Jan 132011
 

Yo aconsejaría que, así como hay noticias policiacas, empresarial, sociales, nacionales y deportes, los periódicos agregaran una nueva sección (seguramente chiquitita) de buenas noticias.

Así no nos destrozaríamos un cacho de espíritu entre tanto contenido apocalíptico de la perra vida y, a la hora de ese desayuno apurado podríamos ir directamente a leer una página “reader friendly”.

Nov 242010
 

No soy alguien con muchos prejuicios. Soy humano y tengo como todos algunos prejuicios decentes que podría presumir en alguna fiesta para no quedarme atrás en la conversación descarada, sin embargo no son graves.

Tengo prejuicios más o menos inofensivos como muchas personas, no atacan preferencias sexuales, creencias religiosas ni tendencias políticas, por citar los temas que cotidianamente se tocan.

La mayoría de mis peores prejuicios ocurren en un universo de babosadas como mi falta de respeto al triángulo como instrumento musical y odiar todo lo relativo a The Eagles solo por haber creado una de las canciones que más detesto en la vida, “Hotel California”.

También tengo un prejuicio muy ligero que me hace sospechar de las personas que traen de moda presumir que beben mezcal y saben mucho de cervezas artesanales, mientras no demuestren lo contrario los veo como posers.

Otro prejuicio que no tengo acentuado es sobre el color rosa en la ropa, bajo ciertas circunstancias y formas me puede gustar; mi novia en turno ya hace unos cuatro años me regaló una camisa en tono rosado muy chingona que me pongo y me gusta mucho.

Mi problema con el color rosa es cuando entro a un baño a lavarme las manos o bañarme y encuentro para tales efectos sanitarios un jabón rosa.

Al único jabón de ese color al que le doy chance es al jabón chiquito Rosa Venus y sus variantes de negocios de hospedaje; se me hace hasta simpático, además con una vida tan efímera y siempre rodeada de extraños que cualquier acto o protesta en su contra me rayaría en injusticia y plena falta de sensatez.

No puedo ver un jabón rosa con el mismo carácter formal e impetuoso con el que veo a un elegante y apropiadamente blanco (cualquier color excepto rosa)  jabón antibacterial, simplemente no le veo ganas ni seriedad para realizar la importantísima tarea de remover las cochinadas que se acumulan en mi piel durante un día.

A un jabón rosa nunca le voy a creer que me dejará limpio y libre de microbios.

Imagino la colonia de bichos microscópicos en mi sobaco:

Se oscurece todo por una inmensa sombra proyectada sobre el sobaco, en la colonia de microbios ya se estaban preparando para el armagedon, la tormenta era aviso.

- ¡ALLÍ VIENE! ¡ALLÍ VIENE! ES UN JABÓN, CORRAN POR SUS FRÁGILES VIDAS, NO AYUDEN A MUJERES NI NIÑOS NO HAY TIEMPO, ESCÓNDANSE EN LOS POROS Y AGÁRRENSE FUERTE DE UN PELOOOO!

Uno de los microbios vigías toma binoculares y advierte con gritando pero con tono aliviado:

- ¡ESPEREN, ESPEREN, ES ROSA!

Inmediatamente se apaga la sirena de alarma en la comunidad y se avisa por la radio y televisión tomar precauciones pro mal tiempo saliendo a la calle con botas y un buen paraguas.


Oct 042010
 

Cuando se es niño uno crea sus juegos y sus reglas. Juega juegos que han aprendido gracias a la generación mayor, su hermano o viendo como lo juegan  los de quinto grado, en la primaria.

Y siempre, como niños, padecíamos perpetua jaspia por la novedad, la sorpresa, la diversión sin igual y la pura chacota.

No importaba si jugábamos un juego más viejo que las nalgadas, si en el momento surgía alguna mamada que no nos convenía y atentaba contra nuestros principios – guanguísimos por supuesto – de legalidad, justicia y equidad, en menos de lo que canta un gallo ya estábamos gritando con ira sobre una nueva regla que nadie más que uno conoce porque acaba de salir según la organización mundial del juego en cuestión.

