Restaurantes


En la vida pasan muchas cosas, en nuestras vidas, en mi vida; algunas cosas son tan insípidas que no solamente no merecen crónica, otras pueden ser tan intensas que hay quienes han vivido sólo de su recuerdo.

Algo tristísimo que había sucedido en mi vida, desde enero y sin forma de hacerlo a un lado en la memoria era la ausencia de la taquería de enfrente de mi casa.

A principios de año don taquero y señora taquera simplemente decidieron no abrir por un par de semanas a manera de descanso bien merecido, descansaron y nunca regresaron; hasta la semana pasada que llegué a casa después de la oficina y vi que lavaban el asador y la acerca y todo eso que es así.

Sonreí de felicidad y mi estómago gruño en apoyo a la misma.

Luego luego he levantado la mano para saludar al tiempo que lanzo el silbido que, en una amistad de años, se ha forjado y distinguido entre don taquero y yo. Ah, la nostalgia; me saluda de vuelta y sigue con la escoba enjabonando y tallando la banqueta mientras su esposa remueve la parrilla para darle una limpieza a fondo.

A pesar de tanta espera, tanta tristeza y demás mamadas que podría inventar para justificar una atascada de tacos ahora que habían abierto, no había tenido chance de ir a echarme unos, hasta anoche.

La carne sin condimento mas que sal, asada al cabrón, salas estupendamente manufacturadas, tortillas de harina caseras especiales, un abanico de sabores, texturas y aromas del norte inundaron mi paladar y colmaron la eriza con satisfacción del gusto.

Me comí tres, les eché porras por haber vuuelto al negocio, hablé maravillas – sinceras – de la carne asada y de una salsa quemada de chile de árbol que nada en aceite y luego me fui a casa. Los tacos me cayeron increible, nada pesados.

Anoche me he ido a la cama temprano, sentía cansancio y un poco de sueño, para mí tener esas sensaciones a las 12:00 a.m. es cosa de aprovecharse, y así lo hice. Me tiré en la cama a esperar caer dormido.

Soñé que iba a una taquería, ordenaba tres tacos, pagaba y me iba, luego conducía y llegaba a otra, unas calles adelante, ordenaba otros tacos, los preparaba, los comía, pagaba y me iba a otra taquería, me bajaba del coche, los ordenaba, tres tacos, caminaba a la mesa donde estaban las salsas y … no había guacamole;  desperté de un salto, en un grito mudo, con los ojos bien abiertos y una sensación de vacío interior.

Un taco sin guacamole no es taco.

Vengo de zamparme unos tacos de carne asada con queso en la fonda de La Doña Chela; me he estacionado en uno de los bancos de la barra derecha según ves la fonda desde media calle y ordené los dichosos tacos…

*siempre me interrumpen con algo en esta oficina, ahora el jefe nos llamó para una reunion espress para los pormenores y demás detalles de la reunion del miércoles*

Una reunión previa  para poder reunirnos con éxito la próxima vez

*Ya iba a escribir y me han interrumpido de nuevo, no se puede, bueno sí, pero cómo chingan, en fin, prosigo*

Luego ha llegado a la barra una señora con su hija, ella con cara de burócrata secretarial de por las oficina cercanas y la otra ella, una niña de finales de secundaria con frenos en la mazorca y cara simpática como su mamá, las dos igualitas, pero a un guante de jardinero.

En fin, la cosa es que a esta señora que tiene influencias en la fonda le han ofrecido el menu secreto con pechugas rellenas a la cordon bleu y demás platillos con nombres más nice y estrambóticos.

Me comí mis dos tacos bien sabrosos, lo único que no me gustó esta vez es que el pintaba mas un escupitajo que el “aguamole” que me dieron, odio el guacamole sobrehidratado (aguado, pues), qué textura más desagradable.

Mañana pido una pechuga rellena de esas, ya me dio mucha curiosidad.

No mames, pinche pescado empanizado, parece colchón; si hubiera querido comer tanto pan hubiera pedido el pescado sambutido en un bolillo.

En la fonda donde me gusta tanto desayunar ocurre algo ciertamente curioso. Bueno, comenzaré antes describiendo la fonda: Dos barras barra en ángulo recto que rodean el área de caja y cocina, éstas a la vez separadas por un anaquel con botes y “topers” de ingredientes y demás cosas.

Prosigo entonces habiendo terminado la somera descripción.

Lo curioso pues, es que las tres cocineras que son unas chicas en sus tempranos veintes son unas chicas frondosísimas – escribo ésto al tiempo que me gustaría que me imaginaran extendiendo mis brazos de lado a lado como en cámara de tortura – que se la pasan comiendo gratis.

En el tiempo que me senté, cogí el menú, ordené, espere, comí y pagué, a la cocinera de rayitas – ¡rayas horizontales!, si me dejan aclarar eso- le conté un sope, una tostada doble – no la tostada, sino de todo lo demás – y un sandwich que de manera furtiva sacó bien empacado de un “toper”en la repisa más alta del anaquel divisor.

La otra cocinera, creo que de camisota – perdón, quise decir, camiseta – amarilla fue sorprendida por mis sorprendidos ojos, sirviendo un platillo para llevar, eran unos chilaquiles en salsa verde, terminó de preparar la orden en el sarten, acercó el plato/caja para la orden y también un plato para ella, seguramente para servirse los chilaquiles que sin querer preparó “de más”; se sirvió la misma cantidad para ella; claro, – quizá era su hora de desayunar y a callar todo el mundo, pensé, pero no, los chilaquiles fueron el inicio de una cundina de guarniciones recortadas y platillos sobraditos.

Esta fnda hace unos cuatro años estaba en otra ubicación, a unos 100 metros de la actual, hubo remodelaciones en toda la cuadra y la dueña aprovechó para cambiar de ubicación y rediseñar la fonda.

Necesitaba una cocina más grande para sus cocineras que, huelga decir, cocinan increiblemente sabroso.