Ella estaba sentada frente al mar, se notaba que tenía frio, se abrazaba a sí misma amarrándose al mismo tiempo los brazos en su bufanda de lana blanca. Su cabello, un poco en el aire, otro poco sobre su rostro, sus hombros.
Llegué desde la acera y bajé a la playa, sentada justo donde comienza la inclinación donde las olas más fuertes alcanzan la arena, miraba al infinito, como ida, como muerta esperando que le cierren los ojos con la palma de la mano, como en las películas.
Me senté a su lado, no la había visto nunca y su rostro sin embargo me era tan familiar, volteé la mirada al mar, repasando el panorama, el aire y las gaviotas, los barcos y pequeños botes cerca y lejos, las oscuras nubes de la tempranera tarde que dejaban caer un rocío muy fino y frío – moja tontos, decía mi abuelo – que calaba los huesos; – si había modo de recordar un buen invierno en la costa, era con estas lluvias que duran semanas y enfrían el alma – pensé mientras trataba de saber qué cosas tan tristes pasaban por esa desconocida que había abordado por… quizá por la misma causa que yo he venido a esta playa, tal vez por la necesidad de hacer exactamente lo mismo que ella, sentarme a ver lejos, en silencio. Y yo allí estaba, interrumpiendolola en su pensar, su ver, su contemplar. Es tan hermoso ver al horizonte e imaginar lo vasto del mar y la soledad de las islas en el medio del oceano.
Entonces estaba allí sentado a su lado, pretendió no notar mi presencia y tuve que hacerlo obvio -más -
- Hola
Se liberó una mano de la bufanda para recogerse el pelo cubriendo sus ojos, voltea a mí
- Hola
- Suena tonto pero… ¿Qué haces aquí sola?
- Te podría preguntar lo mismo, pero eres hombre y para responder sólo puedes decir algo clásico como que te gusta filosofar y meditar frente al mar y ya; pero yo, yo vine aquí porque me gusta mucho este rincón de la playa, me gusta sentir este frío esta tarde, me recuerda un lugar y un sentimiento.
- Ves, tu también eres filósofa.
- Los filósofos buscan respuestas, yo no busco nada, si te has sentado aquí a mi lado con intenciones que ignoro, tan siquiera presta atención a lo que te respondo, no?
- Disculpa tienes razón entiendo, entiendo.
Soltó una ligerísima sonrisa mientras agachaba la cabeza a sus brazos cruzados meneandola de un lado para otro en un “No” condescendiente.
Saqué mis cigarrillos y le brindé uno, lo aceptó con gusto, se me ocurrió graciosamente que parte de su tristeza era que se moría por fumar y había dejado sus cigarrillos en casa.
Fumamos, los dos en silencio, ella terminó rápido y apago la colilla en la suela de su zapato y me la regresó apagada
- ¿Podrías llevártela y dejarla en un cesto de basura, o quedártela de recuerdo?
Sonrió de nuevo pero ahora dejó ver sus dientes, y se hicieron un par de hoyuelos en sus mejillas y sus ojos miraron fíjamente a los míos, profundos con todo el azul de todo el mar, fue un instante que se quemó en mi cabeza para siempre.
Se apoyó en mi hombro para ponerse de pie, se sacudió el trasero con infantil gracias, camino y se paró frente a mi dando la espalda al mar.
Levanté la vista para alcanzar su cara siguiéndo su cuerpo desde sus pies; esa mirada con esos ojos que se hacen chiquitos. Se acomodó la bufanda y metió sus manos en las mangas de su sweater y cruzó sus brazos frótandose, de seguro le pasó un escalofrió, yo también resistía un poco el efecto de la llovizna, evitaba sonar los dientes.
- ¿Me regalas otro cigarro?
Abrí la cajetilla, dejé que ella lo tomara, se lo encendí.
- Gracias, ahora yo me quedo con éste de recuerdo tuyo.
- ¿Recuerdo? ¿Tú me quieres recordar que he venido a interrumpir tu soledad y creo que hasta es por eso que ya te vas?
Sólto una carcajada, corta y bajita, se agachó y me besó.
- Es tan lindo que no estés teniendo idea de lo contenta que me ha puesto que hayas llegado a interrumpir mi soledad. Chau, si tú te acuerdas de mí, entonces nos veremos pronto.
Se dio la vuelta y se fue, no la seguí, hasta ahora no se por qué no lo hice pero algo me dice que ella no lo hubeira permitido.
Recuerdo su bufanda esponjosa larga, de lana blanca, sus ojos mirándome entre su cabello castaño y sus delgados dedos asomándose de las mangas de su sweater vino de cuello cuello en “V”, y el color de sus labios en la colilla del cigarro, claro que me acuerdo de ella. No la he olvidado, y no la he vuelto a ver.
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