Todos, con excepción de los evidentemente orates, tratamos de llevar una vida a toda madre, caminamos nuestros días hacia la muerte inminente tratando de ser felices, buscando la alegría en cualquier rincón de nuestro entorno, y tratamos de las mejores maneras posibles de sobrellevar los momentos desagradables, de tristeza o enojo.
Claro, nada es perfecto y la perfección sublime no existe en la vida del ser humano(según el siempre respetado y nunca bien ponderado filósofo griego Chipócles) y de todos modos, ni le hace bien a nadie.
Entonces, si se toma en cuenta la exégesis anterior, se considera y aprehende, se estará en una posición privilegiada entre los humanos obsesivos que nos encanta enojarnos por pendejadas.
-Me caga tomar unos papeles, acomodarlos bien, tomar la engrapador y ~uick!~ que no tenga grapas, me emputa, siento que le pinche engrapadora se esta riendo en sus metálicas entrañas o algún imbécil estaba escondido listo para el ~uick!~
-Si alguien por accidente, error o meritita mala leche, le quita la pestaña a la lata de la que estoy tomando (coca cola, cerveza o lo que sea), ya no me la tomo, me caga, así nomás, eso sí, miento un par de madres.
-Estar comiendo algo y que alguien me pida “una probadita”.
-Que la misma persona me pida “un cigarrito” mas de dos veces en menos de una hora.
-Una visita sin avisar.
-Un trompo charrasco
-Que algo me estorbe, en lo que lo quito a la chingada ya me emputé.
Como esas anteriores ha de haber otras cosas más, cosas que son pendejadas, y que vulneran mi sereno existir, y a pesar de saberlo, sensatamente aceptarlo, no puedo removerlas, parecen ser elementos tan arraigados a mi personalidad y mi estricta manera de hacer las cosas que lograr tal remoción implicaría una bala en la cabeza.
*Muy muy buen fin de semana to you all.
