Hoy salí de la regadera bostezando.
Desde niño he amado la lluvia, desde lo más profundo de mi memoria puedo sacar recuerdos pluviales; de niño mis abuelos no me dejaban salir a mojarme bajo la lluvia, no se qué ideas tienen los adultos acerca de los niños bajo la lluvia, como si llovieran piedras.
Pero lo que contaba era esa cosa chistosa que ahora recuerdo de mis abuelos; Este par de venerables señores encargados de mi bienestar, cuando sospechaban que iba a llover e intuían que su nieto procuraría su descuido para salir corriendo al patio a brincar bajo el agua cayente (qué buena palabra me acabo de echar) se ponían serios y pelaban los ojos como si mi vida estuviera en peligro, siempre me dijeron y sostuvieron que si me mojaba con agua de la primera lluvia me podía enfermar gravemente, decían (y por default autorizaban) que tenía que esperar a la segunda lluvia ya que la primer agua que caía estaba sucia, llena de cochinadas, provocaba llagas, comezón, manchas, en fin, lo dejaba a uno espantoso, como cuadro de Frida Kahlo por semanas.
Yo era un niño, eran mis abuelos, no creerles era imposible.
Pero siempre hay un pero.
Nunca llueve, bueno, sí, pero no.
La verdad es que a los pocos años de estarles comprando ciegamente su historia de “la primera lluvia” noté que llovía tan poco que las probabilidades de una segunda caída de agua del cielo eran poquísimas, a menos que se contara como “segunda lluvia” la de la semana siguiente, pero no, mis abuelos decían que no, la lluvia se ensuciaba mucho antes,.
Ante un dilema pluvial tan cabrón del estilo de “si el último vagón del tren es de mala suerte ¿por qué no lo quitán?” simplemente terminé solucionando el asunto a como aprendí en la infancia: me valió madres y en la siguiente primera lluvia me remojé hasta quedar arrugado como pijama.
No quise dejar el éxito de mi temerario experimento para mi solito y pasé a platicar a mis abuelos lo que había hecho aún escurriendo agua (y algunos mocos, tanta remojada siempre afloja mocos).
Me dieron una regañada, se resignaron, no me salieron llagas ni quedé horrendo.
Pasé el resto de los veranos de mi infancia bajo cada lluvia que pude, de panza en un charco de la banqueta afuera de mi casa o acostado, con los ojos cerrados bajo el gran árbol de mango del patio, con las gotas cayendo sobre mi cara con el ruido de las hojas.
Y acá sigo, donde llueve tan poco, pero se siente tanto.

