Personas interesantes


No pretendo hablar de “esa” edad de fuego de la adolescencia en la que se anda todo el día bien caliente esperando llegar a casa a masturbarse o ir al cine con la novia a que se deje manosear. No.

Hablo de la curiosa – y peligrosa – atracción que sienten los niños por el fuego.

El fuego es una cosa fascinante. Iba a escribir algo como “reacción química” u “oxidación acelerada” pero ésto no es un artículo que trata sobre química (de la que conozco nada) así que me me remitiré a escribir al fuego desde el punto de vista empírico que advierte que el fuego está bien cabrón, y quema.

No tengo recuerdo preciso de cuándo puse mis ojos en el fuego (en sentido figurado) pero fue amor a primera vista. Mis primeros gajos de memoria como pirómano se remontan a épocas infantiles estando de visita en casa de mis abuelos en Tijuana, circa 1982.

Gracias a que el hermano menor de mi padre había tenido una efímera pero intensa vida de hippie la casa estaba llena de velasn y fue con lo primero que experimenté, quemar velas y bañar de cera caliente lo que se me ocurriera, derretir soldaditos de plático y “garapiñar” insectos. Mi abuelo vio ese comportamiento con extrañeza y miedo, tenía miedo que en una ocurrencia tomara su violín y me aventara la danza del fuego.

Mi padre me dijo: YA PÁRALE!

Le paré, no por mucho tiempo.

Terminaron las vacaciones y regrese a casa con mi madre y mis abuelos, a mi territorio.

En casa de vuelta no había poder que me detuviera, que pusiera freno al instinto primitivo de crear fuego, de quemar chingaderas, pues.

Durante semanas, por la tarde, cuando mis abuelos estaban trabajando en la tienda de abarrotes de la que eran dueños y mi madre estaba trabajaba también, yo quemaba cosas.

En mi casa los muebles no sólo eran espantosos, también eran pesados y había suficientes muebles para cargar la culpa de la deforestación de un bosque pequeño en algún lugar de centroamérica.

En la sala de estudio, había una mesa que pudo bien acomodar una parvada de vikingos; tenía doce sillas y seguro soportaba también a las gordas novias de los vikingos aventarse sus zapateados sobre ella.

La quemé a la chingada con todo y las doce sillas.

La humareda fue espantosa dentro de la casa, mi abuelo y mi tio corrían echando cubetazos de tierra para sofocar la descomunal hoguera cuyas llamas alcanzaban el techo y se movían como animales.

Lo curioso es que ese incendio no había sido intencional.

La mayor obra en mi carrera como pirómano había sido un accidente: jugaba quemando un papel acartonado, sonó el teléfono y creí apagarlo bien antes de dejarlo sobre la mesa y ésta, de madera que a diario se limpiaba con aceites y pulimentos, ardió a lo bestia en cuestion de segundos, cuando yo regresé no había nada que hacer.

Después  de ese acontecimiento y una regañada a cargo de medio mundo decidí retirarme, mi trayectoria como pirómano había perdido sentido y no encontraba en ese momento cómo llevar una vida digna quemando cosas.

Me retiré una semana después quemando en el patio un castillo de He-Man que no era ni mio.

Mientras el castillo de Grayskull ardía frente a mi, sentado en la tierra y el sol cayendo detrás de los árboles de mango pensé…

- Lástima, hubiera sido un buen pípila.

En ocasiones, cuando paso por un mercado o  por la sección de frutas del super, me toca pasar por donde están los mangos.

Recuerdo mi infancia, inocente, brillante y hermosa, retacada de vida, con todo en el mundo frente a mí, incluídos los mangos.

En aquella casa de mi niñez, donde crecí con mis abuelos maternos, crecían, según recuerdo, cinco árboles de mango; eran árboles muy altos y robustos, todos, seguramente tenían varias décadas encima, inmensos e imponentes, en verano además, hasta el cepillo de mangos, en grandes racimos. También yo era un niño además de muy joven, zotaquísimo, seguro por eso los veía todavía con más altura.

