Jun 302010
 

En ocasiones, cuando paso por un mercado o  por la sección de frutas del super, me toca pasar por donde están los mangos.

Recuerdo mi infancia, inocente, brillante y hermosa, retacada de vida, con todo en el mundo frente a mí, incluídos los mangos.

En aquella casa de mi niñez, donde crecí con mis abuelos maternos, crecían, según recuerdo, cinco árboles de mango; eran árboles muy altos y robustos, todos, seguramente tenían varias décadas encima, inmensos e imponentes, en verano además, hasta el cepillo de mangos, en grandes racimos. También yo era un niño además de muy joven, zotaquísimo, seguro por eso los veía todavía con más altura.

Recuerdo los incontables veranos (claro que se pueden contar, fueron unos trece, pero ¿dónde quedaría el detalle nostálgico?) en los que vivía trepado en los mangos, arrancándolos de las ramas, docenas, los lanzaba a la tierra mientras tenía un fruto en la boca, mi cara chorreada de mango y mugre. A veces algún amigo o primo esperaba bajo el árbol para cacharlos y no se lastimaran.

También de esos veranos recuerdo cuando los comía verdes, por impaciente, ni sal, ni chile en polvo, sólo mangos verdes, también, sólo fiebre y dolor de panza con complementaria maltratada de mi abuela, por burro.

Mi abuela; ella es el principal protagonista de mi temprana historia con esta fruta tan dulce y aromática; esos cientos de veranos (exagerando, de nuevo) mangueros mi abuela los aprovechó como un perro callejero roe un hueso hasta la médula.

La esposa de mi abuelo materno, Doña Chabela, conocía muchísimas recetas con mango, no era algo descabellado, está de más decir que ella misma ya había pasado una buena colección de veranos rodeada de mangos veraniegos y preparaciones mangosas a cargo de su madre y abuela.

En esos calientes meses, recuerdo el refrigerador cada día y encontrar agua de mango, nectar de mango, nieve de mango, estos tres estaban listos invariablemnte a la hora de comer, algún alimento, mas mango.

También la madre de mi madre nos preparaba trolebuses de mango, pan relleno de mango, empanadas de mango, dulce de mango; también sabía deshidratar mango en rebanadas y preparar jaleas y mermeladas de mango.

Recuerdo las ensaladas de mango sazón (ni verde ni maduro) muy buenas para esos días con calor de más (según sabiduría de generaciones), las paletas congeladas y las crepas de cajeta con mango.

Fue gracias al patio de mi casa con tanto árbol de esa versátil fruta, gracias a esos veranos tan largos, tan dulces, tan aromáticos y tan cargados de sabor; esos veranos de mi infancia en que mi abuela demostró su gusto por el mango; fue por ellos que ahora cada temporada, cada año, su recuerdo viene a mi como una cascada de sabores y texturas en sus infinitas presentaciones, como si estuviera sentado ante aquella mesa de la cocina en la casa donde viví de niño a instantes de un primer bocado de esa azucarada y pulposa fruta.

En mi vida pueden pasar muchas cosas, pero mientras en mi mente lleve estos recuerdos vivos, no podré volver a probar un pinche mango.

Quedé bien harto.

May 252010
 

La mayoría de nosotros hemos tenido la oportunidad – iba a escribir “fortuna” pero me salía caro en la conciencia -  de conocer a nuestros abuelos y sus peculiares maneras de resolver asuntos de salud en la familia, de los que han requerido atención de emergencia y otros que ameritaban tratamientos prolongados.

De mis abuelos, de los cuatro que tuve y que ahora ya se han puesto la pijama de madera, mi abuela materna es la que me crió muchos años cuando mi madre trabajaba fuera de la ciudad. A ella le tocó cuidarme, a mi me tocó cuidarme de ella, de sus remedios caseros que, huelga decir, sufrí como las mismas enfermedades que pasaban a remediar.

Ya he platicado en algún otro momento el por qué detesto el epazote y no soporto su olor que me provoca las nauseas más intensas, no culpo directamente a mi abuela de ello pues su responsabilidad queda limitada a llevarme con la curandera que era la que me embarraba una chinadera de aciete de olivo y epazote para quitarme lo empachado, un padecimiento que ha caído en desuso.

