Hoy fui al café de siempre, cuando me sirvieron mi latte con doble espresso, fui a la barrita que tienen donde terminas de preparar tu café con especias, lo revuelves, le pones la tapa y tomas servilleta.
Hoy cambiaron el “canelero” (como salero pero con canela en lugar de sal) por uno más grande del ancho de una taza y hoyos más grandes, no tomé importancia a este cambio y, ciertamente, tampoco tomé importancia a la señora que estaba sentada inmediatamente a mi lado izquierdo muy cerca dándome la espalda; tomé el canelero y en un segundo de distracción e ímpetu canelero sacudí con tal fuerza la madre esa y salió literalmente un puñado de canela, veloz y certero al pelo de la señora en una casi invisible nube producto de la colisión pelo/canela.
No se dió cuenta, me aguanté la risa y las ganas de darle un zape muy duro para quitarle el fino polvo café, me senté, y seguí mi rutina.
La señora, aun sin darse cuenta del incidente, actuaba medio raro, subía y bajaba la voz de la nada y hacía comentarios en voz alta bastante disparatados, hasta su interlocutor la veía con ojos extraños.
Cualquiera que la escuchara y luego viera el manchón de canela en su cabeza, pensaría qué, con justa razón, el ladrillazo en la nuca fue la causa de su demencia.