Jan 172011
 

Primer podcast del año con mi querida @nenamounstro, como siempre platicamos de lo que se nos atraviesa por la mente y ponemos algunas rolas que nos gustan; esperamos les venga bien para comenzar la semana.

Temas: Relaciones sentimentales, libros, música, películas y cosas en el medio.

Música: Grouplove “Colours”, Dionysos “Song for Jedi”, The One AM Radio “Credible Threats” y April March “Chick Habit”

Música de fondo: Errors “Lot Of The Things You Don’t Isn’t”

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Nov 232010
 

Ayer me enteré del fallecimiento del maestro Hernán, él fue el Director de mi primaria, él me descubrió entre la bola de compañeros burros que tenía y me dijo - chamaco tu sí sabes leer y escribir muy bien, te voy a meter al concurso estatal de escuelas primarias y vas a ganar -

En una ciudad tan pequeña y el Director era de famlia conocida y mi madre y abuela luego luego dijeron que a huevo, que apoyaban que entrara al concurso.

No sabía lo que era concursar, no entendía dónde estaba el pedo que se traían entre escuelas que mandaban a niños a leer y escribir enunciados en un pizarrón, yo no me podía prepcupar, solo hacía lo que sabía hacer bien.

Gané.

Mi Director se puso feliz, él personalmente me llevo a la Piñata-Ceremonia de entrega de los premios en “La Cueva de los Leones”, salón de eventos propiedad del Club de Leones A.C.

Luego en la ceremonia de final de cursos al final me llamó al frente, me levantó y me cargó para decir que yo había puesto en alto el nombre de la escuela y que había roto la maldición.

En efecto se rompió la maldición, en mi generación había compañeros muy inteligentes y dedicados, siempre fuimos a concursos juntos y siempre ganamos durante los seis años de primaria, individualmente cada quien ganaba en sus materias preferidas y como equipo no habia primaria que nos hiciera rasguño, nos la pelaban, ni modo.

Ya no recuerdo su rostro muy bien, no recuerdo el rostro de muchos maestros que tuve, al último día de primaria, era tarde, oscurecía y solo me importó despedirme de un par de niñas que ya pasaban a sexto, recuerdo que les dije – ya vendré a visitarles a la salida.

No me despedí ni de mis compañeros de salón, ni de tantos maestros, ni de los conserjes que fueron como niñeros en los recreos, ni del director, el profe Hernán.

Y me fui.

Me acordé de cuando ese señor tan agradable jefe de mi primaria que con una carcajada y una paternal palmada en la espalda me dijo - no no, Christian, no llores que es sólo el nombre, ni es cueva ni tiene leones.

Nunca había dado cuenta que nomás hay una verdadera forma de irte para no volver.

En paz descanse querido Director.

Nov 032010
 

Aqui está el segundo podcast y el primer intento de hacerlo decente, debo advertirles que hubo varias fallas ténicas al grabar las voces, traté de minimizar las consecuencias, @nenamounstro y su servidor hemos hecho este podcast pensando en ustedes con mucho cariño y todo eso que es así, snif.

Temas: Día de muertos, Halloween, historias de espantos, miedos de la infancia (y no tan de la infancia), música.

Música: Port O’Brien “I woke up today”, Codeine Velvet Club “Rest Avec Moi”, Of Montreal “Heimsdalgate like a Promethean Curse”, Wir sind Helden “Nur ein Wort”.

Música de fondo: Mice Parade “Mystery Brethen”

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Oct 252010
 

Diez años después se ven las caras desde los extremos confusos de la ridiculamente pequeña mesita del café con vista al mar.

Están nerviosos, a él le tiembla una rodilla; ella quiere verle a los ojos pero al segundo milisegundo tiene que voltear la mirada al horizonte de agua y cielo.

No hay razones para estar sufriendo de esa cosa incómoda si no ha pasado tanto tiempo, o más bien, parece que fue ayer; se repiten uno al otro que se ven igualitos, incluso con más gracia, la edad y los buenos genes están haciendo de ellos una obra maestra comentan y se ríen; las primeras sonrisa  rompen el hielo y él consigue fuerza para alcanzar su mano y sonreirle a los ojos.

Latte, espresso doble cortado y una pieza de pastel de frambuesas.

Como si la chica del mostrador estuviera pendiente de colocar soundtrack al Sol que se metía,  comienza “Next Exit” de Interpol.

La siguiente salida.

Se miran a los ojos, voltean al mar desde la terraza para ver el atardecer.

Parece que fue ayer y no es así.