Recuerdo que entre mi tía abuela y mi abuela se rolaban tés raros, tenían uno que era una vil rama, que era para aliviar dolores musculares, era una rama tan fibrosa y resistente que cortarla te llevaba una media hora si no tenías un machete con buen filo, más de una vez tuvieron que tomarse una taza del mismo para el dolor del brazo engarrotado, estaban viejitas, cortar ramás era tarea pesada. Pero ahí vi que habían creado su propio círculo de consumo/producción.

Si me dolía una muela o un diente me hacía morder un clavo de olor.

Si me dolían las anginas me obligaba a hacer gárgaras con una infusión de cáscara de granada más amarga que la vida de Lupita D’Alessio.

Cuando tenía bronquitis, gripe, tos, o un méndigo resfriado mi tarea era que no lo notara, cosa que me resultaba imposible cuando traía un moquero bárbaro y mi tos con flemas sonaba como caja de corn flakes; el remedio estrella era el Vapo-Rub.

Mi abuela curaba todo mal respiratorio por igual, con Vapo-Rub; pero su tratamiento con esa jalea espantosa no se limitaba a un masajito en el pecho y espalda para que sus vapores medicinales descongestionaran mis vías respiratorias, también me obligaba a echarme una cucharada de Vapo-Rub a la boca con las indicaciones precisas de ir dejando que se disolviera  y pasara por mi garganta. Me dejaba viendo borroso y con la sensación de haberles agandallado el almuerzo a una pandilla de Koalas.

También tenía remedios caseros para los árboles enfermos, mi abuela no sabía cuando habría eclipses, pero todos los árboles de mi casa tenían un trapo rojo atado, para cuando hubiera. Así no se les caerían los mangos a los mangos ni los zapotes al zapote   – había varios árboles de mango y sólo un zapote – y así igual para todos los demás.

Una vez,  no recuerdo muy bien, había comido mil y una pandejadas, también una sandía completa y un par de guayabas, ese día era yo el niño más estreñido de la comarca.; le platiqué  a mi abuela el problema que me traía acongojado y que si pujaba más temía  botar mis ojos; me instruyó que estando sentado en el retrete cerrara los puños y me golpeara las rodillas duro en ritmo constante y que, con ese simple procedimiento y paciencia todo terminaría por salir; recuerdo bien.

El resto del día fui un niño estreñido que cojeaba.

May 012010
 

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Se acabó el mes del niño, esas creaturas chaparritas que a veces joden mucho, otras no, pero bueno, es la chamba de los niños, la que fue también de nosotros, estar contentos y buscar inconcientemente maneras de hacer encabronar a nuestros padres.

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Temas: Avatares infantiles en Twitter; TwittMX03; un mosquito culero; apagón de puestos en Metro Chilpancingo; música y pura chacota.

Música: Loveninjas “It’s Ok”, The XX “Insects”, Oh no Ono “Internet Warrior”, Big Audio Dynamite II “Rush”, Pacific “Hot Lips”, The Rosebuds “Box Car”

Música de Fondo: Lali Puna “Contratempo”

Apr 142010
 

Nos pasa a todos; conduciendo en el coche rumbo a casa, quizá cansados o con hambre como para ordenar un menú completo en cualquier restaurante de comida rápida; o haciendo cualquier otra cosa, en cualquier otro momento.

Por un momento cortísimo, un instante (personalmente la palabra “instante” siempre me ha sonado más corta que “momento” incluso si es un momento cortísimo) entra a nuestra mente un aroma, no lo hemos percibido por la nariz realmente, a nuestro cerebro se le ha hinchado la pelota (tampoco he pensado que el cerebro, siendo masculino, pueda tener dos pelotas,  le concibo con una sola) hacernos creer que olemos, pero no; la masa gelatinosa dentro de nuestro cráneo tiene ganas de recordar, de volver a sentir, ánimos de emocionarse un poquito, de jugar con el recuerdo.

Otros momentos (porque duran más, ahora sí) un real aroma nos atrapa en una nube de papalotes en fotos polaroid capaces de provocar un nudo en la garganta, sonreír o tener que sentarte a recuperar aire por suspirar tan profundo.

Amo esas sensaciones.

Hace unas semanas he comprado una botella de Kikkoman, una salsa de soya, naturalmente fermentada y no las mamadas de salsas de soya maggi (o como chingados se escriba) o de cualquier otra marca.

Llegué a casa después de hacer las compras, coloqué las bolsas en la mesa de la cocina, tomé la botella de kikkoman, la levanté a la altura de mis ojos, frente a mi, he sabido desde antes de destaparla, lo que me provocaría.

