a mí, incluídos los mangos.

En aquella casa de mi niñez, donde crecí con mis abuelos maternos, crecían, según recuerdo, cinco árboles de mango; eran árboles muy altos y robustos, todos, seguramente tenían varias décadas encima, inmensos e imponentes, en verano además, hasta el cepillo de mangos, en grandes racimos. También yo era un niño además de muy joven, zotaquísimo, seguro por eso los veía todavía con más altura.

Recuerdo los incontables veranos (claro que se pueden contar, fueron unos trece, pero ¿dónde quedaría el detalle nostálgico?) en los que vivía trepado en los mangos, arrancándolos de las ramas, docenas, los lanzaba a la tierra mientras tenía un fruto en la boca, mi cara chorreada de mango y mugre. A veces algún amigo o primo esperaba bajo el árbol para cacharlos y no se lastimaran.

También de esos veranos recuerdo cuando los comía verdes, por impaciente, ni sal, ni chile en polvo, sólo mangos verdes, también, sólo fiebre y dolor de panza con complementaria maltratada de mi abuela, por burro.

Mi abuela; ella es el principal protagonista de mi temprana historia con esta fruta tan dulce y aromática; esos cientos de veranos (exagerando, de nuevo) mangueros mi abuela los aprovechó como un perro callejero roe un hueso hasta la médula.

La esposa de mi abuelo materno, Doña Chabela, conocía muchísimas recetas con mango, no era algo descabellado, está de más decir que ella misma ya había pasado una buena colección de veranos rodeada de mangos veraniegos y preparaciones mangosas a cargo de su madre y abuela.

En esos calientes meses, recuerdo el refrigerador cada día y encontrar agua de mango, nectar de mango, nieve de mango, estos tres estaban listos invariablemnte a la hora de comer, algún alimento, mas mango.

También la madre de mi madre nos preparaba trolebuses de mango, pan relleno de mango, empanadas de mango, dulce de mango; también sabía deshidratar mango en rebanadas y preparar jaleas y mermeladas de mango.

Recuerdo las ensaladas de mango sazón (ni verde ni maduro) muy buenas para esos días con calor de más (según sabiduría de generaciones), las paletas congeladas y las crepas de cajeta con mango.

Fue gracias al patio de mi casa con tanto árbol de esa versátil fruta, gracias a esos veranos tan largos, tan dulces, tan aromáticos y tan cargados de sabor; esos veranos de mi infancia en que mi abuela demostró su gusto por el mango; fue por ellos que ahora cada temporada, cada año, su recuerdo viene a mi como una cascada de sabores y texturas en sus infinitas presentaciones, como si estuviera sentado ante aquella mesa de la cocina en la casa donde viví de niño a instantes de un primer bocado de esa azucarada y pulposa fruta.

En mi vida pueden pasar muchas cosas, pero mientras en mi mente lleve estos recuerdos vivos, no podré volver a probar un pinche mango.

Quedé bien harto.

Love always begins with a spark, and so did hell.

Este es un podcast mundialista que de mundialista sólo tiene el nombre, platico un poco de música y me quejo de la resaca tamaño regio que me cargo y cinco canciones para acariciar sus sentidos.

¡DALE DALE!

 

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Temas: Cruda, Música, Noticias, más música.

Música: Chemical Brothers “Swoon”, Cats On Fire “Never Land Here”, I Am a Robot and Proud “Me Vs. Heidi”, Teenage Fanclub “Baby Lee” y Errors “Dance Music”

Música de fondo: Mercey Hot Springs “Chica Nuclear”

Cuando hablamos asuntos de tráfico para vehículos automotores, uno de los más curiosos son los  Cruces de Cortesía, que también en otros lugares se les conoce Cuatro Altos, claro, hay ciudades donde no ésto tiene nombre ni señalamiento y pasa el primero que llegue al cruce echándose “un volado” esperando que el sujeto en el vehículo que cruza no tenga la misma idea de tener derecho a cruzar primero.

Pero no debemos pensar, porque lo sabemos bien, que los señalamientos per se son la solución al dilema del tráfico que a la fecha viene siendo una hueva espantosa, día a día.