Recuerdan cómo habían pensado hacer cosas tan “en grande” que sometieron al descuido el rodear su vida de lindas pequeñeces.

Y después de todo a él sí se le notan un poquito las patas de gallo y ella ha perdido un poquitín ese aire de preparatoriana que le distinguía.

Se mete el Sol, el pastel y los cafés se terminan. Están contentos.

El próximo encuentro terminará al ritmo de AC/DC y se regalarán una buena noticia.

Oct 042010
 

Cuando se es niño uno crea sus juegos y sus reglas. Juega juegos que han aprendido gracias a la generación mayor, su hermano o viendo como lo juegan  los de quinto grado, en la primaria.

Y siempre, como niños, padecíamos perpetua jaspia por la novedad, la sorpresa, la diversión sin igual y la pura chacota.

No importaba si jugábamos un juego más viejo que las nalgadas, si en el momento surgía alguna mamada que no nos convenía y atentaba contra nuestros principios – guanguísimos por supuesto – de legalidad, justicia y equidad, en menos de lo que canta un gallo ya estábamos gritando con ira sobre una nueva regla que nadie más que uno conoce porque acaba de salir según la organización mundial del juego en cuestión.

Digamos que quería arrimarme a la güerita que me gusta y me estorba un idiota en medio, brinco inmediatamente para aclarar y resolver que, siempre que esté una güerita seguida de un gordo que huele mucho a churros con cajeta éste debe salirse a quitarse lo pegajoso de las manos y cederle lugar al que sigue en línea. Aquí uno al final menciona firme que es el último boletín de la Federación Mexicana de Las Cebollitas.

Inventando reglas al vapor todos, cuando eramos niños, nos hicimos de canicas, trompos, nos descubrían a lo último si jugábamos a las escondidas con una niña o hasta pudimos escapar de algún bully que por extrañas razones creía en la regla de no golpear a un nacido bajo el signo de Aries en viernes si está haciendo mucho calor.

Con las reglas los niños no tienen respeto, en principio nadie le tiene respeto a las reglas en tanto no las aprende, asume y sobre todo las entiende.

La forma más sencilla de consolidar reglas haciendo que quienes deberán atenderlas las entiendan y comprendan por qué hay que obedecerlas.

Cuando somos niños, a veces nos enfermamos, otras nuestra mamá nos dice que estamos enfermos y tenemos que hacerle caso.

Lo hermoso de ser niño es que el termostato aún no nos funciona. Yo no recuerdo sentir frío o calor. No recuerdo temperaturas y me ponía un sweater cuando mi mamá sentía frío, no yo, yo estaba hecho un mar de sudor con la lengua de fuera, pero si a ella le pegaba un chiflón por detrás de as orejas tenía que regresar a jugar al gato con sweater y gorro para la risa de mis colegas jugandos; las burla le tocaba a todos, las mamás estaban interconectadas como por telepatía, si le daba frío a uno sólo era cuestión de media hora para tenernos a todos en uniforme de invierno, en el infernal Septiembre.

Otra cosa que cuando somos niños nos viene valiendo madres es la moda. Hay muchas cosas más interesantes que vestirnos bien, o mal; encontramos algunas garras que se convierten en nuestras favoritas y listo, no las soltaremos ni para que las laven.

Creo que yo sí tuve shorts que se quedaban parados de las costras de lodo que albergaban y tuve mapas de mugre en los brazos.

Recuerdo ahora mientras escribo este post que en alguna época entre mis cinco y ocho años mi abuelo me regaló un par de botas vaqueras, yo no era fan de los vaqueros ni de la moda ranchera, sólo se le ocurrió dármelas; abrí la caja, tomé las botas y me las puse.

No volví a quitármelas en meses.

Cuando comencé a sospechar que mi abuela y mi madre planeaban tomarme descuidado y deshacerse de las botas – que huelga decir, ya apestaban como vacas muertas – decidí ni siquiera quitármelas para dormir, vivía estresado y dormía con un ojo abierto aguardando el momento del ataque por cualquier flanco.

Después de varias semanas de incómoda calma, pensaba que había triunfado cuando llegó a despertarme un señor espantoso, apestoso, chimuelo y que olía a muebles mojados, me dice – DAME ESAS BOTAS, QUÍTATELAS!

No volví a ver al viejo borracho que me quitó las botas. Tampoco a las botas.

En el barrio  había un par de viejos locos y borrachos que me daban mucho miedo, le pagaron a alguien que se parecía a ellos. Muy astutos.

Y de pronto hemos crecido, estamos en los veintes y salimos de los veintes para vivir en los treintas y no hayamos qué reglas inventar para dejar de vivir bajo tantas reglas.

