Ayer llegué a mi taquería de confianza y después de ordenar mis tacos de carne asada selecta de Sonora, con queso asadero derretido y con tortillas de harina, he volteado a la barra de salsas y para mi sorpresa – triste, pero al fin sorpresa – no había guacamole.
Si no hubiera sido porque es cuate el taquero y jamás antes me habían quedado mal con el guacamole, me cae que se los regresaba, pero no, me los tuve que tragar con la frente – sí, muy amplia – en alto, estoico y resignado a engullirlos con todos los demás ingredientes a excepción de aquel que hace de mis tacos, unos tacos contentos.
En esta ciudad hay – como en todas partes, casi – dos tipos de taquerías, las de establecimiento chido y las de carrito de banqueta; de esas hay una especie de subtipo, las que están consolidadas y las que tienen una vida más efímera que una mosquito con leucemia; aquí, en este pueblo grande hay una cantidad de buenas taquerías que se pueden contar con los dedos de las manos, pero de personaje de los Simpsons; a ver, dejen las cuento… ~pone manos cerradas al frente y brincan dedos a la voz de “el chino” “el chino II” “Los del Sur” “Rancho Viejo”…~ ok… la neta no pasé de diez … hace unos meses quizá pudieron ser trece.
Y de las taquerías que son pésimas, malas y mediocres no hablaremos mucho, que hasta las tortillas saben rancias, el guacamole ni siquiera “pinta” – aguamole, pues – y son tacos “caciques” – con poca carne – y caros.
A estas taquerías no se les perdona, y su vida va en relación a una ecuación muy sencilla, las personas que pasan por allí con frecuencia, las que se animan a tragar allí y de esas, las que regresan porque seguramente cuando fueron esa primera vez iban hasta el tronco de pedas que lo que querían era que le cayera algo a la panza y ni recuerdan dónde estaban parados.
Recuerdo con suma nostalgia la taquería de la que nunca supimos el nombre pero terminamos llamándola “la taquería del igualado”. Esta taquería la atendía un chavo que sin conocer a quien llegaba – siendo sinceros, a las 4 a.m. es puro borracho trasnochado buscando bajar avión – luego luego le sacaba plática imprudente e incómoda, como cita primordial tenemos lo que le dijo a un señor que de hecho llegó sobrio y que sólo tenía finta de ir rumbo a casa después de echar el poker con los cuates:
- Qué tal maistro? qué tal estaban las morritas en el <inserte nombre de congal>? mire, vengase pacá para que le de el humo y se le quite la peste a vieja.
El problema era que no era mal pedo el wey y preparaba las costillas como los grandes, un día dejó de ir, y la taquería se fue a pique, la ultima vez que fui estaba atendiendo el dueño, un señor flacucho y bonachón pero con un tacto indigno para hacer tacos y peor, para preparar las carnes. No he vuelto y no creo volver.
Un taquero tiene una obligación, un peso pipilesco sobre su espalda, cada día que se levanta, no puede fallarnos. Acá, donde vivo, no perdonamos mucho y, de manera tácita, entre cuates, cada cierto tiempo hacemos reconteo y evaluación de taquerías, tristemente cada vez una se ha de ir a la lista negra, sea por un penoso caso de chorrillo o por ofrecer guacamole pitero, aumento de precio irracional o una indigestión marca diablo.
Acá seguimos a los taqueros, no a las taquerías, como un ejecutivo que cambia de oficina y anuncia a sus clientes que se mueve y se lleva sus cuentas a la competencia que lo contrata, así se mueven los taqueros en esta ciudad; Y lo seguimos. Y la taquería que deja tristemente comienza a morir para dejarla de ver en unos meses.
Están las taquerías que son malas pero que son las únicas que quedan abiertas a las seis de la mañana, a esas vamos porque a esas horas es mejor comer esos tacos que ni recordarás por la peda, a llegar a la casa a comer atún con salsa catsup directo de la lata.
La oficio de taquero, el de buen taquero, es noble, este humilde sujeto es quien tiene que alimentar a toda la gente peda que ya soportó el barman – otro noble y abnegado servidor de la comunidad -, le debemos gran respeto y debemos ser más tolerantes cuando fallan en algo, todos tenemos un mal día, un mal taco.
Como los peluqueros arreglan nuestro cabello, el mecánico nuestro coche, el taquero arregla nuestra desvelada alma alegrando nuestra panza.
Los mexicanos, aunque quizá no lo reflexionemos, tratamos a los taqueros como a los mecánicos: Cuando encontramos uno chingón, no lo soltamos hasta que se muera.