Venìamos en camino a este pueblito pintoresco y tocamos dos amigos y yo el tema de el “control” que ejercen nuestras novias (cuando tenemos, snif) cuando vamos a salir con nuestros amigos, de cómo aunque les avises con anticipación y en tono de solicitud de permiso, cuando llega el día intentan de una u otra sutil forma desalentarte o poner obstáculos en la ya anunciada empresa.

Para todos fue sencillo decir “esa pelìcula ya la vi”, claro, nosotros no somos unas piedras y también podemos plantear restricciones sin embargo, no caemos en la insensatez que (con todo respeto no se hagan guajes nenas por favor) ellas caen de ignorar que se nos avisó y que eso es más que suficiente.

Por esas cosas y muchas más nos hemos siempre metido en broncas grandes, pequeñas, minúsculas y del tamaño del mismísimo miedo, por tener que, en el ánimo de evitar discuciones, mentir sobre nuestros objetivos reales y nuestro paradero.

¿Quién es el culpable entonces? ¿El que intenta NO mentir y le resulta contraproducente o quien recibe la verdad y pone obstáculos y aplica estratagemas para frustrar planes notificados con prudente adelanto forzando al “sujeto de restricción” a generar mentiras innecesarias en virtud de mantener la fiesta en paz?

Nadie es un ángel, todos somos susceptibles de errores, todos podemos cometer pifias, hombres y mujeres por igual aunque con tendencias distintas.

El asunto aquí es que…

…no entiendo ni madres.

Pero bueno, a veces me divierto.

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