Recuerdos


Siempre he tenido dos debilidades de memoria muy peculiares: Geografía e Historia(incluye fechas y eventos importantes hasta de cumpleaños y cosas de esas)

Si cierro mis ojos y visualizo el mapa de América del Sur, inevitablemente veo Argentina arriba de Brasil; también a Cuba saliendito del canal de Panamá tanto que los buques tienen que avanzar relento para no chocar con Guantanamo. Soy un caos de abstracción geográfica, lo admito.

En la secundaria yo era un ñoño cabrón, sin embargo historia tuve que machetearle espantosamente, al final logré recordar lo suficiente, saqué 60. Al año cambió la escala de calificación de 1 a 10, quitaron un cero, como en el nuevo peso, al final era la misma cosa, sólo el maestro gastaba menos marcador a la hora de poner los numerotes en los examenes calificados, un pinche cinco te reprobaba igual y un 10 como un 100 no te hacían menos pendejo.

Pero en Geografía no había forma de recordar tantos pinches ríos, accidentes orográficos (o como chingados se llamen), mucho menos paises, estados y tanta pinche colindancia, un calvario.

Una vez fue tan grave mi impotencia que tuve que elaborar un sofisticado acordeón con toda la información, como soy malo para mentir y para hacer cosas “ilegales” el maestro no tuvo más que mirarme a los ojos para saber que no tenía puta idea de lo que tenía que contestar y que, debajo de mi nalga derecha descansaba un papel doblado en cuatro esperando salvarme de tronar el examen.

Se acercó a mi – a ver jovencito, mejor ya déme el acordeón, que hace quince minutos veo que no sabe ni cómo sacarlo . Se lo dí, me quitó el examen, todos me vieron asombrados pues no hubieran esperado eso de uno de los más ñoños del salón. Fue triste.

A la fecha (que no recuerdo, ah sí, es aún jueves 4 de marzo) sigo con ese problema, sigo pensando, al cerrar los ojos, que francia no tiene costa, que inglaterra tien un puente cortito por dónde van y vienen gente a trabajar desde Suiza. Un asco.

Y cada vez que he intentado nombrar a todos los estados de la republica y ubicarlos en un mapa de México me acuerdo de mi taller de Electricidad, también en la secundaria, no importó cuántas planchas y licuadoras reparara, siempre me sobraba un tornillo. Acá siempre me sobra Guanajuato.

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Temas: Chelas, birria, pulgas del Cartucho, Haití y Chile, Twitter, cosas de antaño y así.

Música: Hot Chip “One Life Stand” / Moi Caprice “Riding in Cars with Girls” / White Rabbits “While We Go Dancing” / Aqueduct Growing “Up with G’N'R” / Fondo: Elemental Gaze “Behind the Window I see”

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Hoy es un buen día para olvidarte (o comenzar a intentarlo)

Ella estaba sentada frente al mar, se notaba que tenía frio, se abrazaba a sí misma amarrándose al mismo tiempo los brazos en su bufanda de lana blanca. Su cabello, un poco en el aire, otro poco sobre su rostro, sus hombros.

Llegué desde la acera y bajé a la playa, sentada justo donde comienza la inclinación donde las olas más fuertes alcanzan la arena, miraba al infinito, como ida, como muerta esperando que le cierren los ojos con la palma de la mano, como en las películas.

Me senté a su lado, no la había visto nunca y su rostro sin embargo me era tan familiar, volteé la mirada al mar, repasando el panorama, el aire y las gaviotas, los barcos y pequeños botes cerca y lejos, las oscuras nubes de la tempranera tarde que dejaban caer un rocío muy fino y frío – moja tontos, decía mi abuelo – que calaba los huesos; – si había modo de recordar un buen invierno en la costa, era con estas lluvias que duran semanas y enfrían el alma – pensé mientras trataba de saber qué cosas tan tristes pasaban por esa desconocida que había abordado por… quizá por la misma causa que yo he venido a esta playa, tal vez por la necesidad de hacer exactamente lo mismo que ella, sentarme a ver lejos, en silencio. Y yo allí estaba, interrumpiendolola en  su pensar, su ver, su contemplar. Es tan hermoso ver al horizonte e imaginar lo vasto del mar y la soledad de las islas en el medio del oceano.

