Recuerdo cuando me dijiste que no lo hiciera. Este lugar se te hacía conocido y por eso me quisiste advertir que mejor me quedara sin que nada bueno resultara de ello, me molesté un poco por tu atrevimiento y un tanto más porque no quisieras venir conmigo, ni considerar como una posibilidad visitarme de vez en cuando, sólo para no dejarme olvidar como es tu rostro, tus ojos azules y esa forma tan graciosa que tienes de saltar sobre los charos de lluvia. Aquí llueve mucho sabes? al momento que te escribo estas líneas en la vieja máquina de escribir que me prestó el viejito del piso de arriba, llueve.

Ayer salí por primera vez a caminar al parque que está a unos cuantos minutos del departamento, casi no hay tiendas, y la gente está como triste a cualquier hora, como a cualquier hora los ves tomar un te color rosa que llena las calles, el viento de los árboles con aroma dulce, de funeral. Caminé por el parque dos veces y noté que los perros no corren y en vez de ladrar se acercan a tí para murmurar sus ladridos de coraje o simpatía.

Esta mañana la sobrina del portero me preguntó mi nombre, y me dijo que me había visto en la televisión, en alguna película en blanco y negro de las épocas de Humphrey Bogart, sonreí y le dije que yo no soy tan viejo, que tengo 33 años, la niña, al momento que lamía una paleta de cereza del tamaño de su cabeza abrió los ojos tan grandes como podía, su lúgubre solemnidad me asustó por un momento, me dijo: – aquí todos estamos viejos, pero nunca envejecemos -

No entiendo la vida aquí, esta es la segunda carta que te escribo, aún en marzo, aún desde este lugar que no puedo empezar a conocer, trabajar en casa me ayuda a no tener que salir a una oficina, pero la gente me mira en la calle como si un familiar mío acabara de morir, cada día siento que el que murió soy yo, llueve todo el tiempo, pero entre sueños he llegado a creer que se detiene mientras duermo, anoche abrí los ojos dos segundos, y juro que escuché a los niños de la vencindad jugar en el patio, eran las cuatro de la mañana y no llovía.

Me siento raro, marzo nomás no termina, y te escribo por tercera vez, me habías hablado de algo que harías, cuando abril llegara, yo aquí te platico cosas simples, de cómo entiendo lo que me decías, tus lágrimas de temor a qué tal vez me volviera loco, que la lluvia constante acabara con esa gracia que supongo yo te gusta mucho. te extraño, me voy a dormir ya no puedo escribir, después de las doce de la noche el rechinar de esta máquina de escribir se multiplica y escuchos “shhhhhhhhhhhh” a través de mis cuatro paredes. Te extraño.

Hoy te escribo a mano, el viejito que no me ha querido dar su nombre ha venido a recoger su máquina, dice que viene mucho trabajo, la ultima semana de cada mes hace las esquelas por adelantado, marzo siempre es mes pesado pero que como este año no se había visto uno desde tiempos en que era un niño, calculé 1910 o algo así, ya no puedo ni sospechar la edad de nadie, a la sobrina del potero no le he vuelto a ver en semanas pero antier al ir saliendo rumbo al parque sin querer vi al interior de la sala del portero y vi a una joven de unos 19 años leyendo un libro y lamiendo una paleta de cereza del tamaño de la mitad de su cabeza.

Anoche no pude dormir después de que el viejito que ahora se que se llama Jacobo me dijo que aquí la gente avisa su muerte con un mes de anticipación, precisando día y hora, me dió más miedo cuando me explicó que es una costumbre hecha ley en este pueblo, pues no se permite llorar por dos muertes en un mismo día, confunde las almas de los que se van, al no saber quién llora por quién. No quiero ni repetir, ni por escrito, lo que me respondió Jacobo cuando le pregunté lo qué pasaba si la persona no puede morir el día que avisó, aun no regresa toda la sangre a mi cabeza de oir lo que esa voz temblorosa y débil me hizo saber; me preguntó antes de desaparecer en el pasillo, si tanta curiosidad era para reservar algún día próximo.

Te extraño y ahora también tengo miedo.

Hoy no ha llovido, desperté a las 12 del día, todo el pueblo está en un funeral, hace unos días en una de mis caminatas creo haber recordado el camino por el que llegué, comienza (creo) a la vuelta de la tienda del señor Alcabas, ya empaqué mis cosas y dejé la renta en un sobre debajo de la puerta del portero, te escribo esto ahora porque marzo termina mañana, y estoy seguro que mañana lloverá de nuevo, o tal vez esta tarde, si no me apuro, la lluvia no me dejara ir, la gente no me dejará ir, si no parto hoy con el sol sobre mí, abril se irá igual, como marzo, entre la lluvia.

