
Desde que tuve uso de razón y durante toda mi infancia mi padre noté que mi padre adoraba muchas cosas, el mar y su brisa, la playa, bucear, la fotografía, tocar Jazz con su batería, la carpintería, la vida bohemia, y entre otras cosas que recuerdo (porque son demasiadas) estaba su sartén eléctrico Black & Decker, era cuadrado, suficientemente hondo para hacer estofados y bajo para asar carne o freir unos huevos.
Ese sartén lo cuidaba mucho, no supe cuando lo compró, seguro fue al principio de su aventura en la ciudad a la que llegó, sin nada, donde conoció a mi madre y luego nací yo; recuerdo poco de lo que mi papá pudo contarme de tal artefacto pero en él cocinó de todo, siempre delicioso (estoy convencido que mi padre pudo ser un gran chef).
Asocio ese sartén a mi padre y la cocina de un padre en sus “late 30′s” viendo a su hijo sólo los sábados, no siempre teniendo gas en casa y llevándolo a donde estuviera con sus amigos para cocinar y echar la cerveza, a mi padre no le gustaba estar solo, la soledad fue algo a lo que más bien se acostumbró en sus últimos años de vida, no por estar solo, era porque cada vez le resultó menos atractivo ver gente que no le aportaba nada.
Hasta hace un par de semanas no había pensado en ese sartén que curiosamente tenía en mi album de fotografías mentales, en un recuerdo empolvado, de este conservo unicamente una foto (mental, aclaro) y la “tomé” uno de esos bellos sábados en que mi padre pasaba temprano por mi para hacer mil cosas y pasarla increible.
Quizá fue invierno.
Llegamos al “Club Deportivo” donde siempre se encontraba con sus amigos, este lugar era increible y la pasaba genial con mi padre, en realidad era un depósito de cerveza que estaba al otro lado de la cuadra, allí saludábamos a personajes como “El Correa” “Los Cuates” y otro chavo chaparrito que se llamaba “Godinez”; siempre había plática amena de alguna cosa y mi padre era el que siempre traía un anécdota o tema que mantenía a todos atentos mientras se echaban sus “ambarinas” (así les llamaba mi padre a las cervezas cuando andaba de sibarita).
Luego sacaba su sartén eléctrico y era fiesta.
En el “Club Deportivo” no se debía beber cerveza, era lugar para comprar y largarte, había una especia de pared hecha con las cajas que agregaba al establecimiento el ideal lugar VIP para los amigos.
Alguien llegó con carne, mi padre fan de las especias armó un adobo con achiote, jugo de naranja y no se qué otras cosas, el espacio se llenó de olor al delicioso estofado, de risas respetuosas y flujos de anécdotas en los que, claro, yo nunca intervenía en los que jamás se me alienó; siempre fui el invitado especial en los “sábados de papá” y él sabía lo que me hacía feliz, pasar tiempo con él y aprender de la vida puenteando mis ojos en los suyos.
Allí fue tomada la fotografía del sartén eléctrico que mi padre cuidaba tanto.
Cuando se regresó a Tijuana (circa 1982) no lo volví a ver, no se si se lo llevó, lo perdió, lo dejó encargado o lo vendió para completar para la gasolina del viaje de 24 horas a través de la península.
Hace dos semanas en uno de esos días que salgo a cualquier plaza a pasearme en las tiendas con la intención de comprar algo sin saber qué encontré el mismo sartén, sí, la misma marca y el mismo tipo de sartén, como si mi papá lo hubiera puesto allí, el artilugio estaba ahora actualizado en un perfecto negro mate y recubrimiento antiadherente y seguramente otras mejoras.
Hola padre, mira lo que acabo de comprar.
Lo compré el domingo al mediodía y enla tarde lo estaba estrenando con carne y hongos, funcionó de maravilla.
Pasé una tarde como creo que mi padre pasó muchas allá en nuestra ciudad, cocinando solo, deseando que yo estuviera con él, porque no era sábado.
Ya no tengo sábados.