Vivimos retacados de reglas que no inventamos, que no nos gustan, pensando y luchando por forjarnos días en los que podamos volver a jugar a que nada importa, aunque sea eso, jugar.

A veces para alimentar al niño que aún vive dentro de nosotros sólo hace falta sacarnos un moco en la fila el banco o tocar guitarra de aire en tu oficina con tus headphones a todo volumen.

Aprender a crecer sin envejecer.

Jul 262010
 

No pretendo hablar de “esa” edad de fuego de la adolescencia en la que se anda todo el día bien caliente esperando llegar a casa a masturbarse o ir al cine con la novia a que se deje manosear. No.

Hablo de la curiosa – y peligrosa – atracción que sienten los niños por el fuego.

El fuego es una cosa fascinante. Iba a escribir algo como “reacción química” u “oxidación acelerada” pero ésto no es un artículo que trata sobre química (de la que conozco nada) así que me me remitiré a escribir al fuego desde el punto de vista empírico que advierte que el fuego está bien cabrón, y quema.

No tengo recuerdo preciso de cuándo puse mis ojos en el fuego (en sentido figurado) pero fue amor a primera vista. Mis primeros gajos de memoria como pirómano se remontan a épocas infantiles estando de visita en casa de mis abuelos en Tijuana, circa 1982.

Gracias a que el hermano menor de mi padre había tenido una efímera pero intensa vida de hippie la casa estaba llena de velasn y fue con lo primero que experimenté, quemar velas y bañar de cera caliente lo que se me ocurriera, derretir soldaditos de plático y “garapiñar” insectos. Mi abuelo vio ese comportamiento con extrañeza y miedo, tenía miedo que en una ocurrencia tomara su violín y me aventara la danza del fuego.

Mi padre me dijo: YA PÁRALE!

Le paré, no por mucho tiempo.

Terminaron las vacaciones y regrese a casa con mi madre y mis abuelos, a mi territorio.

En casa de vuelta no había poder que me detuviera, que pusiera freno al instinto primitivo de crear fuego, de quemar chingaderas, pues.

Durante semanas, por la tarde, cuando mis abuelos estaban trabajando en la tienda de abarrotes de la que eran dueños y mi madre estaba trabajaba también, yo quemaba cosas.

En mi casa los muebles no sólo eran espantosos, también eran pesados y había suficientes muebles para cargar la culpa de la deforestación de un bosque pequeño en algún lugar de centroamérica.

En la sala de estudio, había una mesa que pudo bien acomodar una parvada de vikingos; tenía doce sillas y seguro soportaba también a las gordas novias de los vikingos aventarse sus zapateados sobre ella.

La quemé a la chingada con todo y las doce sillas.

La humareda fue espantosa dentro de la casa, mi abuelo y mi tio corrían echando cubetazos de tierra para sofocar la descomunal hoguera cuyas llamas alcanzaban el techo y se movían como animales.

Lo curioso es que ese incendio no había sido intencional.

La mayor obra en mi carrera como pirómano había sido un accidente: jugaba quemando un papel acartonado, sonó el teléfono y creí apagarlo bien antes de dejarlo sobre la mesa y ésta, de madera que a diario se limpiaba con aceites y pulimentos, ardió a lo bestia en cuestion de segundos, cuando yo regresé no había nada que hacer.

Después  de ese acontecimiento y una regañada a cargo de medio mundo decidí retirarme, mi trayectoria como pirómano había perdido sentido y no encontraba en ese momento cómo llevar una vida digna quemando cosas.

Me retiré una semana después quemando en el patio un castillo de He-Man que no era ni mio.

Mientras el castillo de Grayskull ardía frente a mi, sentado en la tierra y el sol cayendo detrás de los árboles de mango pensé…

- Lástima, hubiera sido un buen pípila.

Jun 302010
 

En ocasiones, cuando paso por un mercado o  por la sección de frutas del super, me toca pasar por donde están los mangos.

Recuerdo mi infancia, inocente, brillante y hermosa, retacada de vida, con todo en el mundo frente a mí, incluídos los mangos.

En aquella casa de mi niñez, donde crecí con mis abuelos maternos, crecían, según recuerdo, cinco árboles de mango; eran árboles muy altos y robustos, todos, seguramente tenían varias décadas encima, inmensos e imponentes, en verano además, hasta el cepillo de mangos, en grandes racimos. También yo era un niño además de muy joven, zotaquísimo, seguro por eso los veía todavía con más altura.