El aroma de la salsa Kikkoman no es de soya, no es a comida china, no me recuerda a la enorme Asia, sus misterios y sus vetustas culturas; me recuerda a mi padre.

Esta salsa me recuerda a mi infancia, cocinando con mi padre, la primera vez que comí Chop Suey y no comprendía cómo estaba comiendo frijoles si no estaban de color café, y en una tortilla de harina o en un birote.

Los camarones el vapor que mi padre y yo cocinamos una vez que salí temprano de la primaria y a escondidas de mi madre llegó a la escuela con una bolsa grandotota de camarones y fuimos a su casa a cocinarlos; la escapada le costó una maltratada de mi abuela y seguro de mi madre, pero el recuerdo valió cada segundo.

Me he tenido que sentar, frente a la botella de salsa de soya que descansaba sobre la mesa, tuve que respirar, – ya sabía cabrona, que me ibas a poner así por un momento – le hablé como José José seguramente le hablaba a sus pomos.

Me puse triste, feliz, contento, por tener a un padre que sigue cargando mi vida de recuerdos y dándole ese significado tan profundo a cosas tan simples.

Mar 042010
 

Siempre he tenido dos debilidades de memoria muy peculiares: Geografía e Historia(incluye fechas y eventos importantes hasta de cumpleaños y cosas de esas)

Si cierro mis ojos y visualizo el mapa de América del Sur, inevitablemente veo Argentina arriba de Brasil; también a Cuba saliendito del canal de Panamá tanto que los buques tienen que avanzar relento para no chocar con Guantanamo. Soy un caos de abstracción geográfica, lo admito.

En la secundaria yo era un ñoño cabrón, sin embargo historia tuve que machetearle espantosamente, al final logré recordar lo suficiente, saqué 60. Al año cambió la escala de calificación de 1 a 10, quitaron un cero, como en el nuevo peso, al final era la misma cosa, sólo el maestro gastaba menos marcador a la hora de poner los numerotes en los examenes calificados, un pinche cinco te reprobaba igual y un 10 como un 100 no te hacían menos pendejo.

Pero en Geografía no había forma de recordar tantos pinches ríos, accidentes orográficos (o como chingados se llamen), mucho menos paises, estados y tanta pinche colindancia, un calvario.

Una vez fue tan grave mi impotencia que tuve que elaborar un sofisticado acordeón con toda la información, como soy malo para mentir y para hacer cosas “ilegales” el maestro no tuvo más que mirarme a los ojos para saber que no tenía puta idea de lo que tenía que contestar y que, debajo de mi nalga derecha descansaba un papel doblado en cuatro esperando salvarme de tronar el examen.

Se acercó a mi – a ver jovencito, mejor ya déme el acordeón, que hace quince minutos veo que no sabe ni cómo sacarlo . Se lo dí, me quitó el examen, todos me vieron asombrados pues no hubieran esperado eso de uno de los más ñoños del salón. Fue triste.

A la fecha (que no recuerdo, ah sí, es aún jueves 4 de marzo) sigo con ese problema, sigo pensando, al cerrar los ojos, que francia no tiene costa, que inglaterra tien un puente cortito por dónde van y vienen gente a trabajar desde Suiza. Un asco.

Y cada vez que he intentado nombrar a todos los estados de la republica y ubicarlos en un mapa de México me acuerdo de mi taller de Electricidad, también en la secundaria, no importó cuántas planchas y licuadoras reparara, siempre me sobraba un tornillo. Acá siempre me sobra Guanajuato.

Feb 282010
 

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Temas: Chelas, birria, pulgas del Cartucho, Haití y Chile, Twitter, cosas de antaño y así.

Música: Hot Chip “One Life Stand” / Moi Caprice “Riding in Cars with Girls” / White Rabbits “While We Go Dancing” / Aqueduct Growing “Up with G’N'R” / Fondo: Elemental Gaze “Behind the Window I see”

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¡DESCÁRGALO Y LLÉVALO CONTIGO A TODAS PARTES!

Oct 062009
 

Como he traído el cerebro destrozado por tantas preocupaciones, pendientes, encargos, peso espiritual, alma diluída, broncas gratis, café aguado y crudas de todos los ámbitos del espectro resaquesco, hoy me aviento un refrito de un post que escribí en algún momento del 2007 titulado “La Profundidad del Caldo” y que paso a transcribir a efecto de no poner link y hacerles gastar más clicks que, si lo pensamos bien, de esta otra forma no necesitan y pueden luego ir a hacer click para otra cosa que pueda, o no, resultarles más útil.