Si bien el señalamiento en los cruces que viene a avisar que hay que pelar el ojo y asegurarte que te efectivamente te toca cruzar la avenida ayuda bastante a que no te des en la madre es mucho más convenientes en comparación con no tener nada  mas que un vendedor de tarjetas de teléfono y una señora que vende elotes, el desgaste de energía, frenos y, sobre todo de tiempo, es mucho sobre todo cuando ocurre que ambos vehículos han llegado al cruce de avenidas AL MISMO TIEMPO y ambos están que aceleran y frenan sin ponerse de acuerdo por más de cinco segundos.

Es una joda.

Por esto, he diseñado CUCA que significa Criterio Unificado de Cruce de Avenidas bajo el cual será muy fácil y rápido resolver el la controversia cotidiana de “Quién pasa primero” cuando no se puedan poner de acuerdo:

Cuando son calles con nombres de:

  1. Frutas: pasará primero el que más dulce, que tenga menos posibilidades de causar alergias y salmonella; sea la más popular en la localidad (por ejemplo que haya una Feria Anuel del Mamey); si están en Michoacán donde al parecer hay muchas frutas (por eso de las aguas frescas), chinga la calle que se llame tutifruti, las demás se rigen por las reglas anteriores. Otro factor es si la fruta es versátil o no, si con ella se hacen desde mermeladas hasta salsas agridulces y tiene presencia en carnavales y kermeses, ufa, quien conduzca sobre la calle con este nombre cruza primero a huevo, un ejemplo de calle de perdedores puede ser el zapote, que me caga.
  2. Ríos: pasará primero el que lleve la calle con el nombre del Río que lleve más agua, sin embargo habrá que tomarse en cuenta qué río a causado menos desmadres de inundaciones; el que esté menos marrano; en cuál de los dos aún se puede realizar pesca deportiva o sirva para practicar deportes acuáticos en verano (invierno no cuenta porque hacer deportes acuáticos en invierno es una mamada) y por último longitud. Al que le toque Río Bravo se chinga, aquí lo pasan porque lo pasan.
  3. Ciudades: la cosa es muy sencilla, el primero en cruzar será quien viaje sobre la calle de la ciudad que se fundó primero, siempre y cuando durante la revolución no haya tenido más muertes que la otra y en la actualidad  no tenga a un exgobernador prófugo; nunca pasará primero el wey que vaya sobre una calle de alguna ciudad natal de algún integrante de Maná, ni de ningún familiar de ellos (vivo o muerto). Si es ciudad extranjera nada que decir, primero la ciudad mexicana, la única excepción es Manchester que es la cuna de Los Smiths y eso es ya por mis huevos, perdón, por el bien del tráfico.
  4. Eventos Históricos (sean fecha o nombre, 16 de Sept. o Batalla de los Caras largas) : Cosa fácil, gana la calle del evento histórico nacional sobre el evento local, por ejemplo, la calle “18 de Marzo de 1934″ que celebra la apertura del primer congal de la ciudad para evitar que los mineros se fueran a huelga, jamás tendrá ventaja sobre la calle “20 de Noviembre”. Ahora, nunca tendrá a favor el cruce el evento histórico con intervención extranjera, de tal suerte que la calle “Conquista Española” y cosas de la llevan de pierde así como los eventos históricos donde haya muerto gente a lo bestia. Queda aquí una cláusula preferencial: En cuanto la Selección Mexicana de Fútbol gane un mundial, automáticamente esa fecha chinga a cualquier otra y a callar todo el mundo, y al que no le guste pues, que ni se encabrone de oquis que no ocurrirá en esta vida.
  5. Verduras y afines: cruzará el individuo que vaya sobre la calle con nombre del vegetal que aporte más nutrientes, sin embargo se tomarán en cuenta si es o no un vegetal aburrido, por ejemplo el brócoli es muy nutritivo y aporta un chingamadral de antioxidantes y hasta tiene cualidades anticancerígenas pero es más aburrido que arrear caracoles, indiscutiblemente se la chinga la jícacama que huelga decir, es la mera neta con chile y limoncito.
  6. Números: Obvio, la calle con el número mayor gana. Y calle con nombre de número siempre perderá contra una calle con nombre decente, por reflejar la creatividad de una piedra pomez.
  7. Fuera de las categorías anteriores: Quien viaje sobre una calle de éstas tendrá siempre que ceder el paso a quien viaje por calle dentro de una categoría comprendida del 1 al 6. El cruce de dos calles de esta misma categoría es tan improbable que no nos hemos tomado el tiempo para generar criterios al respecto por lo que, si esto llegase a ocurrir mi correo electrónico para que se me notifique de inmediato es semidios@gmail.com, se me quedan allí quietos en lo que llego a evaluar el asunto.
  8. Ex-presidentes: En caso de controversia, quien viaje sobre una calle con nombre de ex-presidente debe olvidarse de cruzar primero ¿con qué pinche cara? Si se cruzan calles de ex-presidentes, cruza primero el que esté muerto, luego el que viva más lejos de México y por último el que se merendó a más actrices de televisa. Lo estúpido o lo rata no lo tomamos como característica en esta categoría, se trata de resolver rápido no de atorar el pedo en ciclos infinitos de acusaciones.
  9. -UPDATE- Personas: Asumiendo que todas las personas que den nombre a una calle son importantes, atenderemos otras características como si aún vive o ya ha muerto (e.g. en categoría de ex-presidentes), su  nacionalidad y region de influencia; también hay que tomar en cuenta si es famoso por hacer cosas buenas para la humanidad o para unos cuantos individuos, o de plano si su chamba fue o es andar cagando el palo. Si son artistas se le dará preferencia al más pobre, si murió en la miseria tiene paso seguro. Si es Militar o político según lo cerca que estuvieron de Secretario de la Defensa / Presidente o Gobernatura, siempre tendrán ventaja ante ex-presidentes pero nunca antes de otro tipo de personas (excepto cualquier calle homónima a cualquier integrante de Maná o cualquier de sus familiares en linea ascendente o descendente muerto o vivo), no le ganan ni al Resortes, con eso digo todo. Cuando el nombre de la calle es a causa de alguna marihuanada del Presidente Municipal o del Gober y resulta ser un perfecto desconocido, se aguanta y espera turno, si las dos avenidas padecen de lo mismo, se van a dos de tres en “piedra papel tijera” y a callar todo el mundo el perdedor deberá gritar al aire la frase “Vales pito <insertar nombre de la calle> y tu compa <nombre del gobernante responsable>” (ésto último sólo para hacer más sabrosa la competencia).