Recuerdo los incontables veranos (claro que se pueden contar, fueron unos trece, pero ¿dónde quedaría el detalle nostálgico?) en los que vivía trepado en los mangos, arrancándolos de las ramas, docenas, los lanzaba a la tierra mientras tenía un fruto en la boca, mi cara chorreada de mango y mugre. A veces algún amigo o primo esperaba bajo el árbol para cacharlos y no se lastimaran.

También de esos veranos recuerdo cuando los comía verdes, por impaciente, ni sal, ni chile en polvo, sólo mangos verdes, también, sólo fiebre y dolor de panza con complementaria maltratada de mi abuela, por burro.

Mi abuela; ella es el principal protagonista de mi temprana historia con esta fruta tan dulce y aromática; esos cientos de veranos (exagerando, de nuevo) mangueros mi abuela los aprovechó como un perro callejero roe un hueso hasta la médula.

La esposa de mi abuelo materno, Doña Chabela, conocía muchísimas recetas con mango, no era algo descabellado, está de más decir que ella misma ya había pasado una buena colección de veranos rodeada de mangos veraniegos y preparaciones mangosas a cargo de su madre y abuela.

En esos calientes meses, recuerdo el refrigerador cada día y encontrar agua de mango, nectar de mango, nieve de mango, estos tres estaban listos invariablemnte a la hora de comer, algún alimento, mas mango.

También la madre de mi madre nos preparaba trolebuses de mango, pan relleno de mango, empanadas de mango, dulce de mango; también sabía deshidratar mango en rebanadas y preparar jaleas y mermeladas de mango.

Recuerdo las ensaladas de mango sazón (ni verde ni maduro) muy buenas para esos días con calor de más (según sabiduría de generaciones), las paletas congeladas y las crepas de cajeta con mango.

Fue gracias al patio de mi casa con tanto árbol de esa versátil fruta, gracias a esos veranos tan largos, tan dulces, tan aromáticos y tan cargados de sabor; esos veranos de mi infancia en que mi abuela demostró su gusto por el mango; fue por ellos que ahora cada temporada, cada año, su recuerdo viene a mi como una cascada de sabores y texturas en sus infinitas presentaciones, como si estuviera sentado ante aquella mesa de la cocina en la casa donde viví de niño a instantes de un primer bocado de esa azucarada y pulposa fruta.

En mi vida pueden pasar muchas cosas, pero mientras en mi mente lleve estos recuerdos vivos, no podré volver a probar un pinche mango.

Quedé bien harto.

May 012010
 

mics

Se acabó el mes del niño, esas creaturas chaparritas que a veces joden mucho, otras no, pero bueno, es la chamba de los niños, la que fue también de nosotros, estar contentos y buscar inconcientemente maneras de hacer encabronar a nuestros padres.

¡PINCHA PLAY!

 

o si lo quieres “para llevar” DESCÁRGALO AQUÍ.

Temas: Avatares infantiles en Twitter; TwittMX03; un mosquito culero; apagón de puestos en Metro Chilpancingo; música y pura chacota.

Música: Loveninjas “It’s Ok”, The XX “Insects”, Oh no Ono “Internet Warrior”, Big Audio Dynamite II “Rush”, Pacific “Hot Lips”, The Rosebuds “Box Car”

Música de Fondo: Lali Puna “Contratempo”

Apr 142010
 

Nos pasa a todos; conduciendo en el coche rumbo a casa, quizá cansados o con hambre como para ordenar un menú completo en cualquier restaurante de comida rápida; o haciendo cualquier otra cosa, en cualquier otro momento.

Por un momento cortísimo, un instante (personalmente la palabra “instante” siempre me ha sonado más corta que “momento” incluso si es un momento cortísimo) entra a nuestra mente un aroma, no lo hemos percibido por la nariz realmente, a nuestro cerebro se le ha hinchado la pelota (tampoco he pensado que el cerebro, siendo masculino, pueda tener dos pelotas,  le concibo con una sola) hacernos creer que olemos, pero no; la masa gelatinosa dentro de nuestro cráneo tiene ganas de recordar, de volver a sentir, ánimos de emocionarse un poquito, de jugar con el recuerdo.

Otros momentos (porque duran más, ahora sí) un real aroma nos atrapa en una nube de papalotes en fotos polaroid capaces de provocar un nudo en la garganta, sonreír o tener que sentarte a recuperar aire por suspirar tan profundo.

Amo esas sensaciones.

Hace unas semanas he comprado una botella de Kikkoman, una salsa de soya, naturalmente fermentada y no las mamadas de salsas de soya maggi (o como chingados se escriba) o de cualquier otra marca.

