No mames, pinche pescado empanizado, parece colchón; si hubiera querido comer tanto pan hubiera pedido el pescado sambutido en un bolillo.
Vengo regresando a casa, fui al Oxxo.
Llegué a este lugar, estacioné mi coche en su correspondiente estacionamiento (a diferencia de la Ciudad de México, los oxxos sí tienen estacionamiento) y entré por unos cigarrillos.
Adentro me encontré a un viejo amigo de la Universidad, rápidamente nos pusimos al tanto de nuestros andares mientras yo de reojo veía como el limpiacoches asignado (por sus propios huevos) al establecimiento había (también por sus propios huevos) decidido darle “un trapazo” a mi coche.
Me despedí de mi amigo y olvidé a qué iba al Oxxo en primer lugar, imposible que mi amigo hubiera olvidado a qué iba él pues traía un garrafón de agua vacío en la mano; recordé inmediatamente y realice la compra para salir de allí.
Como salí de casa sólo para comprar los cigarrillos nomás había tomado la morralla de la mesa y sólo me quedaban $1.50 para darle al cuate ese por quitarle el polvo al coche (si me preguntan, yo apostaría a que le echó más del que tenía encima); le di las monedas.
Este pendejo me dice:
- Uuy, no broder, mínimo $15 pesos, ‘ai palotra.
Quince mentadas de madre fueron las que se ganó.
El médico me dio antibióticos y antiinflamatorios.
Le faltó recetarme antiencabronatorios, traigo un humor de la chingada.
Veo fijamente a la luz de la diminuta lámpara de LED que uso con mi laptop en mi oscura habitación, me imagino entonces, al entrecerrar los ojos, que estoy dentro de un tunel y un tren que venía, se ha quedado estático, como decidiendo si pasar sobre mi, o darme tiempo de gracia para intentar regresar sobre mis pasos y escapar. Luevo viene a mi mente el sonido de un tren que se detiene, de uno de vapor, el escape del gas por las válvulas y el *shhh shhh* de cada ciclo de la ruedota esa que no se cómo se llama.
Ahora me bajo del tren en una estación donde sólo hay chamizos corriendo, al fondo del corredor hecho de madera, está una señora joven con un letrero tamaño pliego de cartulina en el que leo mi nombre, me acerco con mucho cuidado porque, para empezar, yo ni pensaba subirme a un tren, mucho menos llegar a ese lugar.
Unos metros antes de llegar a ella, se voltea y acelera el paso como renunciando a mi arribo y bienvenida, la alcanzo tropezándome con una maleta que hace unos minutos no llevaba en las manos, se da vuelta y es una mujer hermosa con cabellos rizados de color negro como la negrura que me acechaba dentro del tunel justo antes de cambiar de historia.
Me sonríe y acerca su mano a mi mejilla, yo sigo hincado y sobándome una rodilla por el golpe del tropezón, sonrío al sentir su mano cálida en mi piel.
Una inesperada ráfaga de viento le arrebata el letrero de su mano e impide que escuche algo que intenta decirme.
Le pido que repita lo que me ha dicho, sonríe y se inclina condescendiente acercándo sus labios a mi oído.
- Sólo te esperaba para decirte que no debes estar aquí.
Sin comprender un ápice lo que eso significaba le he preguntado por qué.
- Porque yo ya me voy para siempre, no quedará nadie más que tú, y aquí, no serás feliz jamás.
Desapareció ante mis ojos callendo su vestido largo vestido al suelo de madera del corredor polvoso, me puse de pie y confundido busqué alguna señal de vida, nada, no había nada, sólo estabamos la estación vacía y yo en medio de un valle desierto infestado de ramas rodantes.
Mientras me acerco a la orilla de las vías del tren y veo a lo lejos esperando divisar cualquier cosa viajando sobre ella, otra ráfaga de viento me estampa en la cara el letrero con el que la dama pretendía encontrarme, inexplicablemente, en una estación en la que sólo yo bajaría.
Extiendo el letrero con ambas mano y noto que mi nombre ha desaparecido y puedo leer “Ya viene, ya te vas”.