Recuerdo los incontables veranos (claro que se pueden contar, fueron unos trece, pero ¿dónde quedaría el detalle nostálgico?) en los que vivía trepado en los mangos, arrancándolos de las ramas, docenas, los lanzaba a la tierra mientras tenía un fruto en la boca, mi cara chorreada de mango y mugre. A veces algún amigo o primo esperaba bajo el árbol para cacharlos y no se lastimaran.

También de esos veranos recuerdo cuando los comía verdes, por impaciente, ni sal, ni chile en polvo, sólo mangos verdes, también, sólo fiebre y dolor de panza con complementaria maltratada de mi abuela, por burro.

Mi abuela; ella es el principal protagonista de mi temprana historia con esta fruta tan dulce y aromática; esos cientos de veranos (exagerando, de nuevo) mangueros mi abuela los aprovechó como un perro callejero roe un hueso hasta la médula.

La esposa de mi abuelo materno, Doña Chabela, conocía muchísimas recetas con mango, no era algo descabellado, está de más decir que ella misma ya había pasado una buena colección de veranos rodeada de mangos veraniegos y preparaciones mangosas a cargo de su madre y abuela.

En esos calientes meses, recuerdo el refrigerador cada día y encontrar agua de mango, nectar de mango, nieve de mango, estos tres estaban listos invariablemnte a la hora de comer, algún alimento, mas mango.

También la madre de mi madre nos preparaba trolebuses de mango, pan relleno de mango, empanadas de mango, dulce de mango; también sabía deshidratar mango en rebanadas y preparar jaleas y mermeladas de mango.

Recuerdo las ensaladas de mango sazón (ni verde ni maduro) muy buenas para esos días con calor de más (según sabiduría de generaciones), las paletas congeladas y las crepas de cajeta con mango.

Fue gracias al patio de mi casa con tanto árbol de esa versátil fruta, gracias a esos veranos tan largos, tan dulces, tan aromáticos y tan cargados de sabor; esos veranos de mi infancia en que mi abuela demostró su gusto por el mango; fue por ellos que ahora cada temporada, cada año, su recuerdo viene a mi como una cascada de sabores y texturas en sus infinitas presentaciones, como si estuviera sentado ante aquella mesa de la cocina en la casa donde viví de niño a instantes de un primer bocado de esa azucarada y pulposa fruta.

En mi vida pueden pasar muchas cosas, pero mientras en mi mente lleve estos recuerdos vivos, no podré volver a probar un pinche mango.

Quedé bien harto.

La mayoría de nosotros hemos tenido la oportunidad – iba a escribir “fortuna” pero me salía caro en la conciencia -  de conocer a nuestros abuelos y sus peculiares maneras de resolver asuntos de salud en la familia, de los que han requerido atención de emergencia y otros que ameritaban tratamientos prolongados.

De mis abuelos, de los cuatro que tuve y que ahora ya se han puesto la pijama de madera, mi abuela materna es la que me crió muchos años cuando mi madre trabajaba fuera de la ciudad. A ella le tocó cuidarme, a mi me tocó cuidarme de ella, de sus remedios caseros que, huelga decir, sufrí como las mismas enfermedades que pasaban a remediar.

Ya he platicado en algún otro momento el por qué detesto el epazote y no soporto su olor que me provoca las nauseas más intensas, no culpo directamente a mi abuela de ello pues su responsabilidad queda limitada a llevarme con la curandera que era la que me embarraba una chinadera de aciete de olivo y epazote para quitarme lo empachado, un padecimiento que ha caído en desuso.

Recuerdo que entre mi tía abuela y mi abuela se rolaban tés raros, tenían uno que era una vil rama, que era para aliviar dolores musculares, era una rama tan fibrosa y resistente que cortarla te llevaba una media hora si no tenías un machete con buen filo, más de una vez tuvieron que tomarse una taza del mismo para el dolor del brazo engarrotado, estaban viejitas, cortar ramás era tarea pesada. Pero ahí vi que habían creado su propio círculo de consumo/producción.

