La lluvia de invierno o en la playa, la que cae cuando viene una tormenta tropical; un buen café, helado o caliente pero simplemente bueno; mi brazo entumido porque toda la noche ella durmió y rodó sobre él; tomar la primera cerveza y sentir que me cae tan bien que puedo tomar todas las que vengan; una tarde en la que sienta que nada me preocupa, una de esas tardes en las que siento que soy infinitamente feliz; la sonrisa de una bonita desconocida; de los zumbidos del messenger; de usar emoticones; jugar a que la vida es fácil; ver fotos antiguas de gente conocida, y de mi; viajar de pasajero en la carretera y sacar la mano jugando al avión; dormir en la arena de la playa en el pacífico; despertar recordando que lo último que hice antes de quedar dormido fue que sonreía; encontrar amigos de mi infancia por la calle y que me reconozcan; saber que la suerte le da buena cara a las personas que quiero; vomitar de ebriedad sintiendo que alguien cuida de mi; todos los momentos que me hacen decir – ¡de la que me salvé!; los días de invierno en que no debo levantarme temprano; los huevos rancheros que se preparan en mi tierra; el shoegazer; los 90′s; un abrazo inesperado; llorar de alegría; una buena película de horror; carcajearme; el primer sorbo de café por la mañana; una muestra de cariño de un animal; la vista de Tijuana desde la terraza de mi casa; una larga charla con mi padre mientras tomamos whiskey con agua; comprarme un gadget nuevo; fan de la risa de mi madre; y de vez en cuando, soy fan de sentirme solo.
Este soy yo, serenado haciendo como que nada me importa, bebiendo un café caliente bajo los rayos del sol de agosto, sentado así he esperado mil veces mil cosas, levantando mi mano derecha para apurar un sorbo.
La fórmula no ha fallado mucho, tarde o temprano llegan cosas buenas mientras estoy serenado haciendo como que nada me importa, y cuando no llega nada, no hay problema, sólo me levanto, y prosigo mi día haciendo como que todo lo demás me importa.
Una señora que entró a la oficina hace rato se acaba de ir, una señora de unos 85 años, vino a arreglar no se qué asunto con una compañera, no me conoce ni nada, si acaso un saludo común y corriente.
No se sabe aún a ciencia cierta cuáles son las reglas perfectas en el arte de escribir, sean novelas, cuentos, guiones o simples pensamientos, no hay lineamientos.
Unos podemos suponer que lo mejor es solamente escribir lo que piensas, pero sin pensar; como si fuera un estornudo, un bostezo, rascar una comezón isoportable… una cuestión natural.
Por otro lado, hay quienes piensan para escribir lo que piensan; personalmente eso lo veo bien igualmente, quizá no es mi forma de hacerlo, tal vez porque sólo pienso historias cortas, soluciones para el día de mañana y, cuando futureo mucho, soluciones pequeñas para mañanas distantes.
Es miércoles ya, y las cosas no pintan mejor, de hecho, hoy están ligeramente peor que ayer, porque saben? no me gusta contarles todo, así que decir “ligeramente” es suficiente dosis de realidad para mis lectores cibernéticos. Los que me conoces más de eso, pues, ya saben cómo soy y supongo, por eso me quieren.
Pinché en “Nueva Pestaña” y me quedé jetón.
Tenemos dos ojos, dos orejas, dos manos, dos pies, dos orificios nasales, dos nalgas, dos huevos o dos ovarios según sea el caso, dos riñones, dos pulmones y así viene una rica historia de simetría que la maravillosa naturaleza nos ha regalado para que funcionemos bien.
El retrete de a oficina tiene un detalle, ni la tapadera ni el asiento se pueden sostener arriba, sin embargo tampoco se caen inmediatamente.