Si llegasen a desear ir al pasado no tan regrifo para sentirse como así, retro y leer el post en el lugar y momento en que nació, pásenle al campo de Search en la barra derecha de navegación, sea pues, aquí está:

La Profundidad del Caldo

A mi mamá le gusta que coma con ella de vez en cuando, a mi también me agrada porque siempre me cuenta cosas de sus amigas y sus parrandas, méome de la risa siempre porque la jefa tiene puras amigas que pueden ser personajes de una caricatura.

Claro, de una mujer tan liberal, tan hippie, no se pueden esperar los grandes platillazos gourmet, ahora tiene su kit de platillos a toda madre, antes, cuando era yo un niño, le quedaban malas hasta la sopas maruchán (sí, con acento), y lo único que perfeccionó en mi infancia, para mi desgracia, era el licuado de plátano con vitaminas y huevo, me lo tomaba sin respirar y apenas terminada pócima babosa corría como alma que lleva el diablo al baño a enjuagarme la boca, no lograrlo a tiempo implicaba vomitarlo, y tener que beberme otro vaso de licuado, mi madre preparaba siempre uno de más, el vaso contingente.

Así es que en la acutalidad mi mamá se desempeña de forma más que aceptable en las artes culinarias (yep, siempre suena fea la palabra), en su reducido menú se encuentran como protagonistas, el picadillo, caldo de mariscos, caldo tlalpeño, bictec ranchero, parrillada, camarones al ajillo, hígado encebollado (que me recuerda al café de mi ex-oficina) y calabazas con queso.

Hace una semana preparó caldo de mariscos (de donde le copié la receta pa cuando no hay jefa que lo haga), comimos a toda madre, y al final de la comilona me dice que ponga el caldo al fuego de nuevo, que lo deje que suelte un hervor y apague el fuego y lo tape para después dejarlo enfriar y guardarlo en la nevera para posterior consumo sin que se eche a perder. Yo atento siempre a los consejos de la sabia madre, seguí instrucciones, preguntando por supuesto las razones de tan peculiar procedimiento.

Me dice mi madre que como a los caldos se les mete la cuchara una y otra vez, y los destapas y todo eso, que es necesario hervirlos para que se, digamos “purifiquen” y poder guardarlos, si se les mete una cuchara de nuevo entonces habrá que hervirlo de nuevo.

Asumó que siendo un conocimiento que viene de generaciones atrás, que acarrea sabiduría de sepa cuantas personas, asumo el procedimiento y lo adoptaré en mis prácticas gastronomicas, a los caldos.

Ahora me tocó comer con mi madre de nuevo, esta vez, preparó bistec ranchero, le sale rechingón, hoy especialmente le quedó bastante “caldudo” pero muy sabroso como siempre.

Cuando terminamos de comer, quedó bastante en la olla, lo que hice claramente fue encender el fuego y ponerlo a hervir.

Esta es una representación de la conversación que siguió al evento de la flama y el bistec:

Jefa: – ¿PERO QUÉ HACES? -
Semidiós: – Pues ma, poniendo a hervir el bistec que quedó, para que no se eche a perder! -
Jefa: -NOOOOO, ¿POR QUÉ?, SI ESO NO ES UN CALDO! -
Semidiós: – ¿Oye pero que no me dijiste que a los caldos se les hace eso? y lo que veo si me asomo a esta olla es por mucho lo que yo llamaría “CALDO”, ¿ya lo viste? las verduras y las tiritas de bistec están nadando en caldo! -
Jefa: – !QUE NO!… ¿CÓMO SE LLAMA LO QUE PREPARÉ?-
Semidiós: *voz queda* – Bistec Ranchero -
Jefa: – Bueno, pues cuando prepare algo que se llame CALDO DE BISTEC RANCHERO, LO HIERVES!, ya no me gastes gas, tapa eso y guárdalo en el refrigerador -

Supongo que tengo mucho que aprender de gastronomía… y de las pinches viejas.

Jul 232009
 

Cuando se recuerdan cosas curiosas de la infancia y sus curiosas consecuencias no hay más que ponerse nostálgico y relajarse, pensar profundo en la mente, tomar un sorbo de café y dejar que todo lo demás siga su curso sin que importe más que eso, recordar. Como estoy en la oficina me chingo y escribo a ratos y no me relajo, pero bueno, ahora comenzaré a platicar cómo mi vida en esta ciudad ha carecido de hornos de gas.

