Aquí estoy parado, viendo el ahora gran terreno vació que antes cargaba a cuestas aquella gran fábrica; ahora ya no hay nada, ahora mi vista va desde la punta de mis zapatos hasta aquel pino justo en la falda de la loma antes de que el arroyo de vuelta y se pierda en el resto del bosque.
La personas pasan por aquí, viejos y señores, como yo, y no pueden hacer que la memoria traiga el momento en que el gran edificio se desintegró, todos esos instantes de autodestrucción que terminaron en tierra plana tupida de piedras hechas por el hombre, de cemento y adobe.
Don Rogelio, el de los abarrotes de dos esquinas atrás, decía en conversaciones nocturnas de antaño, cuando se tocaba el tema de la vieja fábrica, que se había extinguido igual que un hombre sin el amor de una mujer.
- Primero muere por dentro, se pudre, y cuando ya no quedan más entrañas por sacrificar, los huesos en piel se van al aire y a la tierra, vueltos polvo, y desaparece sin despertar ni a un perro.
El chute no tiene madre:
“…y desaparece sin despertar ni a un perro.”
eso es desolación y no chingaderas
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la peor, sí
Ei… esa última frase es la que hace que se me tuerza el corazonciano aquí dentro… snif!
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A mi también, lo confieso precisamente así salió, como del corazón