Aquí sentado en boxers, frente a la computadora y con el sopor propio de un cálido domingo en la antesala del verano, no pude pensar en un título más elocuente para esta entrada que “Hoy es domingo”.
Aunque mis domingos tienden a ser monótonos en lo físico, en lo mental es otra cosa, el último día de la semana siempre ha tenido ese asunto de retacarme de sentimientos; todos los domingos de mi vida eran de hablar con mi padre, a veces él marcaba, otras yo.
Lada al cielo.
También los domingos, por acuerdo tácito entre mi mente, cuerpo y espíritu, hago nada. Sólo la convocatoria extraordinaria a alguna actividad recreativa trascendente o de cierta relevancia social puede sacarme de aquí, mi rincón favorito
Ayer tampoco hice nada pero porque andaba desmañanado, el viernes por la noche fuimos mis amigos y yo a la despedida de una amiga que venía de visita, yo fui el encargado de la música, armé un playlist buenísimo con música nueva que creo nomás un amigo y yo disfrutamos mucho (yo nomás, porque en ese tipo de eventos donde la mayoría es indiferente a la música no hay mucho qué hacer); nos quedamos mis dos mejores amigos y yo hasta que la anfitriona nos corrió con un gentil – Sí, la neta ya váyanse.
No nos quedó otra que ir a buscar un puesto de birria para desmadrugados, encontramos un lugar que habría a las seis de la mañana, tuvimos que dar vueltas por el centro por media hora para hacer tiempo, yo aparte de tiempo hice un ejercicio de poder mental para no mearme encima, tenía que esperar a que abrieran el changarro para que me prestaran el baño, fue un suplicio espantoso.
Birria high.
La birria estaba espectacular, no paré de quemarme la boca hasta que llevaba la mitad, pero valió la pena; tenía algo de tiempo sin ver el amanecer circulando en la ciudad, es hermoso, es una sensación extraña de bienestar, de haber pasado una buena noche con los amigos, no hay mejor broche de oro que el sol naciente.
Hay luegos que son nada.
Regresé a la vida en la tarde y terminé desvelándome de nuevo viendo dos películas que bien pude no haber visto, cometí dos errores, honestos, pero errores. La primera película que escogí fue The Knowing, con este señor que tiene cara de mi huevo derecho cuando me pongo los boxers que me ajustan demasiado, Nicolas Cage, qué cuate más insulso, aposté por la historia y esa cosa del fin del mundo, mi esperanza llegó a su fin antes; con la total insatisfacción decidí buscar algo decente, justo en ese momento vi anunciada en la tele la película The Fragile, de producción de horror española pero en inglés con la flaca (y también sin gracia) Calista Flockhart, fui a imdb a ver algunos reviews y leer de qué trataba, resultó que en un sanatorio infantil algo misterioso sucedía, lugares comunes que por comunes ya me se de memoria, un segundo piso cancelado hacía 50 años, una enfermera tan cuerda como una papa frita había cometido una atrocidad, luego se suicidó, y como ni así quedó conforme seguía complicándole la existencia a los niños y el personal del turno nocturno apareciéndose por los pasillos en un disfraz de Marilyn Manson. Me sigue dando más miedo que mi jefa me mande a juntas cuando llego crudo a la oficina.
Noche de oquis
Esta mañana desperté crudo de películas malas.
Ahora los domingos platico con mi tío, me dice cómo está el clima, qué tal le ha ido con la mujer que está saliendo, hablamos de Tennis (ambos seguimos los torneos en turno) y de cosas de la vida, coincidimos que este años la vida nos ha pegado feo, estamos de acuerdo también en que algo bueno tiene que ocurrir pronto.
Pero hoy que hago nada, lo bueno que tenga que ocurrir que me busque, aquí me quedo, para que sepa dónde encontrarme.