Llegué a casa después de hacer las compras, coloqué las bolsas en la mesa de la cocina, tomé la botella de kikkoman, la levanté a la altura de mis ojos, frente a mi, he sabido desde antes de destaparla, lo que me provocaría.

El aroma de la salsa Kikkoman no es de soya, no es a comida china, no me recuerda a la enorme Asia, sus misterios y sus vetustas culturas; me recuerda a mi padre.

Esta salsa me recuerda a mi infancia, cocinando con mi padre, la primera vez que comí Chop Suey y no comprendía cómo estaba comiendo frijoles si no estaban de color café, y en una tortilla de harina o en un birote.

Los camarones el vapor que mi padre y yo cocinamos una vez que salí temprano de la primaria y a escondidas de mi madre llegó a la escuela con una bolsa grandotota de camarones y fuimos a su casa a cocinarlos; la escapada le costó una maltratada de mi abuela y seguro de mi madre, pero el recuerdo valió cada segundo.

Me he tenido que sentar, frente a la botella de salsa de soya que descansaba sobre la mesa, tuve que respirar, – ya sabía cabrona, que me ibas a poner así por un momento – le hablé como José José seguramente le hablaba a sus pomos.

Me puse triste, feliz, contento, por tener a un padre que sigue cargando mi vida de recuerdos y dándole ese significado tan profundo a cosas tan simples.

Mar 122010
 

Me desperté en un coche enfrente de la oficina, era un coche blanco, inglés, pequeño parecido a los Mini, pero era otro, el volante en la derecha me hizo intuir que mi oficina ahora estaba en alguna parte del Reino Unido, Londres quizá, no supe bien estaba atontado aún pues recién despertaba.

Me levanté de la cama dentro del coche, abri la ventana (una ventana normal de casa) y entró Paty Manterola como entre volando y nadando como pez pescado, llegó en bikini plateado bien chiquito (y chiquitita) y me dijo que le diera besitos en el ombligo porque se sentía mal.

Recuerdo la textura de su piel, creo que luego le besé las nalgas, no recuerdo, pero era la textura de un duraznito y así.

De pronto estoy caminando en la acera rumbo a un depa donde no se quién vive, en éste hay un león, muchas habitaciones, dos baños y una sola televisión a la que le sirve el control remoto, con las demás televisiones entendí que debe uno acercarse a ellas y estar parado como idiota picándole los botones para encontrar algo bueno entre miles de canales. Ese depa era un caos, pero tenía que estar allí junto con una parvada de perfectos desconocidos, y un león bravísimo.

Corría por mi vida cerrando puertas tras de mí porque el puto león olió mi nueva loción que había comprado, “olor bistec” leía semejante bote de un galón; en un último portazo me deshice del felino mastodontal al dejarlo afuera del baño. Fue cuando escapé por la pequeña ventana del baño cortándome con sus orillas de aluminio rasgándome la camiseta y los calzones (en ese punto el pinche león me había arrancado hasta los calcetines).

Caí en el lobby de un hotel dónde (según me dijeron dos amigos que allí encontré) yo estaba hospedado y no me encontraban desde hacía un par de días, estaba extraviado y sospechaban ya cosas muy raras. Les platiqué lo del depa y uno de ellos me dice que si estuve dormido dentro de ese coche es porque todo fue un sueño y todos estábamos dormidos. Yo dije ok.

Paty (sí, la Manterola que por cierto se veía espectacular) llegó corriendo a pedirme más besos en su ombligo, le dije que si no me dejaba darle un par de nalgadas no había besos; me dijo “sí” yo dije “ok”; hubo besos y nalgadas, ya hacían falta, así lo sentí en el sueño.

Justo antes de escuchar el ultimo ~slap~ de la nalgada a “La Paty” abrí los ojos con lo que ahora miraba a la lontananza desde un jet que viajaba a la Ciudad de México; he volteado a mi izquierda (siempre pido ventanilla derecha, no se por qué, hasta en sueños por lo que reflexiono ahora) y allí están mis dos cuates, los saludo y no saben darme razón del paradero del bombón que nalgueaba segundos atrás, ya no supe más de ella.

A través de la ventana del aeroplano se podía ya percibir a la distancia la mancha urbana de la gran capital, quise tomar fotos según la majestuosa escenografía de concreto se acercaba (o nos acercábamos a ella), las fotos no salían bien, ni el color, ni nada, salían cosas que no eran ni serían.

Mi amigo volteó a mi, me tocó el hombro y me dijo que me tranquilizara; que eso pasa a todos cuando se va bajando a la tierra.

Entonces desperté.

En la tierra, como siempre.