Ya las manecillas del reloj rascan el mediodía, mi recuperación ha sido lenta, mi panza sigue pegando un poco de gritos y finiquitar el topercito de melón con manzana (y viceversa) ha sido labor de romanos, aún queda un cuarto de fruta picada y no veo cómo lograrlo, pero sí, lo haré, nomás tomándome mi tiempo.
Estoy también en la recta final de mi trabajo en esta oficina, no explicaré por qué me voy, sale sobrando y huelga decir que, no me interesa venir a contarlo aquí, no es nada personal.
Hoy he llevado a revelar otro rollo de 120 que tomé con mi cámara Holga, mi cortísima experiencia con los laboratorios que todavía revelan película de 120 ha sido triste, el primero que encontré se tardó 15 días en revelar el rollo y entregarme las impresiones en papel rectangular con las imágenes todas cropeadas de negativos cuadrados, háganme el chingado favor, bueno, este segundo laboratorio, al que he recurrido todas las veces posteriores al fiasco que acabo de platicarles, ha sido también una monserga; cobran barato por el revelado del rollo (ya no pago impresión porque compré un scanner para negativos de 120/35mm así que ahora de negativo a digital sin broncas) y aunque no se tarden 15 días en entregármelo sí adolece de un detalle que en momentos me hincha las pelotas: no saben cuándo me lo entregarán, mañana o pasado mañana, quizá el próximo viernes, pero puede que el sábado coqueteándole al lunes sin que pase del martes. Uf.
Trapo mojado para las pelotas hinchadas.
Este reciente rollo estuvo como maldito, nomás lo cargué en la cámara y comenzó a hacer un calor de la chingada, aproveché que fuia la playa este domingo y allí lo terminé, tomando mar, flotadores de cocodrilo, gaviota al aire, mis pies enchanclados y no recuerdo qué más, tengo que acostumbrame a tomar así, despreocupado, sin premeditación, nomás con sentimiento.
El viernes me enteré que corrieron a una compañera de trabajo, me da gusto que a mi nomás me avisaron que me largaba en un mes, he tenido este tiempo como “Dead Man Walking” para ver con morbo cómo la oficina se va directito a la mierda, yo, yo me voy a lugares mejores, extrañaré a los buenos amigos que hice aquí, no los abandono de todos modos, sólo es momento de moverse.
Es tiempo de estar cerca de ella.
En este mundo de gente, cada quien es un mundo. Hay quienes son naturalmente dinámicos e inquietos, otros, como yo, ocasionalmente necesitamos ese “empujón”, una situación de presión, de apremiantes circunstancias, no necesariamente por estar atorados en la zona de confort sino también porque tenemos esa cualidad de “querer mucho”, nuestros rincones, los senderos tantas veces recorridos, nos cuesta trabajo alejarnos de las carcajadas diarias de nuestros amigos y del atardecer que tenemos tantos años viendo todos los días a través de esa misma ventana.
Aunque unos lo aguantan mejor que otros, el dolor duele.
Yo he roto el confort muchas veces, ahora estoy por romperlo una vez más, como nunca lo había hecho antes, no con tantas ilusiones como ahora; el tiempo lo hace a uno más calculador a la hora de tratar con ciertas cosas de la vida, sin embargo hay otras cosas sobre las que nomás no aprendemos, supongo que así debe ser y es nuestro talón de Aquiles, o por lo menos el mío, cada vez que me enamoro, soy tan novato, tan tonto y tan todo como la primera vez, me gusta, sólo quisiera haber aprendido un poco ya, para no tener que volver a hacer apuntes.
No tengo miedo a las ilusiones que invariablemente flotan, sino a las esperanzas que a veces pesan mucho.
Me pregunto si está haciendo calor afuera; a veces, cuando no tengo mucho qué hacer, sacrifico mi estabilidad térmica y salgo a la acera bajo plenos 42°C a ver la expresión en el rostro de quienes pasan en su coche sin aire acondicionado, los matices de angustia y agobio van desde poner cara de estar pasando un trago de diesel o ir sentados sobre un clavo.
Luego mi jornada acaba, subo a mi coche sin aire acondicionado y me toca ser la efímera diversión de algún otro ocioso.