Hoy desperté con mariposas en el estómago, eso me pasa por dormir con la ventana abierta, me desperté como siempre en un ritual botezo-rasca nuca-rasca nalga y patada (cariñosa) al Cartucho que ya maulla lastimosamente por comida desde que estoy dormido, como si Friskies acabara de anunciar que acaba de descontinuar sus latas de comida.
Tuve un lindo sueño donde ella estaba presente, su piel blanca sobre mi cuerpo y el intenso verde de su mirada.
Son esos sueños de ti los que no me dejan dejar la cama por las mañanas.
Pero estaba lejos de despertar, volví a cortar la fruta de mi desayuno mitad dormido, siempre que abro el toper en la oficina parece que la rebané con la puerta del carro.
Desayunó Cartucho, me preparé mi café y salté a la regadera.
Hoy mi coche se comportó de manera diferente, verán, la historia de mi relación con los coches que he poseído ha sido truculenta, nunca he tenido un coche último modelo, ni siquiera de años recientes, no siempre ha sido por cuestiones de dinero; mi primer coche fue un Nissan 1982 muy bien cuidado que me obsequí mi padre justo cuando entré a estudiar la Universidad, me duró los cinco años de carrera resistiendo los peores descuidos mecánicos puesto que yo no tenía un clavo en la bolsa, nunca pude encontrar la solución a su problema de sobrecalentamiento, lo vendí con ese problema y quien lo compró tuvo la mala suerte de ver cómo se le quemaba el motor para quedar, por fin, inservible.
Luego un amigo se ofreció a viajar al Norte a comprarme un coche, le dí todos mis ahorros más un poco de dinero que mi padre me había dado, regresó con un coche hermoso, mucho más nuevo, pero con el alma podrida, ese coche me hizo gastar muchísimo dinero en un problema que el mago mecánico de la ciudad arregló despues de haber comprado cambiado todos los sensores y dos computadoras, el día que me lo entregó me dijo con pena que TODO el problema era un cablecito que estaba haciendo tierra y que, justificando de la manera más fútil, estaba bien, pero bien, escondido.
Luego compré el coche de mis sueños, un Mustang 1965 Coupe, me salió carísimo y la otra mitad de caro para dejarlo decente, se le quedaba pegado el acelerador, tenía que desacelerar metiendo el pie debajo del peda y empujando hacía arriba, por fortuna era automático; también recuerdo que cuando frenaba de golpe, se iba hacia la izquierda violentamente, pasaron varias semanas para desarrollar el reflejo natural de frenar con volantazo a la derecha para proveer a mis pasajeros de un viaje sereno.
Siguió una Bronco noventera que gastaba más gasolina que un metrobús y estacionarla hubiera sido imposible en el DF.
Ahora poseo un coche sedán, viejo y feo, pero que se porta tan bien que no lo cambio por nada, ¿por qué no tengo un coche bonito y nuevo? porque cuando tuve que deshacerme de el hermoso Mustang ’65 perdí toda vanidad vehicular, poseer un coche fino, bonito y presumible pasó a tercer término, ahora sólo me interesa la movilidad.
Y justo eso le falló hoy a mi chingado carro sedán, viejo, feo e inmóvil.
Le falló el medidor de gasolina y me quedé tirado fuera de mi casa.
Pero caminar enamorado no es tan feo.