Digamos que quería arrimarme a la güerita que me gusta y me estorba un idiota en medio, brinco inmediatamente para aclarar y resolver que, siempre que esté una güerita seguida de un gordo que huele mucho a churros con cajeta éste debe salirse a quitarse lo pegajoso de las manos y cederle lugar al que sigue en línea. Aquí uno al final menciona firme que es el último boletín de la Federación Mexicana de Las Cebollitas.

Inventando reglas al vapor todos, cuando eramos niños, nos hicimos de canicas, trompos, nos descubrían a lo último si jugábamos a las escondidas con una niña o hasta pudimos escapar de algún bully que por extrañas razones creía en la regla de no golpear a un nacido bajo el signo de Aries en viernes si está haciendo mucho calor.

Con las reglas los niños no tienen respeto, en principio nadie le tiene respeto a las reglas en tanto no las aprende, asume y sobre todo las entiende.

La forma más sencilla de consolidar reglas haciendo que quienes deberán atenderlas las entiendan y comprendan por qué hay que obedecerlas.

Cuando somos niños, a veces nos enfermamos, otras nuestra mamá nos dice que estamos enfermos y tenemos que hacerle caso.

Lo hermoso de ser niño es que el termostato aún no nos funciona. Yo no recuerdo sentir frío o calor. No recuerdo temperaturas y me ponía un sweater cuando mi mamá sentía frío, no yo, yo estaba hecho un mar de sudor con la lengua de fuera, pero si a ella le pegaba un chiflón por detrás de as orejas tenía que regresar a jugar al gato con sweater y gorro para la risa de mis colegas jugandos; las burla le tocaba a todos, las mamás estaban interconectadas como por telepatía, si le daba frío a uno sólo era cuestión de media hora para tenernos a todos en uniforme de invierno, en el infernal Septiembre.

Otra cosa que cuando somos niños nos viene valiendo madres es la moda. Hay muchas cosas más interesantes que vestirnos bien, o mal; encontramos algunas garras que se convierten en nuestras favoritas y listo, no las soltaremos ni para que las laven.

Creo que yo sí tuve shorts que se quedaban parados de las costras de lodo que albergaban y tuve mapas de mugre en los brazos.

Recuerdo ahora mientras escribo este post que en alguna época entre mis cinco y ocho años mi abuelo me regaló un par de botas vaqueras, yo no era fan de los vaqueros ni de la moda ranchera, sólo se le ocurrió dármelas; abrí la caja, tomé las botas y me las puse.

No volví a quitármelas en meses.

Cuando comencé a sospechar que mi abuela y mi madre planeaban tomarme descuidado y deshacerse de las botas – que huelga decir, ya apestaban como vacas muertas – decidí ni siquiera quitármelas para dormir, vivía estresado y dormía con un ojo abierto aguardando el momento del ataque por cualquier flanco.

Después de varias semanas de incómoda calma, pensaba que había triunfado cuando llegó a despertarme un señor espantoso, apestoso, chimuelo y que olía a muebles mojados, me dice – DAME ESAS BOTAS, QUÍTATELAS!

No volví a ver al viejo borracho que me quitó las botas. Tampoco a las botas.

En el barrio  había un par de viejos locos y borrachos que me daban mucho miedo, le pagaron a alguien que se parecía a ellos. Muy astutos.

Y de pronto hemos crecido, estamos en los veintes y salimos de los veintes para vivir en los treintas y no hayamos qué reglas inventar para dejar de vivir bajo tantas reglas.

Vivimos retacados de reglas que no inventamos, que no nos gustan, pensando y luchando por forjarnos días en los que podamos volver a jugar a que nada importa, aunque sea eso, jugar.

A veces para alimentar al niño que aún vive dentro de nosotros sólo hace falta sacarnos un moco en la fila el banco o tocar guitarra de aire en tu oficina con tus headphones a todo volumen.

Aprender a crecer sin envejecer.

Apr 142010
 

Nos pasa a todos; conduciendo en el coche rumbo a casa, quizá cansados o con hambre como para ordenar un menú completo en cualquier restaurante de comida rápida; o haciendo cualquier otra cosa, en cualquier otro momento.