Si me dolía una muela o un diente me hacía morder un clavo de olor.

Si me dolían las anginas me obligaba a hacer gárgaras con una infusión de cáscara de granada más amarga que la vida de Lupita D’Alessio.

Cuando tenía bronquitis, gripe, tos, o un méndigo resfriado mi tarea era que no lo notara, cosa que me resultaba imposible cuando traía un moquero bárbaro y mi tos con flemas sonaba como caja de corn flakes; el remedio estrella era el Vapo-Rub.

Mi abuela curaba todo mal respiratorio por igual, con Vapo-Rub; pero su tratamiento con esa jalea espantosa no se limitaba a un masajito en el pecho y espalda para que sus vapores medicinales descongestionaran mis vías respiratorias, también me obligaba a echarme una cucharada de Vapo-Rub a la boca con las indicaciones precisas de ir dejando que se disolviera  y pasara por mi garganta. Me dejaba viendo borroso y con la sensación de haberles agandallado el almuerzo a una pandilla de Koalas.

También tenía remedios caseros para los árboles enfermos, mi abuela no sabía cuando habría eclipses, pero todos los árboles de mi casa tenían un trapo rojo atado, para cuando hubiera. Así no se les caerían los mangos a los mangos ni los zapotes al zapote   – había varios árboles de mango y sólo un zapote – y así igual para todos los demás.

Una vez,  no recuerdo muy bien, había comido mil y una pandejadas, también una sandía completa y un par de guayabas, ese día era yo el niño más estreñido de la comarca.; le platiqué  a mi abuela el problema que me traía acongojado y que si pujaba más temía  botar mis ojos; me instruyó que estando sentado en el retrete cerrara los puños y me golpeara las rodillas duro en ritmo constante y que, con ese simple procedimiento y paciencia todo terminaría por salir; recuerdo bien.

El resto del día fui un niño estreñido que cojeaba.

Me desperté en un coche enfrente de la oficina, era un coche blanco, inglés, pequeño parecido a los Mini, pero era otro, el volante en la derecha me hizo intuir que mi oficina ahora estaba en alguna parte del Reino Unido, Londres quizá, no supe bien estaba atontado aún pues recién despertaba.

Me levanté de la cama dentro del coche, abri la ventana (una ventana normal de casa) y entró Paty Manterola como entre volando y nadando como pez pescado, llegó en bikini plateado bien chiquito (y chiquitita) y me dijo que le diera besitos en el ombligo porque se sentía mal.

Recuerdo la textura de su piel, creo que luego le besé las nalgas, no recuerdo, pero era la textura de un duraznito y así.

De pronto estoy caminando en la acera rumbo a un depa donde no se quién vive, en éste hay un león, muchas habitaciones, dos baños y una sola televisión a la que le sirve el control remoto, con las demás televisiones entendí que debe uno acercarse a ellas y estar parado como idiota picándole los botones para encontrar algo bueno entre miles de canales. Ese depa era un caos, pero tenía que estar allí junto con una parvada de perfectos desconocidos, y un león bravísimo.

Corría por mi vida cerrando puertas tras de mí porque el puto león olió mi nueva loción que había comprado, “olor bistec” leía semejante bote de un galón; en un último portazo me deshice del felino mastodontal al dejarlo afuera del baño. Fue cuando escapé por la pequeña ventana del baño cortándome con sus orillas de aluminio rasgándome la camiseta y los calzones (en ese punto el pinche león me había arrancado hasta los calcetines).

Caí en el lobby de un hotel dónde (según me dijeron dos amigos que allí encontré) yo estaba hospedado y no me encontraban desde hacía un par de días, estaba extraviado y sospechaban ya cosas muy raras. Les platiqué lo del depa y uno de ellos me dice que si estuve dormido dentro de ese coche es porque todo fue un sueño y todos estábamos dormidos. Yo dije ok.

