Jun 162011
 

Hoy salí de la regadera bostezando.

Desde niño he amado la lluvia, desde lo más profundo de mi memoria puedo sacar recuerdos pluviales; de niño mis abuelos no me dejaban salir a mojarme bajo la lluvia, no se qué ideas tienen los adultos acerca de los niños bajo la lluvia, como si llovieran piedras.

Pero lo que contaba era esa cosa chistosa que ahora recuerdo de mis abuelos; Este par de venerables señores encargados de mi bienestar, cuando sospechaban que iba a llover e intuían que su nieto procuraría su descuido para salir corriendo al patio a brincar bajo el agua cayente (qué buena palabra me acabo de echar) se ponían serios y pelaban los ojos como si mi vida estuviera en peligro, siempre me dijeron y sostuvieron que si me mojaba con agua de la primera lluvia me podía enfermar gravemente, decían (y por default autorizaban) que tenía que esperar a la segunda lluvia ya que la primer agua que caía estaba sucia, llena de cochinadas, provocaba llagas, comezón, manchas, en fin, lo dejaba a uno espantoso, como cuadro de Frida Kahlo por semanas.

Yo era un niño, eran mis abuelos, no creerles era imposible.

Pero siempre hay un pero.

Nunca llueve, bueno, sí, pero no.

La verdad es que a los pocos años de estarles comprando ciegamente su historia de “la primera lluvia” noté que llovía tan poco que las probabilidades de una segunda caída de agua del cielo eran poquísimas, a menos que se contara como “segunda lluvia” la de la semana siguiente, pero no, mis abuelos decían que no, la lluvia se ensuciaba mucho antes,.

Ante un dilema pluvial tan cabrón del estilo de “si el último vagón del tren es de mala suerte ¿por qué no lo quitán?” simplemente terminé solucionando el asunto a como aprendí en la infancia: me valió madres y en la siguiente primera lluvia me remojé hasta quedar arrugado como pijama.

No quise dejar el éxito de mi temerario experimento para mi solito y pasé a platicar a mis abuelos lo que había hecho aún escurriendo agua (y algunos mocos, tanta remojada siempre afloja mocos).

Me dieron una regañada, se resignaron, no me salieron llagas ni quedé horrendo.

Pasé el resto de los veranos de mi infancia bajo cada lluvia que pude, de panza en un charco de la banqueta afuera de mi casa o acostado, con los ojos cerrados bajo el gran árbol de mango del patio, con las gotas cayendo sobre mi cara con el ruido de las hojas.

Y acá sigo, donde llueve tan poco, pero se siente tanto.

May 302011
 

Hoy amanecí con el corazón apachurrado. Quizá es lo que pasa cuando quieres a una persona y ella te corresponde queriéndote. La cosa es que nadie es experto en los caminos del amor y las relaciones, siempre, cada vez, es una nueva representación de aquella primera ocasión; Yo, por ejemplo, me enamoro como adolescente, cursi de preparatoria, siempre me pregunto si lo manifiesto demasiado pero ¿cómo sabe uno sí está haciendo lo correcto?

The Heartbeat Manifesto.

Estoy esperando que mi jefa salga de una junta para pedirle permiso para retirarme a casa, me siento mal, me duele la panza y tengo nauseas, quiero estar en mi cama con los ojos cerrados (yo, no la cama).

Sí, me voy a casa a descansar, me voy para sentirme mejor.

Me siento muy mal y pero cambiaría este par de pastillas por su par de ojos verdes manifestando que me quieren.

p.s. Un wey se acaba de burlar de mi manzana enferma.

Apr 142010
 

Nos pasa a todos; conduciendo en el coche rumbo a casa, quizá cansados o con hambre como para ordenar un menú completo en cualquier restaurante de comida rápida; o haciendo cualquier otra cosa, en cualquier otro momento.

Por un momento cortísimo, un instante (personalmente la palabra “instante” siempre me ha sonado más corta que “momento” incluso si es un momento cortísimo) entra a nuestra mente un aroma, no lo hemos percibido por la nariz realmente, a nuestro cerebro se le ha hinchado la pelota (tampoco he pensado que el cerebro, siendo masculino, pueda tener dos pelotas,  le concibo con una sola) hacernos creer que olemos, pero no; la masa gelatinosa dentro de nuestro cráneo tiene ganas de recordar, de volver a sentir, ánimos de emocionarse un poquito, de jugar con el recuerdo.

Otros momentos (porque duran más, ahora sí) un real aroma nos atrapa en una nube de papalotes en fotos polaroid capaces de provocar un nudo en la garganta, sonreír o tener que sentarte a recuperar aire por suspirar tan profundo.

Amo esas sensaciones.

Hace unas semanas he comprado una botella de Kikkoman, una salsa de soya, naturalmente fermentada y no las mamadas de salsas de soya maggi (o como chingados se escriba) o de cualquier otra marca.

Llegué a casa después de hacer las compras, coloqué las bolsas en la mesa de la cocina, tomé la botella de kikkoman, la levanté a la altura de mis ojos, frente a mi, he sabido desde antes de destaparla, lo que me provocaría.

El aroma de la salsa Kikkoman no es de soya, no es a comida china, no me recuerda a la enorme Asia, sus misterios y sus vetustas culturas; me recuerda a mi padre.

Esta salsa me recuerda a mi infancia, cocinando con mi padre, la primera vez que comí Chop Suey y no comprendía cómo estaba comiendo frijoles si no estaban de color café, y en una tortilla de harina o en un birote.

Los camarones el vapor que mi padre y yo cocinamos una vez que salí temprano de la primaria y a escondidas de mi madre llegó a la escuela con una bolsa grandotota de camarones y fuimos a su casa a cocinarlos; la escapada le costó una maltratada de mi abuela y seguro de mi madre, pero el recuerdo valió cada segundo.

Me he tenido que sentar, frente a la botella de salsa de soya que descansaba sobre la mesa, tuve que respirar, – ya sabía cabrona, que me ibas a poner así por un momento – le hablé como José José seguramente le hablaba a sus pomos.

Me puse triste, feliz, contento, por tener a un padre que sigue cargando mi vida de recuerdos y dándole ese significado tan profundo a cosas tan simples.

Jan 152010
 

Muchas relaciones duran mucho tiempo más del que debieron durar sólo por la falta de valor para tocar el incómodo tema del “hasta aquí”.

Una apocalipsis privada con su mini holocausto zombie.