Escucho de pronto el tren, bajo el papelote que bloqueaba mi vista y allí estaba, colgándose de una mano, un señor muy simpático sacudía su brazo gritando la llegada y mirándome fíjamente.
Se el vagón de pasajeros, el primero, se detiene justo con la puerta de entrada frente a mi, el señor, ya muy viejo, hace el gesto con su cara y movimiento de cabeza indicándome que suba.
Olvidé subir la maleta, – total que ni era mía – pensé con alivio.
Se acerca ese raro señor con la perforadora de boletos.
- Disculpe, no he comprado boleto, en la estación no había quién lo vendiera y como usted me indicó que…
- Sí sí, no te preocupes muchacho, ya te vas de aquí es lo que importa, será cortesía nuestra tu viaje de vuelta.
- ¿A dónde regreso?
- ¿Cómo, no lo sabes?
Entonces se me quedó mirando brevemente y sonriendo me dice
- Ay jovencito, con esa fiebre infernal que traes, que vayas de vuelta, a dónde sea, es buena noticia.
Dejo de mirar al brillante LED de la lámpara diminuta conectada a mi laptop y me levanto a la mesita al lado de mi cama; ya me toca tomar las pastillas.
Traigo un golpe en la ceja derecha. Es estúpido.
¿Cómo no contar semejante evento de curiosísimo desarrollo?
Hoy me he levantado de la cama sufriendo terriblemente por culpa de la muela 2 de 2 que tenía dañada; la muela 1 de 2 ya ha sido extraída y espero se esté pudriendo lentamente en un vaso de coca-cola en el infierno molar.
La muela 2 de 2 (el dentista me dijo que eran las únicas dos muelas dañadas, y sí, esas dos me han hecho la ida de cuadritos) no me ha dejado dormir ni pensar tranquilo, no puedo concentrarme; de allí que me haya pasado lo que me pasó esta mañana.
Entonces, me levanté.
Mi cachete derecho ardía caliente pero sin inflamación, con mucho dolor. Bajé a la cocina, me preparé inmediatamente un café tamaño malteada mientras esperaba que el boiler calentara el agua para darme la ducha de ley.
Entré a la regadera semi-dormido, ojos entrecerrados y aún con un sorbo de café en la boca; el agua vaporizaba muy sabroso, caliente; siempre me ha gustado ducharme con agua bien caliente, me relaja. En fin, prosigo.
Me he metido bajo el agua que estaba como para desplumar gallinas cuando me entero que no había jabón, estiré la mano a la repisa y tomé un jabón nuevecito, era un Zest bien pinche duro.
Me estaba entonces enjabonando el cuerpo y todo eso que es así, y pasé a enjabonarme la carátula cuando el vapor de agua me provocó un estornudo de esos que no sólo son inevitabilísmos sino que, además, vienen tan de repente que ni chance de actuar en defensa o protección de ellos.
Estornudé fuerte y ruidoso con un movimiento de cabeza de atrás hacia enfrente, como látigo; la cosa es que mantuve la mano derecha con el jabón a la altura de la cara.
Me he dado un jabonazo en el ojo, de antología.
Si hay algo en lo que soy malísimo, es planchando
Mi método (si es que se puede llamar así) para dejar una camisa impecable comprende los siguientes pasos con plancha en mano:
- Abro la camisa para poner su “espalda” sobre el extremo delgado del burro y plancho esa zona, pero sólo la parte baja porque la parte alta de los homóplatos no me queda bien desarrugada. ~pasan de 6 a 7 minutos~
- Le doy un pequeño giro a la camisa para planchar una de las partes de enfrente, hago la manga pa un lado, las mangas las plancho después. ~15 minutos transcurridos~
- Plancho la otra parte frontal de la susodicha prenda, y hago la manga correspondiente a chingar a su madre pa un lado. ~23 minutos ~
- Ahora toca planchar las mangas que, cabe que diga, ya arrugué más. Aquí es donde el rompecabezas se pone más fastidioso; en lo que acomodo las mangas, las plancho, me quedan plieges rarísimos por el otro lado y en la zona de los puños, además de que lo ya planchado va rapidísimo perdiendo su artificial y efímera lisura. ~aquí ya valió madre el tiempo, casi 30 minutos~
- Terminadas ambas mangas, viene la parte superior de la espalda y el cuello. Hasta aquí pudiera simplemente escribir que ya no se qué hacer y con vergüenza debería agregar que tengo mas de una década intentanto realmente aprender a lidiar con esta zona de la camisa, pero creo que es algo genético lo que me bloquea. (Claro, culpo a la naturaleza por mis pendejadas). ~34 minutos, segurito~
- Levantar la camisa con las dos manos, apreciar el trabajo de planchado llevado a cabo y retocar las zonas que hayan perdido su gracia…
… ir a paso número uno o usar sweater.