Paty (sí, la Manterola que por cierto se veía espectacular) llegó corriendo a pedirme más besos en su ombligo, le dije que si no me dejaba darle un par de nalgadas no había besos; me dijo “sí” yo dije “ok”; hubo besos y nalgadas, ya hacían falta, así lo sentí en el sueño.

Justo antes de escuchar el ultimo ~slap~ de la nalgada a “La Paty” abrí los ojos con lo que ahora miraba a la lontananza desde un jet que viajaba a la Ciudad de México; he volteado a mi izquierda (siempre pido ventanilla derecha, no se por qué, hasta en sueños por lo que reflexiono ahora) y allí están mis dos cuates, los saludo y no saben darme razón del paradero del bombón que nalgueaba segundos atrás, ya no supe más de ella.

A través de la ventana del aeroplano se podía ya percibir a la distancia la mancha urbana de la gran capital, quise tomar fotos según la majestuosa escenografía de concreto se acercaba (o nos acercábamos a ella), las fotos no salían bien, ni el color, ni nada, salían cosas que no eran ni serían.

Mi amigo volteó a mi, me tocó el hombro y me dijo que me tranquilizara; que eso pasa a todos cuando se va bajando a la tierra.

Entonces desperté.

En la tierra, como siempre.

No, mi madre no sufre de ningún tipo de maldición, no tiene que alimentarse de lágrimas de viuda hipócrita para eviatar convertirse en almorrana, no, mi madre tiene, por el contrario, un poder medio raro para pasar a joder a la gente con el poder de su decir – mal decir, para dejarlo más claro -

Como se puede deducir de alguien que habla de su madre, estoy familiarizado con esta historia de la gracia de mi madre para malvibrosear a la gente que le causa un daño o que – aquí si se pone mamona y es donde hay que preocuparse y tener cuidado – de plano nomás la agarran de mal humor.

De estas historias hay varias y les resumiré el post en dos, la primera, y la segunda.

La primera es ésta – sin albur -

Hace varios años a mi madre la chocó un señor que no vivía en la ciudad sino en un pueblo vecino a un par de horas de la ciudad, éste señor quedó formalmente en pagarle a un carrocero por ambos conocido, mi madre sólo tenía que llevar el coche el fin de semana.

Al llegar el fin de semana el carrocero le dice por celular a mi madre que no hará el trabajo porque el chocante – así será la referencia para ubicarle rápido – había decidido mandar todo a la chingada – sí, mi madre incluida – y no pagar ni un peso concluyendo el mensaje con la chute que pretende siempre demostrar seguridad en la declaración: que le hiciera como quisiera.

Cuando ésto sucedió la jefa desayunaba unos tacos de pescado, le marcó inmediatamente al viejo hijo de puta, no para reclamarle el pago – no es millonaria, pero no le langarea dinero a nadie – sino para mentarle su puta madre y ya.

La gente de la taquería, dice mi madre, se quedó ondeadísima con el breve pero contundente – y verbalmente contuso – discurso de mi madre al teléfono con un interlocutor que, asumieron, era un soberano imbécil; terminó la llamada y pidió uno más de pescado sin repollo.

Un par de horas más tarde recibio una llamada del carrocero quien le avisaba que ya le podría recibir el coche para repararlo pues el señor chocante le había llamado a él para decirle – todo bien, arregla el coche de la señora yo te pago todo lo que resulte, llámale y dile -

Doña maldiciones ha de haber sonreído – la conozco – y luego – según me platicó – el carrocero le hace una pregunta

- ¿Señora pues qué le dijo al señor que me llamó y hasta sonaba asustado?

Esta santa señora y madre le había dicho algo al señormalaleche que lo dejó con tal intranquilidad que no podía pensar en otra cosa más que pagar.

