La mayoría de nosotros hemos tenido la oportunidad – iba a escribir “fortuna” pero me salía caro en la conciencia - de conocer a nuestros abuelos y sus peculiares maneras de resolver asuntos de salud en la familia, de los que han requerido atención de emergencia y otros que ameritaban tratamientos prolongados.
De mis abuelos, de los cuatro que tuve y que ahora ya se han puesto la pijama de madera, mi abuela materna es la que me crió muchos años cuando mi madre trabajaba fuera de la ciudad. A ella le tocó cuidarme, a mi me tocó cuidarme de ella, de sus remedios caseros que, huelga decir, sufrí como las mismas enfermedades que pasaban a remediar.
Ya he platicado en algún otro momento el por qué detesto el epazote y no soporto su olor que me provoca las nauseas más intensas, no culpo directamente a mi abuela de ello pues su responsabilidad queda limitada a llevarme con la curandera que era la que me embarraba una chinadera de aciete de olivo y epazote para quitarme lo empachado, un padecimiento que ha caído en desuso.
Recuerdo que entre mi tía abuela y mi abuela se rolaban tés raros, tenían uno que era una vil rama, que era para aliviar dolores musculares, era una rama tan fibrosa y resistente que cortarla te llevaba una media hora si no tenías un machete con buen filo, más de una vez tuvieron que tomarse una taza del mismo para el dolor del brazo engarrotado, estaban viejitas, cortar ramás era tarea pesada. Pero ahí vi que habían creado su propio círculo de consumo/producción.
Si me dolía una muela o un diente me hacía morder un clavo de olor.
Si me dolían las anginas me obligaba a hacer gárgaras con una infusión de cáscara de granada más amarga que la vida de Lupita D’Alessio.
Cuando tenía bronquitis, gripe, tos, o un méndigo resfriado mi tarea era que no lo notara, cosa que me resultaba imposible cuando traía un moquero bárbaro y mi tos con flemas sonaba como caja de corn flakes; el remedio estrella era el Vapo-Rub.
Mi abuela curaba todo mal respiratorio por igual, con Vapo-Rub; pero su tratamiento con esa jalea espantosa no se limitaba a un masajito en el pecho y espalda para que sus vapores medicinales descongestionaran mis vías respiratorias, también me obligaba a echarme una cucharada de Vapo-Rub a la boca con las indicaciones precisas de ir dejando que se disolviera y pasara por mi garganta. Me dejaba viendo borroso y con la sensación de haberles agandallado el almuerzo a una pandilla de Koalas.
También tenía remedios caseros para los árboles enfermos, mi abuela no sabía cuando habría eclipses, pero todos los árboles de mi casa tenían un trapo rojo atado, para cuando hubiera. Así no se les caerían los mangos a los mangos ni los zapotes al zapote – había varios árboles de mango y sólo un zapote – y así igual para todos los demás.
Una vez, no recuerdo muy bien, había comido mil y una pandejadas, también una sandía completa y un par de guayabas, ese día era yo el niño más estreñido de la comarca.; le platiqué a mi abuela el problema que me traía acongojado y que si pujaba más temía botar mis ojos; me instruyó que estando sentado en el retrete cerrara los puños y me golpeara las rodillas duro en ritmo constante y que, con ese simple procedimiento y paciencia todo terminaría por salir; recuerdo bien.
El resto del día fui un niño estreñido que cojeaba.