Pudiera remontarme a momentos y épocas previos a mi nacimiento pero la verdad no se a ciencia cierta qué fue lo pasó que inició este repugne, esta inexorable aversión que existe en mi familia materna, por los hornos de gas, esos de las estufas.

No se si los hornos de gas traen malos recuerdos  por alguna explosión que dejó lampiña a alguna bis-tía-abuela peluda o le quemó el antes mandatorio bigote revolucionario a mi bisabuelo dejándolo sin capacidad para realizar trabajos propios de un hombre de la época.

O quizá algún loco de la familia -porque los hay, perdón, los hubo – tuvo la flamante – en toda la extensión de la palabra – idea de evolucionar los suicidios de soga al cuello y de comer tunas sin pelar hasta reventar, con el pintoresco estilacho de meter la cabeza en el horno y encender un fósforo – sí, así se les llamaba antes cuando mi tío loco pudo haber revolucionado los suicidios familares -

El caso es que nunca ví a mi abuela usar el horno de la estufa, desde que tuve conciencia de mi entorno lo vi lleno de trastes viejos; en casa estaba prohibido usar el horno, la cocinera corría peligro de ser despedida con sólo pensarlo, cuando le pregunté el por qué a mi abuela sólo me decía que era PE-LI-GRO-SI-SI-MO, que gente moría todos los días por culpa de los hornos de las estufas; mi abuelo era un hombre de negocios exitoso y de rancho, no machista pero obviamente con costumbres de la época que en su favor le permitían mandar a la chingada el congénito trauma por los hornos que su esposa y suegra padecían, por eso él me respondió que me dejara de tarugadas y que le ayudara a cargar unas bolsas de maíz a la bodega.

Mi madre no pudo huir de semejante daño mental y también toda su vida, hasta la fecha se ha negado a usar cualquier tipo de horno de gas, viví mi infancio soñando con una madre que hiciera pizzas en las noches para ver la tele, y no.

Hasta hace poco me cae el veinte del por qué en casa de mi madre y abuelos maternos jamás se celebró Navidad, básico, pudieron pinerme mejor un letrero que dijera  AQUÍ NO SE HORNEA Y A CALLAR TODO EL MUNDO, me hubieran dejado muchas cosas claras.

Yo por eso quiero vivir con una mujer que le guste cocinar en el horno de la estufa y sepa hacer pizzas.

p.s. Y que tenga también un buen par de nalgas, aprovechando el deseo culinario.
Mar 032009
 

Una de las cosas que siempre presumo es mis múltiples formas de escritura, puedo escribir muy al estilo arquitectoso con mayúsculas bien formadas y como echadas para un lado, pero tengo que andar “en el mood”; también escribo normal usando minúsculas y mayúsculas como se debe, y puedo hacer mi escritura redonda como arial y bien alienada, esa la uso mucho para llenar formas y demás papeles que no me interesan a mi sino a otra persona, lo hago por respeto y porque soy un buen hombre, snif.

Mi abuela, que en su juventud y antes de casarse era maestra de primero de primaria, me enseñó a escribir desde que me vio que medio podía sostener un lápiz por más de tres minutos sin que saliera éste volando o me lo metiera a la boca a babearlo todo.

Entonces me enseñaba a escribir con “El Libro Mágico” que presumía de ser, sí, mágico, y hacer que hasta el niño mas tarugo entre los, sí, tarugos, aprendiera a leer y escribir, hasta a escribir en cursiva.

Yo nunca aprendí cursiva porque me daba una hueva titánica y sobre todo porque tenía el argumento más grande de todos contra mi abuela y su metro hecho de madera, no se podían escribir los números en cursiva, Semidiós de niño no era un hombre de letras, era un científico hecho y derecho, yo calculaba órbitas planetarias, calculaba y combinaba cantidades de combustible para ir a la luna (o la cuadra de enfrente si el cohete era una caja de cartón), observaba el firmamento con precisión matemática y con  la precisión que tiene la imaginación de un niño.

Números abuela, no se pueden hacer números en cursiva, abuela!!!

Mi abuela renunció entonces porque aparte de científico era yo terquísimo.

No fue hasta que estudié el segundo curso de Derecho Romano en la Universidad que me vi obligado a aprender a escribir con cursiva.

Tenía un maestro que daba unas clases interesantísimas, pero no paraba de hablar, toda la información que salía de él era la necesaria para conocer la materia de una forma perfecta, leer cualquier libro era, créanme, leer mucha paja.