Criterios adicionales: Los comestibles tendrán preferencia sobre objetos y personas, a menos que sea una calle con el nombre de alguna persona a la cual se le deba agradecer por la disponibilidad de el comestible disputando el cruce, asimismo un evento histórico o máquina en este mismo sentido. Si se trata de dos comestibles, gana el de producción local, aunque sea malo o aburrido, si ambos son locales se atenderá según su valor nutrimental. No hay distintinción entre comestible vegetal o animal, porque comida es comida y se evalúan otras variables. Comidas o comestibles exóticos no tienen ventaja alguna, por el contrario quien viaja sobre ella es el que le para.

La última es pasarte y que te valga una chingada.

En la vida pasan muchas cosas, en nuestras vidas, en mi vida; algunas cosas son tan insípidas que no solamente no merecen crónica, otras pueden ser tan intensas que hay quienes han vivido sólo de su recuerdo.

Algo tristísimo que había sucedido en mi vida, desde enero y sin forma de hacerlo a un lado en la memoria era la ausencia de la taquería de enfrente de mi casa.

A principios de año don taquero y señora taquera simplemente decidieron no abrir por un par de semanas a manera de descanso bien merecido, descansaron y nunca regresaron; hasta la semana pasada que llegué a casa después de la oficina y vi que lavaban el asador y la acerca y todo eso que es así.

Sonreí de felicidad y mi estómago gruño en apoyo a la misma.

Luego luego he levantado la mano para saludar al tiempo que lanzo el silbido que, en una amistad de años, se ha forjado y distinguido entre don taquero y yo. Ah, la nostalgia; me saluda de vuelta y sigue con la escoba enjabonando y tallando la banqueta mientras su esposa remueve la parrilla para darle una limpieza a fondo.

A pesar de tanta espera, tanta tristeza y demás mamadas que podría inventar para justificar una atascada de tacos ahora que habían abierto, no había tenido chance de ir a echarme unos, hasta anoche.

La carne sin condimento mas que sal, asada al cabrón, salas estupendamente manufacturadas, tortillas de harina caseras especiales, un abanico de sabores, texturas y aromas del norte inundaron mi paladar y colmaron la eriza con satisfacción del gusto.

