En ocasiones, cuando paso por un mercado o por la sección de frutas del super, me toca pasar por donde están los mangos.
Recuerdo mi infancia, inocente, brillante y hermosa, retacada de vida, con todo en el mundo frente a mí, incluídos los mangos.
En aquella casa de mi niñez, donde crecí con mis abuelos maternos, crecían, según recuerdo, cinco árboles de mango; eran árboles muy altos y robustos, todos, seguramente tenían varias décadas encima, inmensos e imponentes, en verano además, hasta el cepillo de mangos, en grandes racimos. También yo era un niño además de muy joven, zotaquísimo, seguro por eso los veía todavía con más altura.
Recuerdo los incontables veranos (claro que se pueden contar, fueron unos trece, pero ¿dónde quedaría el detalle nostálgico?) en los que vivía trepado en los mangos, arrancándolos de las ramas, docenas, los lanzaba a la tierra mientras tenía un fruto en la boca, mi cara chorreada de mango y mugre. A veces algún amigo o primo esperaba bajo el árbol para cacharlos y no se lastimaran.
También de esos veranos recuerdo cuando los comía verdes, por impaciente, ni sal, ni chile en polvo, sólo mangos verdes, también, sólo fiebre y dolor de panza con complementaria maltratada de mi abuela, por burro.
Mi abuela; ella es el principal protagonista de mi temprana historia con esta fruta tan dulce y aromática; esos cientos de veranos (exagerando, de nuevo) mangueros mi abuela los aprovechó como un perro callejero roe un hueso hasta la médula.
La esposa de mi abuelo materno, Doña Chabela, conocía muchísimas recetas con mango, no era algo descabellado, está de más decir que ella misma ya había pasado una buena colección de veranos rodeada de mangos veraniegos y preparaciones mangosas a cargo de su madre y abuela.
En esos calientes meses, recuerdo el refrigerador cada día y encontrar agua de mango, nectar de mango, nieve de mango, estos tres estaban listos invariablemnte a la hora de comer, algún alimento, mas mango.
También la madre de mi madre nos preparaba trolebuses de mango, pan relleno de mango, empanadas de mango, dulce de mango; también sabía deshidratar mango en rebanadas y preparar jaleas y mermeladas de mango.
Recuerdo las ensaladas de mango sazón (ni verde ni maduro) muy buenas para esos días con calor de más (según sabiduría de generaciones), las paletas congeladas y las crepas de cajeta con mango.
Fue gracias al patio de mi casa con tanto árbol de esa versátil fruta, gracias a esos veranos tan largos, tan dulces, tan aromáticos y tan cargados de sabor; esos veranos de mi infancia en que mi abuela demostró su gusto por el mango; fue por ellos que ahora cada temporada, cada año, su recuerdo viene a mi como una cascada de sabores y texturas en sus infinitas presentaciones, como si estuviera sentado ante aquella mesa de la cocina en la casa donde viví de niño a instantes de un primer bocado de esa azucarada y pulposa fruta.
En mi vida pueden pasar muchas cosas, pero mientras en mi mente lleve estos recuerdos vivos, no podré volver a probar un pinche mango.
Quedé bien harto.
