Nov 162011
 

Esta semana viene desarrollándose con satisfactorios resultados independientemente de las actividades cotidianas como el trabajo que vienen empobreciendo mi estado de ánimo y espiritual, algo siempre compensa, o algo siempre viene a ayudarme a pensar que nunca nada está perdido sino hasta que, en efecto no lo encuentras.

Uno de los resultados satisfactorios se deriva de hecho doloroso, y de celestiales visiones:

Venía de trabajar de Polanco, cuando cruzo la calle saliendo de una estación de metrobús, espero a la señal de PASE para los peatones, y paso.

Quedaba la tercera línea vacía, decido pasarla sin ver pues no sentí instinto preventivo que me hiciera voltear la mirada, debí hacerlo (después supe que no), un SEAT gris venía a toda velocidad en mi dirección, el golpe era inevitable, se escuchó el rechinido de las llantas, poco a poco entré en modo cámara lenta, pensé yo que así es cuando estas cerca de morir, ya no pude realizar una de las miles maniobras ninja que había entrenado para esquivar golpes, colisiones, y objetos contundentes, recuerdo que pensé también “pinches ninjas valen pura chingada” al tiempo que comenzaba a figurar correctamente el rostro de mi ejecutor, de un brillo en el parabrisas fue apareciendo un rostro hermoso, con la boca torcida y la lengua mordida de miedo, tal vez terror, quizá total pavor de convertirse en la cara de un asesino.

El coche se acercó contundentemente a mí, lo único que pude ejecutar y huelga decir, me quedaba en la lista de maniobras ninja aplicables fue saltar y esperar darme en la madre solamente con el cofre y el parabrisas y evitar andar en muletas en resto de mi vida con las rodillas como àrbol para columpio.

El rechinido termino en un grito sofocado por lágrimas por parte de la nena hermosa que conducía y por un “chinga tu madre”, cuatro “a la verga” y “puta madre”, exhalados aleatoriamente supongo, al no recordar bien el instante.

Como rey de carnaval, la morra se estacionó cargandome aún en el cofre, yo estaba ileso pero terriblemente aturdido y golpeado de un brazo con el que golpeé primero al caer en el coche, la chica salió corriendo llorando, supongo que no tenía planes de atropellas a nadie ese día (tal vez en el resto del año) porque estaba verdaderamente privada de tranquilidad y sobrada de llanto, me abrazo pidiendome perdón y preguntándome si estaba bien, me abrazaba y acariciaba la cara en la que tenía una cortada mínima pero que había decidido echar toda la sangre posible para dar buena nota roja.

Me tocaba el rostro y se quitó su blusa (que noté después era carísima) para limpiarme la herida, olía a algo como fresa, un olor muy fino que me despertó, cuado volteé la mirada a ver quien era, nuestros rostros quedaron tan cerca que mi nariz tocó la suya, no se alejó, me miró directo a los ojos, yo miré un par de ojos azules, muy tristes, o asustados para ese efecto, inmediátamente sonrió, como pudo ser la primera vez que sonrió en su vida, y así tan cerca como estábamos sus lágrimas cayeron en mis labios mientras me decía – ESTÁS BIEN!!! -

No se cuál fue el impulso primario, hay veces que uno hace cosas que no puede evitar, como estornudar, que después no sabe cómo explicar, me abrazó más fuerte pero con delicadeza como tratando de no lastimarme más, y me besó en la boca.

Su olor a fresa, sus manos suaves, una sobre mi pecho y la otra encargándose de acariciar mi espalda, su cuerpo delgado de hermosa figura, su cabello rubio como el flash que ví antes del madrazo, su rostro blanco y sus ojos cerrados en el beso casi me hicieron creer que estaba muerto.

Los mirones, que para ese momento ya contaban más de 60 seguramente, presenciaron algo que supongo no era común, el ideal romántico, el desenlace más amistoso jamás visto en un atropellamiento, tal vez la única y mejor celebración que pudo terminar en malas noticias, en funeral.

Todos gritaban y aplaudían, escuché cosas como “ESO GÜERO YA TE LA LIGASTE”, “VIVA EL ATROPELLADO” y “MIRA LA GÜERA SI SABE PEDIR PERDÓN!”, creí escuchar muchos “ruiditos” de celulares tomando fotos; yo cerré mis ojos para sentir la disculpa de la cafre.

No supe cuánto tiempo pasó, nuestros labios se despegaron, con las narices aún en roce, me dice que no sabe por qué me besó, pero que no debo creer que fue sólo por pedir perdón o por gusto de que siguiera vivo, me dijo que desde que pisó el freno, desde que mi figura se fue haciendo grande hacia el parabrisas, y aun cuando me vió volar sobre ella, quizo besarme; ya sin pensar y aturdido ahora por su ternura, su rostro tan dulce y sus ojos tan sinceramente azules, respondí – Yo quise patearte el trasero, luego te vi mientras volaba sobre tí, y tal vez también te quise besar, y ahora si quieres, hasta repetimos todo de nuevo -

Nos abrazamos de nuevo, la gente ya satisfecha se fue alejando a ocuparse de sus propios asuntos. No platicamos por un gran rato, sentíamos la retirada de la emoción fuerte, estaba quedando el alivio, y algo más que subía de nivel, de tono, de saturación.