Me comí tres, les eché porras por haber vuuelto al negocio, hablé maravillas – sinceras – de la carne asada y de una salsa quemada de chile de árbol que nada en aceite y luego me fui a casa. Los tacos me cayeron increible, nada pesados.

Anoche me he ido a la cama temprano, sentía cansancio y un poco de sueño, para mí tener esas sensaciones a las 12:00 a.m. es cosa de aprovecharse, y así lo hice. Me tiré en la cama a esperar caer dormido.

Soñé que iba a una taquería, ordenaba tres tacos, pagaba y me iba, luego conducía y llegaba a otra, unas calles adelante, ordenaba otros tacos, los preparaba, los comía, pagaba y me iba a otra taquería, me bajaba del coche, los ordenaba, tres tacos, caminaba a la mesa donde estaban las salsas y … no había guacamole;  desperté de un salto, en un grito mudo, con los ojos bien abiertos y una sensación de vacío interior.

Un taco sin guacamole no es taco.

La mayoría de nosotros hemos tenido la oportunidad – iba a escribir “fortuna” pero me salía caro en la conciencia -  de conocer a nuestros abuelos y sus peculiares maneras de resolver asuntos de salud en la familia, de los que han requerido atención de emergencia y otros que ameritaban tratamientos prolongados.

De mis abuelos, de los cuatro que tuve y que ahora ya se han puesto la pijama de madera, mi abuela materna es la que me crió muchos años cuando mi madre trabajaba fuera de la ciudad. A ella le tocó cuidarme, a mi me tocó cuidarme de ella, de sus remedios caseros que, huelga decir, sufrí como las mismas enfermedades que pasaban a remediar.

Ya he platicado en algún otro momento el por qué detesto el epazote y no soporto su olor que me provoca las nauseas más intensas, no culpo directamente a mi abuela de ello pues su responsabilidad queda limitada a llevarme con la curandera que era la que me embarraba una chinadera de aciete de olivo y epazote para quitarme lo empachado, un padecimiento que ha caído en desuso.

Recuerdo que entre mi tía abuela y mi abuela se rolaban tés raros, tenían uno que era una vil rama, que era para aliviar dolores musculares, era una rama tan fibrosa y resistente que cortarla te llevaba una media hora si no tenías un machete con buen filo, más de una vez tuvieron que tomarse una taza del mismo para el dolor del brazo engarrotado, estaban viejitas, cortar ramás era tarea pesada. Pero ahí vi que habían creado su propio círculo de consumo/producción.

Si me dolía una muela o un diente me hacía morder un clavo de olor.

Si me dolían las anginas me obligaba a hacer gárgaras con una infusión de cáscara de granada más amarga que la vida de Lupita D’Alessio.

Cuando tenía bronquitis, gripe, tos, o un méndigo resfriado mi tarea era que no lo notara, cosa que me resultaba imposible cuando traía un moquero bárbaro y mi tos con flemas sonaba como caja de corn flakes; el remedio estrella era el Vapo-Rub.

Mi abuela curaba todo mal respiratorio por igual, con Vapo-Rub; pero su tratamiento con esa jalea espantosa no se limitaba a un masajito en el pecho y espalda para que sus vapores medicinales descongestionaran mis vías respiratorias, también me obligaba a echarme una cucharada de Vapo-Rub a la boca con las indicaciones precisas de ir dejando que se disolviera  y pasara por mi garganta. Me dejaba viendo borroso y con la sensación de haberles agandallado el almuerzo a una pandilla de Koalas.

También tenía remedios caseros para los árboles enfermos, mi abuela no sabía cuando habría eclipses, pero todos los árboles de mi casa tenían un trapo rojo atado, para cuando hubiera. Así no se les caerían los mangos a los mangos ni los zapotes al zapote   – había varios árboles de mango y sólo un zapote – y así igual para todos los demás.

Una vez,  no recuerdo muy bien, había comido mil y una pandejadas, también una sandía completa y un par de guayabas, ese día era yo el niño más estreñido de la comarca.; le platiqué  a mi abuela el problema que me traía acongojado y que si pujaba más temía  botar mis ojos; me instruyó que estando sentado en el retrete cerrara los puños y me golpeara las rodillas duro en ritmo constante y que, con ese simple procedimiento y paciencia todo terminaría por salir; recuerdo bien.

El resto del día fui un niño estreñido que cojeaba.

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