Entonces, unos compañeros ponían grabadoras, un descarado no quizo comprar grabadora y grababa las clases en video, le resultó un caro fracaso; yo mejor aprendí a escribir de corrido.

Terminó el curso y dejé la necesidad de la cursiva a un lado, la olvidé; luego cuando me hice hombre de oficina, de postits,  notas rápidas en agenda y en cuadernos de trabajo, no escribo con cursiva, hago un desmadre que luego no me entiendo.

Acabo de pasar un par de minutos releyendo varias veces una nota urgente que me dejé a mi mismo que dice “Méndigorecepcionista”.

Era Médico y Recepcionista, claro.

Feb 082007
 

A mi mamá le gusta que coma con ella de vez en cuando, a mi también me agrada porque siempre me cuenta cosas de sus amigas y sus parrandas, méome de la risa siempre porque la jefa tiene puras amigas que pueden ser personajes de una caricatura.

Claro, de una mujer tan liberal, tan hippie, no se pueden esperar los grandes platillazos gourmet, ahora tiene su kit de platillos a toda madre, antes, cuando era yo un niño, le quedaban malas hasta la sopas maruchán (sí, con acento), y lo único que perfeccionó en mi infancia, para mi desgracia, era el licuado de plátano con vitaminas y huevo, me lo tomaba sin respirar y apenas terminada pócima babosa corría como alma que lleva el diablo al baño a enjuagarme la boca, no lograrlo a tiempo implicaba vomitarlo, y tener que beberme otro vaso de licuado, mi madre preparaba siempre uno de más, el vaso contingente.

Así es que en la acutalidad mi mamá se desempeña de forma más que aceptable en las artes culinarias (yep, siempre suena fea la palabra), en su reducido menú se encuentran como protagonistas, el picadillo, caldo de mariscos, caldo tlalpeño, bictec ranchero, parrillada, camarones al ajillo, hígado encebollado (que me recuerda al café de mi ex-oficina) y calabazas con queso.

Hace una semana preparó caldo de mariscos (de donde le copié la receta pa cuando no hay jefa que lo haga), comimos a toda madre, y al final de la comilona me dice que ponga el caldo al fuego de nuevo, que lo deje que suelte un hervor y apague el fuego y lo tape para después dejarlo enfriar y guardarlo en la nevera para posterior consumo sin que se eche a perder. Yo atento siempre a los consejos de la sabia madre, seguí instrucciones, preguntando por supuesto las razones de tan peculiar procedimiento.

Me dice mi madre que como a los caldos se les mete la cuchara una y otra vez, y los destapas y todo eso, que es necesario hervirlos para que se, digamos “purifiquen” y poder guardarlos, si se les mete una cuchara de nuevo entonces habrá que hervirlo de nuevo.

Asumó que siendo un conocimiento que viene de generaciones atrás, que acarrea sabiduría de sepa cuantas personas, asumo el procedimiento y lo adoptaré en mis prácticas gastronomicas, a los caldos.

Ahora me tocó comer con mi madre de nuevo, esta vez, preparó bistec ranchero, le sale rechingón, hoy especialmente le quedó bastante “caldudo” pero muy sabroso como siempre.

Cuando terminamos de comer, quedó bastante en la olla, lo que hice claramente fue encender el fuego y ponerlo a hervir.

Esta es una representación de la conversación que siguió al evento de la flama y el bistec:

Jefa: – ¿PERO QUÉ HACES? -
Semidiós: – Pues ma, poniendo a hervir el bistec que quedó, para que no se eche a perder! -
Jefa: -NOOOOO, ¿POR QUÉ?, SI ESO NO ES UN CALDO! -
Semidiós: – ¿Oye pero que no me dijiste que a los caldos se les hace eso? y lo que veo si me asomo a esta olla es por mucho lo que yo llamaría “CALDO”, ¿ya lo viste? las verduras y las tiritas de bistec están nadando en caldo! -
Jefa: – !QUE NO!… ¿CÓMO SE LLAMA LO QUE PREPARÉ?-
Semidiós: *voz queda* – Bistec Ranchero -
Jefa: – Bueno, pues cuando prepare algo que se llame CALDO DE BISTEC RANCHERO, LO HIERVES!, ya no me gastes gas, tapa eso y guárdalo en el refrigerador -

Supongo que tengo mucho que aprender de gastronomía… y de las pinches viejas.