Se quemó la fábrica de saleros.
Siempre he sentido un cuasi-patológico gusto por las historias “de espantos” y todo eso que tenga que ver con lo sobrenatural; no recuerdo si en este modesto escaparate cibernético he platicado antes sobre el primer libro que leí (que leí por voluntad propia, antes, mi abuela que fue maestra de primaria ya me había sambutido en la cabeza no se cuántos), se titulaba (chafamente en español) “Vampiros Vivos y Vampiros Muertos”, no recuerdo el autor pero tenía en la portada a un tipo dentro de un ataud con los ojos inflamados en rojo intenso (el libro era color rojo, además) y lo encontré mientras jugaba al explorador en la tienda de mi abuelo, ya había cerrado y estaba oscura como la chingada.
Encontré el libro gracias a la luz de mi linterna, tenía yo no más de años y con sólo ver la portada se me doblaron las piernas, tomé el libro y no pude resistir ponerme a leerlo allí mismo, rodeado de negrura iluminando las amarillentas páginas con la luz de mi linterna que, huelga decir, estaba piñatísima.
Me zampé el primer cuento, era una colección de historias cortas o fragmentos de otras más largas, no recuerdo bien.
Desde entonces me hice adicto a las historias de horror, hasta me hice fan de las caricaturas de Scooby Doo y Los Cazafantasmas, Gasparín sí me cagaba la madre.
Me hice también adicto a la sensación de miedo que me provocaba leer sobre vampiros, fantasmas y demás entes del otro mundo, recuerdo noches de verano en las que me cubría hasta la cabeza en la cama, mis padres no entendían cómo, si me la pasaba tragando bajaba tanto de peso, la verdad es que me la pasaba sudando todas las noches.
Eventualmente me he hecho tan fan del género de “Horror” que mis pesadillas (cuando llego a tenerlas) ni siquiera son las clásicas de accidentes, asesinos, incendios o caídas en precipicios, mucho menos fantasmas o monstruos.
La pesadilla que tuve anoche fue una en la que estaba platicando con una amiga, parados ambos en una acera, llegó una ola, se llevó a mi amiga y yo corría a una orilla inexistente tratando de salvar mi blackberry.
Salté de la cama y desperté cuando la corriente me derribó y sentí el agua fría en todo mi cuerpo mientras decía – No mames! -
En la oficina hay una señora joven, es compañera de trabajo de acá del segundo piso, del departamento de Programas Especiales.
De todo se queja, incluso de lo mismo, en distintos sentidos, en el mismo día.
El aire acondicionado esta muy frío, luego se calienta mucho cuando le suben la temperatura así que hay que bajarle de nuevo, para que se vuelva a quejar. El día de la Candelaria los tamales estaban mal amarrados, se estaban deshojando solitos dentro de la olla, pero cuando estaba deshojando el suyo echó viga porque de pura casualidad le tocó el único tamal entre ciento cincuenta que la tamalera huevona se dignó a apretar bien con nudo triple.
Si Camila prepara el café se queja porque quedó para despertar un durmiente, pero de las vías del tren; si el café lo prepara Roberto, entonces queda aguado y que es puro gastar café si no lo van a preparar bien.
Un compañero que, no se qué acaba de alegar con ella, pasó a mi lado y me ha dicho con voz piana – A esa vieja ya, hay que meterle algo en la boca, o meterle un batazo en la nuca.
No estoy de acuerdo con lo del batazo, no quisiera tener que escucharla quejarse de dolores de cabeza el resto del año.

desastre ecológico