Entonces estaba allí sentado a su lado, pretendió no notar mi presencia y tuve que hacerlo obvio  -más -

- Hola

Se liberó una mano de la bufanda para recogerse el pelo cubriendo sus ojos, voltea a mí

- Hola

- Suena tonto pero… ¿Qué haces aquí sola?

- Te podría preguntar lo mismo, pero eres hombre y para responder sólo puedes decir algo clásico como que te gusta filosofar y meditar frente al mar y ya; pero yo, yo vine aquí porque me gusta mucho este rincón de la playa, me gusta sentir este frío esta tarde, me recuerda un lugar y un sentimiento.

- Ves, tu también eres filósofa.

- Los filósofos buscan respuestas, yo no busco nada, si te has sentado aquí a mi lado con intenciones que ignoro, tan siquiera presta atención a lo que te respondo, no?

- Disculpa tienes razón entiendo, entiendo.

Soltó una ligerísima sonrisa mientras agachaba la cabeza a sus brazos cruzados meneandola de un lado para otro en un “No” condescendiente.

Saqué mis cigarrillos y le brindé uno, lo aceptó con gusto, se me ocurrió graciosamente que parte de su tristeza era que se moría por fumar y había dejado sus cigarrillos en casa.

Fumamos, los dos en silencio, ella terminó rápido y apago la colilla en la suela de su zapato y me la regresó apagada

- ¿Podrías llevártela y dejarla en un cesto de basura, o quedártela de recuerdo?

Sonrió de nuevo pero ahora dejó ver sus dientes, y se hicieron un par de hoyuelos en sus mejillas y sus ojos miraron fíjamente a los míos, profundos con todo el azul de todo el mar, fue un instante que se quemó en mi cabeza para siempre.

Se apoyó en mi hombro para ponerse de pie, se sacudió el trasero con infantil gracias, camino y se paró frente a mi dando la espalda al mar.

Levanté la vista para alcanzar su cara siguiéndo su cuerpo desde sus pies;  esa mirada con esos ojos que se hacen chiquitos. Se acomodó la bufanda y metió sus manos en las mangas de su sweater y cruzó sus brazos frótandose, de seguro le pasó un escalofrió, yo también resistía un poco el efecto de la llovizna, evitaba sonar los dientes.

- ¿Me regalas otro cigarro?

Abrí la cajetilla,  dejé que ella lo tomara, se lo encendí.

- Gracias, ahora yo me quedo con éste de recuerdo tuyo.

- ¿Recuerdo? ¿Tú me quieres recordar que he venido a interrumpir tu soledad y creo que hasta es por eso que ya te vas?

Sólto una carcajada, corta y bajita, se agachó y me besó.

- Es tan lindo que no estés teniendo idea de lo contenta que me ha puesto que hayas llegado a interrumpir mi soledad. Chau, si tú te acuerdas de mí, entonces nos veremos pronto.

Se dio la vuelta y se fue, no la seguí, hasta ahora no se por qué no lo hice pero algo me dice que ella no lo hubeira permitido.

Recuerdo  su bufanda esponjosa larga, de lana blanca, sus ojos mirándome entre su cabello castaño y sus delgados dedos asomándose de las mangas de su sweater vino de cuello cuello en “V”, y el color de sus labios en la colilla del cigarro, claro que me acuerdo de ella. No la he olvidado, y no la he vuelto a ver.

-

Aquí estoy parado, viendo el ahora gran terreno vació que antes cargaba a cuestas aquella gran fábrica; ahora ya no hay nada, ahora mi vista va desde la punta de mis zapatos hasta aquel pino  justo en la falda de la loma antes de que el arroyo de vuelta y se pierda en el resto del bosque.

La personas pasan por aquí, viejos y señores, como yo, y no pueden hacer que la memoria traiga el momento en que el gran edificio se desintegró, todos esos instantes de autodestrucción que terminaron en tierra plana tupida de piedras hechas por el hombre, de cemento y adobe.

Don Rogelio, el de los abarrotes de dos esquinas atrás, decía en conversaciones nocturnas de antaño, cuando se tocaba el tema de la vieja fábrica, que se había extinguido igual que un hombre sin el amor de una mujer.

- Primero muere por dentro, se pudre, y cuando ya no quedan más entrañas por sacrificar, los huesos en piel se van al aire y a la tierra, vueltos polvo, y desaparece sin despertar ni a un perro.