Me pidió perdón no se cuántas veces, yo le dije que sólo el brazo me dolía pero era golpe, no fractura. Pasamos tres horas estacionados allí, abrazados en el asiento trasero, yo, con estatus de víctima, recibí instrucciones de dejarme acariciar, de dejar cuidarme, besarme; yo las cumplí, ver su rostro tan tierno y precioso era motivo suficiente para no moverme, no cerrar los ojos.

Llegó el momento en que se tenía que ir, recibió mas de trece llamadas de su papá preguntando dónde andaba, venía de clases de francés, lo sé porque fueron llamadas por radio y usó el speaker para que entre los dos nos rieramos del gruñón de su padre, gruñón como todo buen alemán.

Me trajo a mi departamento, se despidió de mi con un abrazo de media hora y un beso de media hora veinte segundos que parecia no querer concluir hasta el amancer, me dijo que quería besarme más, todos los días, que si yo quiero, siempre me besaría, me dió su numero de celular, de nextel, de casa y su correo electrónico, le iba a dar mis datos y dijo que no, que prefería saber si mañana cuando me despertara, seguiría con ganas de verla.

No supe que decir, y me besó de nuevo; ya no hubo más palabras, sólo la despedida:

- Gracias por no matarme -
- No, a ti gracias por seguir vivo -

Nov 252008
 

La lluvia de invierno o en la playa, la que cae cuando viene una tormenta tropical; un buen café, helado o caliente pero simplemente bueno; mi brazo entumido porque toda la noche ella durmió y rodó sobre él; tomar la primera cerveza y sentir que me cae tan bien que puedo tomar todas las que vengan; una tarde en la que sienta que nada me preocupa, una de esas tardes en las que siento que soy infinitamente feliz; la sonrisa de una bonita desconocida; de los zumbidos del messenger; de usar emoticones; jugar a que la vida es fácil; ver fotos antiguas de gente conocida, y de mi; viajar de pasajero en la carretera y sacar la mano jugando al avión; dormir en la arena de la playa en el pacífico; despertar recordando que lo último que hice antes de quedar dormido fue que sonreía; encontrar amigos de mi infancia por la calle y que me reconozcan; saber que la suerte le da buena cara a las personas que quiero; vomitar de ebriedad sintiendo que alguien cuida de mi; todos los momentos que me hacen decir – ¡de la que me salvé!; los días de invierno en que no debo levantarme temprano; los huevos rancheros que se preparan en mi tierra; el shoegazer; los 90′s; un abrazo inesperado; llorar de alegría; una buena película de horror; carcajearme; el primer sorbo de café por la mañana; una muestra de cariño de un animal; la vista de Tijuana desde la terraza de mi casa; una larga charla con mi padre mientras tomamos whiskey con agua; comprarme un gadget nuevo; fan de la risa de mi madre; y de vez en cuando, soy fan de sentirme solo.


Como esta noche.
Jun 142007
 

Esta semana viene desarrollándose con satisfactorios resultados independientemente de las actividades cotidianas como el trabajo que vienen empobreciendo mi estado de ánimo y espiritual, algo siempre compensa, o algo siempre viene a ayudarme a pensar que nunca nada está perdido sino hasta que, en efecto no lo encuentras.

Uno de los resultados satisfactorios se deriva de hecho doloroso, y de celestiales visiones:

Venía de trabajar de Polanco, cuando cruzo la calle saliendo de una estación de metrobús, espero a la señal de PASE para los peatones, y paso.

Quedaba la tercera línea vacía, decido pasarla sin ver pues no sentí instinto preventivo que me hiciera voltear la mirada, debí hacerlo (después supe que no), un SEAT gris venía a toda velocidad en mi dirección, el golpe era inevitable, se escuchó el rechinido de las llantas, poco a poco entré en modo cámara lenta, pensé yo que así es cuando estas cerca de morir, ya no pude realizar una de las miles maniobras ninja que había entrenado para esquivar golpes, colisiones, y objetos contundentes, recuerdo que pensé también “pinches ninjas valen pura chingada” al tiempo que comenzaba a figurar correctamente el rostro de mi ejecutor, de un brillo en el parabrisas fue apareciendo un rostro hermoso, con la boca torcida y la lengua mordida de miedo, tal vez terror, quizá total pavor de convertirse en la cara de un asesino.

El coche se acercó contundentemente a mí, lo único que pude ejecutar y huelga decir, me quedaba en la lista de maniobras ninja aplicables fue saltar y esperar darme en la madre solamente con el cofre y el parabrisas y evitar andar en muletas en resto de mi vida con las rodillas como àrbol para columpio.

