Oct 032011
 

Semidiós te puede dar boletos a la misma terminación del planeta tierra, porque te adora, en un golpe de suerte, como abrir una caja de Cracker Jack’s en el partido de Baseball en 1960 y a la primera encontrar el juguete preferido o una tarjeta que te regalaba Boletos a:

 

May 102011
 

Llegué en un autobús retacado de gente, el evento era masivo, todas las oficinas del país estaban presentes para la gran presentación del presidente. Llego a la recepción de un hotel grandísimo pero medio feo, eso sí, se notaba que había costado una fortuna construirlo y adornarlo, pero a lo naco. En fin. Estaba yo en recepción con mis compañeros, me dieron mi tarjeta para el cuarto que quedaba lejísimos por lo que me ofrecieron un Segway, lo acepté y llegué raudo y veloz a mi habitación para darme cuenta que tendría compañero y que olía a aceite quemado de cocina china.

Mejor salí del cuarto en busca del bufet…

May 102011
 

Esta por demás matutina mañana tome la decisión decidiendo que interrumpiría mi ayuno desayunando unos huevos con jamón, lo que se me hizo raro y extraño porque normalmente no tengo deseos de querer comer comida a esa hora del momento, pensé en mi mente que la razón causal de eso fue que anoche sólo tomé un vaso de leche láctea.

Jan 072011
 

Ando haciendo algunos cambios en blog, es un trabajo en progreso, espero terminar pronto para comenzar a escribir el doble que antes y podcastear con más frecuencia.

Siéntanse libres de navegar a ver qué les parece.

Abrazo.

Jul 262010
 

No pretendo hablar de “esa” edad de fuego de la adolescencia en la que se anda todo el día bien caliente esperando llegar a casa a masturbarse o ir al cine con la novia a que se deje manosear. No.

Hablo de la curiosa – y peligrosa – atracción que sienten los niños por el fuego.

El fuego es una cosa fascinante. Iba a escribir algo como “reacción química” u “oxidación acelerada” pero ésto no es un artículo que trata sobre química (de la que conozco nada) así que me me remitiré a escribir al fuego desde el punto de vista empírico que advierte que el fuego está bien cabrón, y quema.

No tengo recuerdo preciso de cuándo puse mis ojos en el fuego (en sentido figurado) pero fue amor a primera vista. Mis primeros gajos de memoria como pirómano se remontan a épocas infantiles estando de visita en casa de mis abuelos en Tijuana, circa 1982.

Gracias a que el hermano menor de mi padre había tenido una efímera pero intensa vida de hippie la casa estaba llena de velasn y fue con lo primero que experimenté, quemar velas y bañar de cera caliente lo que se me ocurriera, derretir soldaditos de plático y “garapiñar” insectos. Mi abuelo vio ese comportamiento con extrañeza y miedo, tenía miedo que en una ocurrencia tomara su violín y me aventara la danza del fuego.

Mi padre me dijo: YA PÁRALE!

Le paré, no por mucho tiempo.

Terminaron las vacaciones y regrese a casa con mi madre y mis abuelos, a mi territorio.

En casa de vuelta no había poder que me detuviera, que pusiera freno al instinto primitivo de crear fuego, de quemar chingaderas, pues.

Durante semanas, por la tarde, cuando mis abuelos estaban trabajando en la tienda de abarrotes de la que eran dueños y mi madre estaba trabajaba también, yo quemaba cosas.

En mi casa los muebles no sólo eran espantosos, también eran pesados y había suficientes muebles para cargar la culpa de la deforestación de un bosque pequeño en algún lugar de centroamérica.

En la sala de estudio, había una mesa que pudo bien acomodar una parvada de vikingos; tenía doce sillas y seguro soportaba también a las gordas novias de los vikingos aventarse sus zapateados sobre ella.

La quemé a la chingada con todo y las doce sillas.

La humareda fue espantosa dentro de la casa, mi abuelo y mi tio corrían echando cubetazos de tierra para sofocar la descomunal hoguera cuyas llamas alcanzaban el techo y se movían como animales.

Lo curioso es que ese incendio no había sido intencional.

La mayor obra en mi carrera como pirómano había sido un accidente: jugaba quemando un papel acartonado, sonó el teléfono y creí apagarlo bien antes de dejarlo sobre la mesa y ésta, de madera que a diario se limpiaba con aceites y pulimentos, ardió a lo bestia en cuestion de segundos, cuando yo regresé no había nada que hacer.

Después  de ese acontecimiento y una regañada a cargo de medio mundo decidí retirarme, mi trayectoria como pirómano había perdido sentido y no encontraba en ese momento cómo llevar una vida digna quemando cosas.

Me retiré una semana después quemando en el patio un castillo de He-Man que no era ni mio.

Mientras el castillo de Grayskull ardía frente a mi, sentado en la tierra y el sol cayendo detrás de los árboles de mango pensé…

- Lástima, hubiera sido un buen pípila.