Le dijo algo como:

- Yo siempre soy responsable de lo que hago, alo o bueno, soy responsable y nunca me hecho para atrás ni me rajo, si debo pago, eso es ser honorable, usted, es un pendejo sin huevos, poco hombre, y créame que su dinero me valer verga igual que usted, le exijo el pago por honor porque el choque es deuda suya conmigo pero si no lo reconoce, está bien, un par de miles de pesos a mi me vienen guangos, ni más pobre ni más rica, pero usted cobarde de mierda que no tuvo los huevos para mandarme a la chingada frente a frente, le recomiendo que se cuide, a gente como usted se lo carga la chingada cuando menos sospechen, le recomiendo bien que a partir de ahora se cuide porque usted viaja mucho en carretera, no le vaya a pasar algo eh?

*cuelga*

Ayer mi madre me pidió aventón al taller mecánico a recoger su coche de una reparación de balatas y frenos en general, la llevaba con prisa porque iba tarde al frontón, el taller mecánico queda justamente en la calle paralela en sentido contrario a la calle que tomo para ir al frontón, a esa hora ambas llenas de coches, dar vuelta para dejarla en el estacionamiento del talles implicaba mucho tiempo y dos semáforos.

Entonces la cagué…

- Oye ma y si te dejo aquí en la esquina para no darme vuelta, total te queda re cerca el taller nomás a la vuelta.

- ¿Ah sí cabrón, dejas a tu madre en la esquina?

En ese momento comenzó a fallar mi coche y se apagó

(jamás había fallado y además acaba de pasar por una excelente afinación).

Encendí el coche aún en movimiento justo para alcanzar a dar vuelta en la calle correcta…

- Ja ja no madre cómo crees, testaba cotorreando ya voy a dejarte.

- Ah bueno.

El coche falló sólo esa vez, y a mi santa madre la acompañé hasta adentro de las oficinas del taller.

Platicando con mi padre, como cada seis meses lo hacemos, al calor del cognac, whiskey o de noble cerveza, sobre la vida, la que ha vivido él y cómo la mía aún sigue quedando corta si la comparamos (le quedo cortísimo) me comenta al punto de tocar el tema de nuestros amores y algunas mujeres que para cada quien han marcado el alma como fierro caliente en la piel:

- A mí me han olvidado más veces de las que me han querido.

Sigo tomando copas ahorita a la salud de tan linda y “epifánica” frase.

Ayer llegué a mi taquería de confianza y después de ordenar mis tacos de carne asada selecta de Sonora, con queso asadero derretido y con tortillas de harina, he volteado a la barra de salsas y para mi sorpresa – triste, pero al fin sorpresa – no había guacamole.

Si no hubiera sido porque es cuate el taquero y jamás antes me habían quedado mal con el guacamole, me cae que se los regresaba, pero no, me los tuve que tragar con la frente – sí, muy amplia – en alto, estoico y resignado  a engullirlos con todos los demás ingredientes a excepción de aquel que hace de mis tacos, unos tacos contentos.

En esta ciudad hay – como en todas partes, casi – dos tipos de taquerías, las de establecimiento chido y las de carrito de banqueta; de esas hay una especie de subtipo, las que están consolidadas y las que tienen una vida más efímera que una mosquito con leucemia; aquí, en este pueblo grande hay una cantidad de buenas taquerías que se pueden contar con los dedos de las manos, pero de personaje de los Simpsons; a ver, dejen las cuento… ~pone manos cerradas al frente y brincan dedos a la voz de “el chino” “el chino II” “Los del Sur” “Rancho Viejo”…~ ok… la neta no pasé de diez … hace unos meses quizá pudieron ser trece.

Y de las taquerías que son pésimas, malas y mediocres no hablaremos mucho, que hasta las tortillas saben rancias, el guacamole ni siquiera “pinta” – aguamole, pues – y son tacos “caciques” – con poca carne – y caros.

A estas taquerías no se les perdona, y su vida va en relación a una ecuación muy sencilla, las personas que pasan por allí con frecuencia, las que se animan a tragar allí y de esas, las que regresan porque seguramente cuando fueron esa primera vez iban hasta el tronco de pedas que lo que querían era que le cayera algo a la panza y ni recuerdan dónde estaban parados.

