Despertar el día de hoy fue verdaderamente labor de titanes, mi problema de ser falto de sueño, malo para dormir, filósofo nocturno, velador de closet o como quieran llamarle al insomne, es un problema rancio que he tocado tantas veces como tema en este blog que por esta ocasión no me extenderé y sólo manifestaré que a dormir cuando a mi cerebro se le remuerda la gana ya me acostumbré.
¡Madre mía la levantada!
Desde que cambiamos de jefe la llegada es estrictamente a las 8:00 am con tolerancia de diez minutos; sólo es cuestión de acostumbrase al cambio, desde que entró esa nueva política de ingreso no he tenido ningun problema con llegar más que puntual, a veces hasta me paso de temprano, pero eso no quiere decir que despertar y levantarme sea un paseo en Disneylandia (es como decir bonito, y decir bonito es sólo un decir pues la generalidad es que Disneylandia es sinónimo de grato y bonito, en lo personal sería una pinche pesadilla), es muy difícil.
Fue tarde, pero no irrreparable.
Nadé en un mar de hueva por 17 minutos más, luego bajé a jugar con Cartucho quien hacía guardia sentado al lado de su plato sin comida, preparé café y en un par de rascadas de nalga mi ropa y agua en la regadera estaban listas.
Fx(fácil) = cuando algo importa es más fácil llevarlo a cabo, cuando no, no.
Alcancé a llegar a las 8:10 am.
Toda mi jornada laboral me la he pasado clavado en la computadora, en el sistema interno capturando información que recolecté el día de ayer de varias empresas que contacté, con mis audífonos me alejo de todos y trabajo agusto, voló el tiempo, ya casi es hora de largarme.
Dos cosas:
Después de que se me acabó el café que diario compro en el puesto de Don Canario, decidí robar (es broma, paso sin respirar por no robar aire) café del que prepara mi jefa en una cafetera allá por rumbo del pasillo que va al baño.
El café del pasillo al baño, sabe a tocino.
Ante el peor desaire de la mañana el plan B era simplemente salir a la banqueta a sacarle una coca light a la máquina de sodas, me chingó. Pinché el botón correcto y salió una coca cola regular, tuve que regresar a la oficina a revenderla, nadie la quería y la mejor oferta fue de mi jefa que traía sólo ocho monedas de a peso y dos billetes de quinientos.
Me dice – Me caes del cielo porque quiero quitarme ese saborcito del café que me quedó un poco malo.
Tomé café malísimo y al final tuve que caminar tres cuadras para comprar una coca cola de diez pesos.