El rechinido termino en un grito sofocado por lágrimas por parte de la nena hermosa que conducía y por un “chinga tu madre”, cuatro “a la verga” y “puta madre”, exhalados aleatoriamente supongo, al no recordar bien el instante.

Como rey de carnaval, la morra se estacionó cargandome aún en el cofre, yo estaba ileso pero terriblemente aturdido y golpeado de un brazo con el que golpeé primero al caer en el coche, la chica salió corriendo llorando, supongo que no tenía planes de atropellas a nadie ese día (tal vez en el resto del año) porque estaba verdaderamente privada de tranquilidad y sobrada de llanto, me abrazo pidiendome perdón y preguntándome si estaba bien, me abrazaba y acariciaba la cara en la que tenía una cortada mínima pero que había decidido echar toda la sangre posible para dar buena nota roja.

Me tocaba el rostro y se quitó su blusa (que noté después era carísima) para limpiarme la herida, olía a algo como fresa, un olor muy fino que me despertó, cuado volteé la mirada a ver quien era, nuestros rostros quedaron tan cerca que mi nariz tocó la suya, no se alejó, me miró directo a los ojos, yo miré un par de ojos azules, muy tristes, o asustados para ese efecto, inmediátamente sonrió, como pudo ser la primera vez que sonrió en su vida, y así tan cerca como estábamos sus lágrimas cayeron en mis labios mientras me decía – ESTÁS BIEN!!! -

No se cuál fue el impulso primario, hay veces que uno hace cosas que no puede evitar, como estornudar, que después no sabe cómo explicar, me abrazó más fuerte pero con delicadeza como tratando de no lastimarme más, y me besó en la boca.

Su olor a fresa, sus manos suaves, una sobre mi pecho y la otra encargándose de acariciar mi espalda, su cuerpo delgado de hermosa figura, su cabello rubio como el flash que ví antes del madrazo, su rostro blanco y sus ojos cerrados en el beso casi me hicieron creer que estaba muerto.

Los mirones, que para ese momento ya contaban más de 60 seguramente, presenciaron algo que supongo no era común, el ideal romántico, el desenlace más amistoso jamás visto en un atropellamiento, tal vez la única y mejor celebración que pudo terminar en malas noticias, en funeral.

Todos gritaban y aplaudían, escuché cosas como “ESO GÜERO YA TE LA LIGASTE”, “VIVA EL ATROPELLADO” y “MIRA LA GÜERA SI SABE PEDIR PERDÓN!”, creí escuchar muchos “ruiditos” de celulares tomando fotos; yo cerré mis ojos para sentir la disculpa de la cafre.

No supe cuánto tiempo pasó, nuestros labios se despegaron, con las narices aún en roce, me dice que no sabe por qué me besó, pero que no debo creer que fue sólo por pedir perdón o por gusto de que siguiera vivo, me dijo que desde que pisó el freno, desde que mi figura se fue haciendo grande hacia el parabrisas, y aun cuando me vió volar sobre ella, quizo besarme; ya sin pensar y aturdido ahora por su ternura, su rostro tan dulce y sus ojos tan sinceramente azules, respondí – Yo quise patearte el trasero, luego te vi mientras volaba sobre tí, y tal vez también te quise besar, y ahora si quieres, hasta repetimos todo de nuevo -

Nos abrazamos de nuevo, la gente ya satisfecha se fue alejando a ocuparse de sus propios asuntos. No platicamos por un gran rato, sentíamos la retirada de la emoción fuerte, estaba quedando el alivio, y algo más que subía de nivel, de tono, de saturación.

Me pidió perdón no se cuántas veces, yo le dije que sólo el brazo me dolía pero era golpe, no fractura. Pasamos tres horas estacionados allí, abrazados en el asiento trasero, yo, con estatus de víctima, recibí instrucciones de dejarme acariciar, de dejar cuidarme, besarme; yo las cumplí, ver su rostro tan tierno y precioso era motivo suficiente para no moverme, no cerrar los ojos.

Llegó el momento en que se tenía que ir, recibió mas de trece llamadas de su papá preguntando dónde andaba, venía de clases de francés, lo sé porque fueron llamadas por radio y usó el speaker para que entre los dos nos rieramos del gruñón de su padre, gruñón como todo buen alemán.

Me trajo a mi departamento, se despidió de mi con un abrazo de media hora y un beso de media hora veinte segundos que parecia no querer concluir hasta el amancer, me dijo que quería besarme más, todos los días, que si yo quiero, siempre me besaría, me dió su numero de celular, de nextel, de casa y su correo electrónico, le iba a dar mis datos y dijo que no, que prefería saber si mañana cuando me despertara, seguiría con ganas de verla.

No supe que decir, y me besó de nuevo; ya no hubo más palabras, sólo la despedida:

- Gracias por no matarme -
- No, a ti gracias por seguir vivo -