Recuerdo con suma nostalgia la taquería de la que nunca supimos el nombre pero terminamos llamándola “la taquería del igualado”. Esta taquería la atendía un chavo que sin conocer a quien llegaba – siendo sinceros, a las 4 a.m. es puro borracho trasnochado buscando bajar avión – luego luego le sacaba plática imprudente e incómoda, como cita primordial tenemos lo que le dijo a un señor que de hecho llegó sobrio y que sólo tenía finta de ir rumbo a casa después de echar el poker con los cuates:

- Qué tal maistro? qué tal estaban las morritas en el <inserte nombre de congal>? mire, vengase pacá para que le de el humo y se le quite la peste a vieja.

El problema era que no era mal pedo el wey y preparaba las costillas como los grandes, un día dejó de ir, y la taquería se fue a pique, la ultima vez que fui estaba atendiendo el dueño, un señor flacucho y bonachón pero con un tacto indigno para hacer tacos y peor, para preparar las carnes. No he vuelto y no creo volver.

Un taquero tiene una obligación, un peso pipilesco sobre su espalda, cada día que se levanta, no puede fallarnos. Acá, donde vivo, no perdonamos mucho y, de manera tácita, entre cuates, cada cierto tiempo hacemos reconteo y evaluación de taquerías, tristemente cada vez una se ha de ir a la lista negra, sea por un penoso caso de chorrillo o por ofrecer guacamole pitero, aumento de precio irracional o una indigestión marca diablo.

Acá seguimos a los taqueros, no a las taquerías, como un ejecutivo que cambia de oficina y anuncia a sus clientes que se mueve y se lleva sus cuentas a la competencia que lo contrata, así se mueven los taqueros en esta ciudad; Y lo seguimos. Y la taquería que deja tristemente comienza a morir para dejarla de ver en unos meses.

Están las taquerías que son malas pero que son las únicas que quedan abiertas a las seis de la mañana, a esas vamos porque a esas horas es mejor comer esos tacos que ni recordarás por la peda, a llegar a la casa a comer atún con salsa catsup directo de la lata.

La oficio de taquero, el de buen taquero, es noble, este humilde sujeto es quien tiene que alimentar a toda la gente peda que ya soportó el barman – otro noble y abnegado servidor de la comunidad -, le debemos gran respeto y debemos ser más tolerantes cuando fallan en algo, todos tenemos un mal día, un mal taco.

Como los peluqueros arreglan nuestro cabello, el mecánico nuestro coche, el taquero arregla nuestra desvelada alma alegrando nuestra panza.

Los mexicanos, aunque quizá no lo reflexionemos, tratamos a los taqueros como a los mecánicos: Cuando encontramos uno chingón, no lo soltamos hasta que se muera.

Patrick Swayze en su reciente conferencia de prensa dijo que esta listo para filmar la secuela de GHOST.

*Descanse en paz este señor que tenía muchas ganas de vivir y que desgraciadamente sucumbió ante una cruel enfermedad.
Gracias por Point Break.

De cuando siempre termino discutiendo con Armando Sámano sobre nuestras diferencias de gustos musicales y que yo pienso que es mas una terquedad y aferre en simplemente no estar de acuerdo y ya.

Le dije:

… su tendencia maesa a dar la contra con sutilezas como esas, y ejecutar acciones de defensa bajo premisas efímeras, fugaces y de coloidal entrepiso que a la postre redundan en antiargumentos diluídos…

arbolfest

Mi carnal Arbol Tsef hace unos días me hizo el honor de invitar a participar con algún post para ser publicado en su blog, por supuesto acepté a los términos y condiciones del negocio y pueden pasar a leer el texto que por reglas de la participación se títula ¡Qué pinches Ojotes!

Para ir directo al post también puedes pinchar AQUÍ.

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