Como he traído el cerebro destrozado por tantas preocupaciones, pendientes, encargos, peso espiritual, alma diluída, broncas gratis, café aguado y crudas de todos los ámbitos del espectro resaquesco, hoy me aviento un refrito de un post que escribí en algún momento del 2007 titulado “La Profundidad del Caldo” y que paso a transcribir a efecto de no poner link y hacerles gastar más clicks que, si lo pensamos bien, de esta otra forma no necesitan y pueden luego ir a hacer click para otra cosa que pueda, o no, resultarles más útil.

Si llegasen a desear ir al pasado no tan regrifo para sentirse como así, retro y leer el post en el lugar y momento en que nació, pásenle al campo de Search en la barra derecha de navegación, sea pues, aquí está:

La Profundidad del Caldo

A mi mamá le gusta que coma con ella de vez en cuando, a mi también me agrada porque siempre me cuenta cosas de sus amigas y sus parrandas, méome de la risa siempre porque la jefa tiene puras amigas que pueden ser personajes de una caricatura.

Claro, de una mujer tan liberal, tan hippie, no se pueden esperar los grandes platillazos gourmet, ahora tiene su kit de platillos a toda madre, antes, cuando era yo un niño, le quedaban malas hasta la sopas maruchán (sí, con acento), y lo único que perfeccionó en mi infancia, para mi desgracia, era el licuado de plátano con vitaminas y huevo, me lo tomaba sin respirar y apenas terminada pócima babosa corría como alma que lleva el diablo al baño a enjuagarme la boca, no lograrlo a tiempo implicaba vomitarlo, y tener que beberme otro vaso de licuado, mi madre preparaba siempre uno de más, el vaso contingente.

Así es que en la acutalidad mi mamá se desempeña de forma más que aceptable en las artes culinarias (yep, siempre suena fea la palabra), en su reducido menú se encuentran como protagonistas, el picadillo, caldo de mariscos, caldo tlalpeño, bictec ranchero, parrillada, camarones al ajillo, hígado encebollado (que me recuerda al café de mi ex-oficina) y calabazas con queso.

Hace una semana preparó caldo de mariscos (de donde le copié la receta pa cuando no hay jefa que lo haga), comimos a toda madre, y al final de la comilona me dice que ponga el caldo al fuego de nuevo, que lo deje que suelte un hervor y apague el fuego y lo tape para después dejarlo enfriar y guardarlo en la nevera para posterior consumo sin que se eche a perder. Yo atento siempre a los consejos de la sabia madre, seguí instrucciones, preguntando por supuesto las razones de tan peculiar procedimiento.

Me dice mi madre que como a los caldos se les mete la cuchara una y otra vez, y los destapas y todo eso, que es necesario hervirlos para que se, digamos “purifiquen” y poder guardarlos, si se les mete una cuchara de nuevo entonces habrá que hervirlo de nuevo.

Asumó que siendo un conocimiento que viene de generaciones atrás, que acarrea sabiduría de sepa cuantas personas, asumo el procedimiento y lo adoptaré en mis prácticas gastronomicas, a los caldos.

Ahora me tocó comer con mi madre de nuevo, esta vez, preparó bistec ranchero, le sale rechingón, hoy especialmente le quedó bastante “caldudo” pero muy sabroso como siempre.

Cuando terminamos de comer, quedó bastante en la olla, lo que hice claramente fue encender el fuego y ponerlo a hervir.

Esta es una representación de la conversación que siguió al evento de la flama y el bistec:

Jefa: – ¿PERO QUÉ HACES? -
Semidiós: – Pues ma, poniendo a hervir el bistec que quedó, para que no se eche a perder! -
Jefa: -NOOOOO, ¿POR QUÉ?, SI ESO NO ES UN CALDO! -
Semidiós: – ¿Oye pero que no me dijiste que a los caldos se les hace eso? y lo que veo si me asomo a esta olla es por mucho lo que yo llamaría “CALDO”, ¿ya lo viste? las verduras y las tiritas de bistec están nadando en caldo! -
Jefa: – !QUE NO!… ¿CÓMO SE LLAMA LO QUE PREPARÉ?-
Semidiós: *voz queda* – Bistec Ranchero -
Jefa: – Bueno, pues cuando prepare algo que se llame CALDO DE BISTEC RANCHERO, LO HIERVES!, ya no me gastes gas, tapa eso y guárdalo en el refrigerador -

Supongo que tengo mucho que aprender de gastronomía… y de las pinches viejas.