Por un momento cortísimo, un instante (personalmente la palabra “instante” siempre me ha sonado más corta que “momento” incluso si es un momento cortísimo) entra a nuestra mente un aroma, no lo hemos percibido por la nariz realmente, a nuestro cerebro se le ha hinchado la pelota (tampoco he pensado que el cerebro, siendo masculino, pueda tener dos pelotas,  le concibo con una sola) hacernos creer que olemos, pero no; la masa gelatinosa dentro de nuestro cráneo tiene ganas de recordar, de volver a sentir, ánimos de emocionarse un poquito, de jugar con el recuerdo.

Otros momentos (porque duran más, ahora sí) un real aroma nos atrapa en una nube de papalotes en fotos polaroid capaces de provocar un nudo en la garganta, sonreír o tener que sentarte a recuperar aire por suspirar tan profundo.

Amo esas sensaciones.

Hace unas semanas he comprado una botella de Kikkoman, una salsa de soya, naturalmente fermentada y no las mamadas de salsas de soya maggi (o como chingados se escriba) o de cualquier otra marca.

Llegué a casa después de hacer las compras, coloqué las bolsas en la mesa de la cocina, tomé la botella de kikkoman, la levanté a la altura de mis ojos, frente a mi, he sabido desde antes de destaparla, lo que me provocaría.

El aroma de la salsa Kikkoman no es de soya, no es a comida china, no me recuerda a la enorme Asia, sus misterios y sus vetustas culturas; me recuerda a mi padre.

Esta salsa me recuerda a mi infancia, cocinando con mi padre, la primera vez que comí Chop Suey y no comprendía cómo estaba comiendo frijoles si no estaban de color café, y en una tortilla de harina o en un birote.

Los camarones el vapor que mi padre y yo cocinamos una vez que salí temprano de la primaria y a escondidas de mi madre llegó a la escuela con una bolsa grandotota de camarones y fuimos a su casa a cocinarlos; la escapada le costó una maltratada de mi abuela y seguro de mi madre, pero el recuerdo valió cada segundo.

Me he tenido que sentar, frente a la botella de salsa de soya que descansaba sobre la mesa, tuve que respirar, – ya sabía cabrona, que me ibas a poner así por un momento – le hablé como José José seguramente le hablaba a sus pomos.

Me puse triste, feliz, contento, por tener a un padre que sigue cargando mi vida de recuerdos y dándole ese significado tan profundo a cosas tan simples.

Feb 172010
 

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Temas: Amor, Café de Emergencia, Carnaval  y Accidentes de la infancia.

Música: Loveninjas, Band Of Horses, The Mary Onettes y The Shout Out Louds.

PINCHÁ PLAY!  

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Jan 122010
 

La Real Academía Española, después de una larga sesión de 72 horas sin dormir, casi sin comer y apenas tomándose el tiempo los miembros del consejo para salir a la banqueta por un cigarrito y pasar al baño, decretó por fin y de una vez por todas que el “hubiera” no existe.

El Presidente de la comisión que realizó este concienzudo análisis concluyó la conferencia de prensa diciendo “para ser honesto, hubieramos hecho ésto hace mucho pero no habíamos tenido chance”.

Dec 222009
 

Ya son las épocas de Merry Crisis and a Happy New Fear, así que como una pequeña manera de agradecer a nuestros fans, mi carnal Beam y su server hemos grabado un pequeño podcast improvisado y chacotero para que, si no tienen nada mejor qué hacer, le den un soberano CLICK A PLAY y se sienten a pendejear con nosotros.

P.S. Los queremos mucho, snif.

emosucks

Temas: Nada, Bla’s improvisados, y parleada chacotera.

Música: Javiera Mena, Julian Plenti, Drop Nineteens y The Xx

 

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Nov 202009
 

Ella estaba sentada frente al mar, se notaba que tenía frio, se abrazaba a sí misma amarrándose al mismo tiempo los brazos en su bufanda de lana blanca. Su cabello, un poco en el aire, otro poco sobre su rostro, sus hombros.

Llegué desde la acera y bajé a la playa, sentada justo donde comienza la inclinación donde las olas más fuertes alcanzan la arena, miraba al infinito, como ida, como muerta esperando que le cierren los ojos con la palma de la mano, como en las películas.