Si vuelves a saber de mi, es que ya comencé abril en otro lugar más cerca de donde estás, yo deseo saber de tí esperando que abril no estorbe en tus zapatos.

 

Puse el pollo a cocinar, pero la verdad no creo que me haya entendido bien.

Apr 262007
 

Preocuparse por los efectos del paso del tiempo es sólo un poco más útil qué preocuparte por la siguiente vez que te den ganas de cagar.

 

Cuando no tengo nada que escribir en mi blog, me gusta venir a avisar.

 

Equitación no es la virtud de repartir las cosas en partes iguales.

Apr 252007
 

Esta tarde estaba chateando en messenger, de pronto entraron 20 contactos al mismo tiempo y me rompieron dos ventanas.

Apr 212007
 

Vengo regresando al depa, tuve que salir a tomar unas fotos del trabajo, tuve que caminar algunas cuadras antes de llegar al punto, y aproveché para colarme en un tianguis como esos que casi no hay en esta ciudad (ajá) para ver que había y distraerme mientras caminaba.

Había llovido así que cada tres o cuatro puestos me caía un madrazo de agua de las tiendas, decidí pasarme a la banqueta por detrás de los puestos, ya no llovió.

Llegué al lugar, tomé las fotos y en 15 minutos estaba libre para regresarme a tirar al depa y crudear mi camino a la noche qué algo debe guardarme; al dar vuelta en una esquina que no recuerdo cuál fue, vi un taller mecánico donde se encontraba algo de lo más impresionante que he visto (además de una rata tan grande que con dos patas amarradas bien me pega una madriza); un señor super panzón, con una camiseta blanca interior de esas delgadas ideales para los concursos de playeras mojadas, snif

Este señor tenía una barriga irreal, surreal, como si allí trajera la ropa sucia o la basura de su casa, lo más grotesco era que la tenía dividida perfectamente en cuatro, justo como el six pack de los batos que están bien mamados, pero este era un four pack de bato panzón.

Era un four pack de mazola.

 

Pizza de carnes frías.

 

Ya he comenzado a perder el estress de la llegada y en la misma proporción he iniciado el proceso de abrir los ojos a mi alrededor, la cotidianidad arranca la carrera, le tienda de la reflexión urbana inaugura sucursal en la Capital.

(Después de tres horas regreso al post)

Hoy en la mañana tomé el microbús y noté inmediatamente que el chofer era el mismo que conducía el micro ayer que regresaba al depa, rostro inconfundible, cabello apelmazado (o como chingados se escriba), nariz condoreña y mirada de asesino serial en sabático.

Noté todo eso porque ayer llevaba a una mujer sentada a su lado, una señora que bien podía pasar por La Tigresa del Oriente on Crack, el cuate este la maltrataba fuertemente porque no le habia preparado la comida correctamente, no se si alcancé a escuchar que la torta estaba demasiado enchilosa, que ahora tenía además de hambre chorrillo, ella le tocaba el antebrazo y le pedia que se calmara que iba a chocar en una de esas.

La tipa quería bajarse con él al final del recorrido, pero este wey le pateó el culo mucho antes diciéndole que no la quiería ver, que no sabía qué pensar, la doña baja emputada jurándole que es la última vez que le hace tortas, qué no sabe lo que se pierde.

A las dos cuadras este Tenorio Urbano se detiene para subir a otra señora también bastante respuestita del cuerpo, muchos pensaron que era un asalto a blusa armada porque los botones amenazaban fuego.

Se sube esta señora, le da beso en la jeta y le dice – hola chiquito -, este cabrón le responde con un poco discreto – No me digas nada que ando encabronado – bajando la voz para decirle que no ha desayunado que casi se anda desmayando.

A las dos cuadras la tipa se baja, le da beso francés con extensión a lenguetazo en la oreja por culpa de un frenón en el semáforo.

Hoy en la mañana, este cabrón traía a una tercera sujeta, no la del desyuno, no la del beso frances advanced, una tercera mujer, que no le soltaba la mano ni para meter los cambios, y que le ayudadba con el vuelto de los pasajes.

Ella le dice – Ya me bajo aquí en la que sigue – a lo que galantemente responde este wey – uuuy ya me dejas? con lo que me gusta verte aquí sentadita, a qué hora te veo mas tarde? -, entró un puño de gente y sólo alcanzaron a compartir sonrisas “diamor”.

Ah el amor tan cabrón que alcanza para todos.