Cuando se recuerdan cosas curiosas de la infancia y sus curiosas consecuencias no hay más que ponerse nostálgico y relajarse, pensar profundo en la mente, tomar un sorbo de café y dejar que todo lo demás siga su curso sin que importe más que eso, recordar. Como estoy en la oficina me chingo y escribo a ratos y no me relajo, pero bueno, ahora comenzaré a platicar cómo mi vida en esta ciudad ha carecido de hornos de gas.

Pudiera remontarme a momentos y épocas previos a mi nacimiento pero la verdad no se a ciencia cierta qué fue lo pasó que inició este repugne, esta inexorable aversión que existe en mi familia materna, por los hornos de gas, esos de las estufas.

No se si los hornos de gas traen malos recuerdos  por alguna explosión que dejó lampiña a alguna bis-tía-abuela peluda o le quemó el antes mandatorio bigote revolucionario a mi bisabuelo dejándolo sin capacidad para realizar trabajos propios de un hombre de la época.

O quizá algún loco de la familia -porque los hay, perdón, los hubo – tuvo la flamante – en toda la extensión de la palabra – idea de evolucionar los suicidios de soga al cuello y de comer tunas sin pelar hasta reventar, con el pintoresco estilacho de meter la cabeza en el horno y encender un fósforo – sí, así se les llamaba antes cuando mi tío loco pudo haber revolucionado los suicidios familares -

El caso es que nunca ví a mi abuela usar el horno de la estufa, desde que tuve conciencia de mi entorno lo vi lleno de trastes viejos; en casa estaba prohibido usar el horno, la cocinera corría peligro de ser despedida con sólo pensarlo, cuando le pregunté el por qué a mi abuela sólo me decía que era PE-LI-GRO-SI-SI-MO, que gente moría todos los días por culpa de los hornos de las estufas; mi abuelo era un hombre de negocios exitoso y de rancho, no machista pero obviamente con costumbres de la época que en su favor le permitían mandar a la chingada el congénito trauma por los hornos que su esposa y suegra padecían, por eso él me respondió que me dejara de tarugadas y que le ayudara a cargar unas bolsas de maíz a la bodega.

Mi madre no pudo huir de semejante daño mental y también toda su vida, hasta la fecha se ha negado a usar cualquier tipo de horno de gas, viví mi infancio soñando con una madre que hiciera pizzas en las noches para ver la tele, y no.

Hasta hace poco me cae el veinte del por qué en casa de mi madre y abuelos maternos jamás se celebró Navidad, básico, pudieron pinerme mejor un letrero que dijera  AQUÍ NO SE HORNEA Y A CALLAR TODO EL MUNDO, me hubieran dejado muchas cosas claras.

Yo por eso quiero vivir con una mujer que le guste cocinar en el horno de la estufa y sepa hacer pizzas.

p.s. Y que tenga también un buen par de nalgas, aprovechando el deseo culinario.

Se me había pasado comentar aquí en el blog oficial de este su server que la semana pasada – ¿o antepasada? – tuve el honor de ser invitado a participar, sí, comjo invitado, en Recolectivo el tema de esa semana ha sido “La mejor venganza”,  personalmente me tomó algo de tiempo aterrizar la idea de cómo escribir algo como yo lo quería, es decir, basado aunque fuera parcialmente en algo que me haya sucedido.

El texto lo pueden leer en este link directo se agradecerán comentarios.

Curioso, no puedes hacer un Revival de algo que está muerto.

Me estaban platicando el otro día unos tíos sobre un pariente medio lejano que era una persona muy simpática que siempre caía bien, siempre encontraba maneras de hacer reír a la gente con chistes y anécdotas.

Falleció hace mucho años, yo no lo conocí.

También me platicaron que era borrachísimo y que cuando lo cremaron con el puro piloto del horno fue suficiente.

Remataron la remembranza diciendo que levantó una llamarada que les recordó el incendio de la bodega de cartón de 1984 que llenó de humo y cenizas toda la ciudad.

Qué tíos, tan majos.

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