Me senté a su lado, no la había visto nunca y su rostro sin embargo me era tan familiar, volteé la mirada al mar, repasando el panorama, el aire y las gaviotas, los barcos y pequeños botes cerca y lejos, las oscuras nubes de la tempranera tarde que dejaban caer un rocío muy fino y frío – moja tontos, decía mi abuelo – que calaba los huesos; – si había modo de recordar un buen invierno en la costa, era con estas lluvias que duran semanas y enfrían el alma – pensé mientras trataba de saber qué cosas tan tristes pasaban por esa desconocida que había abordado por… quizá por la misma causa que yo he venido a esta playa, tal vez por la necesidad de hacer exactamente lo mismo que ella, sentarme a ver lejos, en silencio. Y yo allí estaba, interrumpiendolola en  su pensar, su ver, su contemplar. Es tan hermoso ver al horizonte e imaginar lo vasto del mar y la soledad de las islas en el medio del oceano.

Entonces estaba allí sentado a su lado, pretendió no notar mi presencia y tuve que hacerlo obvio  -más -

- Hola

Se liberó una mano de la bufanda para recogerse el pelo cubriendo sus ojos, voltea a mí

- Hola

- Suena tonto pero… ¿Qué haces aquí sola?

- Te podría preguntar lo mismo, pero eres hombre y para responder sólo puedes decir algo clásico como que te gusta filosofar y meditar frente al mar y ya; pero yo, yo vine aquí porque me gusta mucho este rincón de la playa, me gusta sentir este frío esta tarde, me recuerda un lugar y un sentimiento.

- Ves, tu también eres filósofa.

- Los filósofos buscan respuestas, yo no busco nada, si te has sentado aquí a mi lado con intenciones que ignoro, tan siquiera presta atención a lo que te respondo, no?

- Disculpa tienes razón entiendo, entiendo.

Soltó una ligerísima sonrisa mientras agachaba la cabeza a sus brazos cruzados meneandola de un lado para otro en un “No” condescendiente.

Saqué mis cigarrillos y le brindé uno, lo aceptó con gusto, se me ocurrió graciosamente que parte de su tristeza era que se moría por fumar y había dejado sus cigarrillos en casa.

Fumamos, los dos en silencio, ella terminó rápido y apago la colilla en la suela de su zapato y me la regresó apagada

- ¿Podrías llevártela y dejarla en un cesto de basura, o quedártela de recuerdo?

Sonrió de nuevo pero ahora dejó ver sus dientes, y se hicieron un par de hoyuelos en sus mejillas y sus ojos miraron fíjamente a los míos, profundos con todo el azul de todo el mar, fue un instante que se quemó en mi cabeza para siempre.

Se apoyó en mi hombro para ponerse de pie, se sacudió el trasero con infantil gracias, camino y se paró frente a mi dando la espalda al mar.

Levanté la vista para alcanzar su cara siguiéndo su cuerpo desde sus pies;  esa mirada con esos ojos que se hacen chiquitos. Se acomodó la bufanda y metió sus manos en las mangas de su sweater y cruzó sus brazos frótandose, de seguro le pasó un escalofrió, yo también resistía un poco el efecto de la llovizna, evitaba sonar los dientes.

- ¿Me regalas otro cigarro?

Abrí la cajetilla,  dejé que ella lo tomara, se lo encendí.

- Gracias, ahora yo me quedo con éste de recuerdo tuyo.

- ¿Recuerdo? ¿Tú me quieres recordar que he venido a interrumpir tu soledad y creo que hasta es por eso que ya te vas?

Sólto una carcajada, corta y bajita, se agachó y me besó.

- Es tan lindo que no estés teniendo idea de lo contenta que me ha puesto que hayas llegado a interrumpir mi soledad. Chau, si tú te acuerdas de mí, entonces nos veremos pronto.

Se dio la vuelta y se fue, no la seguí, hasta ahora no se por qué no lo hice pero algo me dice que ella no lo hubeira permitido.

Recuerdo  su bufanda esponjosa larga, de lana blanca, sus ojos mirándome entre su cabello castaño y sus delgados dedos asomándose de las mangas de su sweater vino de cuello cuello en “V”, y el color de sus labios en la colilla del cigarro, claro que me acuerdo de ella. No la he olvidado, y no la he vuelto a ver.

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