Apr 162007
 

Me despierta el despertador, ninguna otra cosa, a las 7:30, me levanto con ánimos pero con una hueva del tamaño del miedo; enciendo el boiler y espero a que caliente el agua mientras, al ritmo de una buena rascada de nalgas, preparo café de cafetera (con la mano libre de tareas nalguísticas), entra el aroma de café por mis alterados orificios nasales y siento un poco más de vida.

Vida… que es eso? no se, será algo que he venido a reinventar en esta chingaderota de urbe?

El agua ya debe estar caliente y pierdo tiempo; aún no tengo el “timing” correcto del viaje en el microbús, la hora correcta para tomarlo y no llegar mucho antes ni mucho después de mi entrada a trabajar, supongo que son cosas que se aprenden y uno no se da cuenta, dejaré de pensar tanto en ello, mejor vivo menos preocupado.

Busco la ropa que usaré hoy, no me mata de tedio pero tengo que buscar ropa interior en una maleta, los jeans y camisetas en otra, no tengo armario clóset o nada parecido, espero el clóset portátil que me prometieron, ahorro 150 pesos; tengo que llevar ropa a la lavandería a la vuelta de la cuadra, espero salir a tiempo de la oficina para llevarla, si no, en dos días estaré reciclando calzones y es no good.

Navego con los ojos el techo, el departamento, la alfombra donde por ahora duermo en un tendido árabe, mi vaso de agua el cenicero al lado y recuerdos tirados por todos lados, invisibles es cierto pero que piso descalzo y se sienten como pequeñas espinitas, no duelen, pero no dejan caminar bien rumbo a mi baño matinal.

Ya no se si meterme a bañar, servirme café o dejar pasar más tiempo, voy a tiempo, no como otros que dicen “sin tiempo, para llegar siempre a tiempo”, el tiempo no me importa, nomás me sirve o deja de servir, bendito sea.

El agua está casi hirviendo, no la del café, olvidé conectar la cefetera y noto con cara de idiota que hace 15 minutos no había escuchado el “fushhhhhhhhhhhhh” del agua vaporosa pasando por el filtro a la jarra; tomo la decisión de conectarla y tal vez alcanzar un sorbo de café. Me tengo que meter a bañar ya.

Me veo el rostro, son las ojeras de siempre, desde niño las tengo dice mi padre, dice mi madre que nunca me ha gustado dormir bien de noche, tienen razón, qué desperdicio no aprovecharla; me desnudo, veo mi cuerpo al espejo y me digo una y otra vez con voz suave: – Aléjate de las tortas de tamal y las quecas, sólo te harán más panza -

Después de reflexionar sobre la paradoja gastronómica y su inminente amenaza, abro los grifos (no los grifos de los amigos que dejé en mi ciudad ahora lejana sino las llaves del agua caliente), entro a la falsa lluvia, cierro los ojos y en mis pies siento la arena de la playa, los abro y es tierra que dejo el cabrón de mi roomate que entro con lodo y lavo los tenis; las fantasías mueren a menudo de las formas más simples.

Ya me cambié, ya salí, ya camino a la avenida, ya espero, ya pido al micro que se detenga, se detiene una chingada, miento una leve madre (lo hago levemente porque estoy enterado por múltiples y buenas fuentes que en esta ciudad su efecto es ínfimo), espero, este sí se detiene, en 15 minutos estoy en la estación del metro, a la vuelta está mi oficina, el paisaje es poco a poco más familiar, el café enfrente del edificio ya abrió, creo que desde las 8 de la mañana, lo atiende un señor en sus ochentas, pero prepara el café rápido y muy sabroso.

- ¿Qué se le ofrece joven?, muy buenos días! -
- Buenos días, un latte grande por favor -
- Ahorita mismo se lo preparo, oiga, ¿no olvidó usted ayer una cajetilla de cigarros recién abierta? -
- Sí, bueno, el amigo con quien venía los olvidó, no supo dónde, son unos blancos -
- Aquí tiene su café joven, y los cigarros de su amigo -
- Gracias, aquí tiene, ¿son dieciocho pesos del latte verdad? -
- Así es joven -
- Ok, gracias, que tenga muy buen día -

Salgo del Café, y miro al parque frente a mi, verde, árboles altos y respiro aire que todavía guarda la humedad de la madrugada.

- OIGA JOVEN! JOVEEEEN! -

Volteo la mirada y me llama el señor que me atendió.

- Olvidó usted su café y sus cigarros! -

Regreso a subsanar mi olvido recordando que olvidé mi sorbo de café en el departamento, y olvidé apagar el boiler.

Y sentado ahora en mi cubículo recuperando el sorbo perdido, siento miedo que olvidar se me vuelva una tarea sencilla.
-

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