Semidiós, su servidor, no es metiche y le resulta fácil asegurar con las manos en la bolsa que la vida privada de la gente le viene resultando poquito más importante que una colección de cortauñas.

Sin embargo  (aquí me pongo ya a escribir en primera persona) no puedo evitar notar ciertos fenómenos en el Messenger de MSN y en el patetíco mensajero de Facebook (y el desmadre de las redes sociales como esa) que me despiertan cierta curiosidad que en momentos (realmente pocos) me hace prestar atención.

Al grano entonces.

Cuando yo era un pequeñuelo, tuve el infortunio de ver cómo muchos de mis amigos se casaban, yo decía refunfuñando que era por pendejos, claro, el resto de los amigos me decían que me callara la boca y que disfrutáramos de la zaga de bodas con comida y (sobre todo) bebidas gratis que se nos venía encima.

Aparte de esas bodas a las que me tocó ser testigo (no de los que firman en librito ni nada, sólo de los que van a comer y empedarse gratis) algunos otros conocidos tuvieron a bien (en este caso anoto “mal” aquí, entre paréntesis por razones por demás aclaradas según sigan ustedes leyendo) casarse, por amor, por embarazo no deseado, y por creer en cualquiera de los anteriores.

Como por arte de magia, estas personas ahora sujetos de mi modesto y altamente perfectible estudio, desaparecieron de los bares, de las fiestas, de la calle; no los volvimos a ver más que en el supermercado, saliendo de sus oficinas o haciendo cola en el banco. Así fue por años.

Hace no mucho tiempo, quizá poco más de un año, apareció el primer esaparecido, en Hi5, me agregó y agradecí al destino su aparición pues me dio gusto saber de mi amigo, al poco tiempo apareció en messenger donde platicamos cosas superfluas, recuerdo que no ahondamos en temas familiares ni nada sobre todo porque ambos estábamos en horas de oficina; a los pocos días tuve una de esas noches en las que, llevado por la tertulia fui víctima del aferrafter de mis cuates y fui a dar a un antro forrado de madera y con piso cubierto de azerrín, horrible como la chingada pero con chelas hasta las seis de la mañana.

Allí se encontraba mi camarada, en la borrachera me dijo que se había divorciado.

No tenía por qué notar ningún patrón aún, pero algo me dijo que debí sospechar de su incursión en la mensajería instantánea y las redes sociales; abrí un ojo en el asunto.

Hace poco una vieja amiga de la preparatoria me agregó al facebook y al messenger, en efecto, como sospeché, había regresado a la ciudad después de 10 años, de dos bebés y un divorcio más feo que un cuadro de Frida Kahlo. Me tuve que chutar la historia trágica en condensado y un sinfín de frases autococowasheras sacadas de libros de superación personal al estilo de Miguel Ángel Cornejo que no le quitan a nadie lo desdichado, sólo le convierten en  un desdichado excelente.

Ahora, a través de facebook ya organizo dos fiestas de reunión de exalumnos de la generación de la prepa, y padrotea grupos de ésto y aquello y cuanta con una lista larguísima de amigos de hasta casa de la chingada.

Hasta allí tenía dos fuertes indicadores de que mis sospechas tenían un bizarro fundamento real.

Por último (por no alargar ésto que no merece más líneas) vino el caso de una chica que conozco de hace muchisimos años y que me coqueteaba cuando recién nos encontrabamos por la calle, ella nunca me gustó y el coqueteo eventualmente se esfumó, cosa que me vino, por así decirlo, guango.

Años después la encuentro trabajando en cierta oficina, es una profesionista y está felizmente casada según me presumió, por razones de mi aterior trabajo la traté mucho tiempo revisando documentos y ya.

Hace poco me llegó su solicitud de amigo al “Caralibro”, a un amigo de la oficina también, y cada vez que me conecto a esa red infernal ella aparece en el chat saludando y preguntando a dónde salimos el fin de semana, qué bares frecuento y cosas por el estilo dentro de una plática en general insulsa de alguien que tenía años alejada de las relaciones interpersonales más allá de la oficina y, el hogar. No me burlo, aclaro.

No quise sospechar de su situación matrimonial, quizá, no pude evitar pensar, anda peleada con su marido o algo que es así, total, ¿qué me importa? pero la curiosidad de confirmar lo que había pensado me tomó por el cuello y me obligó a preguntarle a mi amigo sobre su status sentimental.

Se ha separado de su marido tres días antes de aparecer en facebook y su respectivo messenger.

La mensajería instantánea y la web 2.0 fungen como herramientas de reincorporación social para víctimas de desastres maritales.

Triste.