Ayer tuve un día increiblemente desagradable, por dejárselas resumida, ayer la humanidad me cagaba la madre.
Así pues salí de la oficina, ya en el coche recordé que tenía que comprar cigarrillos así que di una vuelta para desviarme de la ruta a casa, sólo un par de cuadras al oxxo más cercano.
Al salir del estacionamiento del oxxo di la vuelta a la esquina y fue donde una vez más me encontré con un personaje: El señor de las donas y las empanadas de queso.
No puedo hacer un ejercicio de memoria tan eficaz que me de certeza del primer día que conocí a este sinigual vendedor de repostería urbana.
Es un hombre en sus sesentas, alto, corpulento -por no decir medio gordo- de pelo blanco y cachetón con una voz muy divertida pues suena a megafóno.
El señor de las empanadas de queso es querido y respetado por todos; ¿por qué? no lo se, pero tengo varias ideas de cómo ha escalado su reconocimiento público.
En primer lugar opino que la principal caracteristica que lo hizo tan popular es que practicamente es el único vendedor de donas y empanadas de queso que camina por toda la ciudad con una charola sobre su cabeza.
La otra cosa es quizá la que realmente me impresiona y convierte a este personaje – según yo, mis amigos y a quien se le solicite opinión – en algo cuasi-fantástico es que, a este donero te lo puedes encontrar en cualquier lugar y casi a cualquier hora ofreciendo sus panecillos con su voz megafónica pero siempre simpática.
Un día de verano, en una playa del hermoso pacífico a 100+ kilómetros de la ciudad, mientras estabamos mis amigos y yo tirados en la arena emulando una orden de burritos, escuchamos esa voz tan peculiar, como espejismo en el desierto virgen y cruel, pasó frente a nuestras atónitas miradas, Don Dono con media charola vacía, – un dia de buenas ventas, como cualquier otro – nos dijo.
Así como lo anterior, mucha gente tiene historias sobre los inusuales lugares donde han encontrado al vendedor de empanadas de queso; pero yo tengo la mejor de todas.
Hace ya unos tres años, al punto pedos, en un coche retacado de gente, en una noche tijuanera, invernal y totalmente cubierta de niebla de la que no deja ver más de veinte metros, unos amigos y yo llegamos a la única taquería que encontramos abierta, allá por Río, llegamos a las mesas de la taquería cortando la niebla con machetes imaginarios – bueno, uno de los borrachos sacó un sable de luz- me levanté a la barra a ordenar mis tacos cuando escuché la misma voz, tan familiar, pero anunciando, entre la niebla, chicles y cacahuates.
Ni siquiera ordené al taquero, caminé rápido a quitarme la duda de encima, y allí estaba sentado en una jardinera con una caja de golosinas; lo saludé con un chingo de gusto, y antes de que le dijera que lo conocía de mi ciudad, él me vió a la cara y me dijo – Ah tu eres el muchacho del centro, el que juega billar,! ¿cómo han estado todos?
Me quedé impresionado.
Me contó que estaba en Tijuana por unas semanas pues su esposa se encontraba hospitalizada y que, a fin de no dejar de trabajar nomás por no tener contactos en la ciudad dentro el rubro repostero, ingresó al mercado de la golosina corporativa.
Le pagué unos Halls que no tomé, fue un detalle de amistad y simpatía, también le obsequíe modestamente los últimos 10 dólares que me quedaban en la billetera (los tacos me los tuvieron que pichar) y me despedí deseándole suerte.
Regresando al día de ayer, allí estaba, caminando mal, con su charola recién cargada de donas y empanadas, pidiendo aventón.
Me detengo y bajo el cristal se agacha y le veo cara de dolor en el rostro y me pide aventón, no me reconoce, me dice con un evidente dejo de desesperación – dame un aventón al centro por favor y te regalo unas donas y unas empanadas de queso, me duele mucho mi pierna! – Subió su charola al asiento trasero y se trepó al coche, seguía sin reconocerme, le comenté que una vez lo ví en Tijuana y fue cuando recordó la vez de la taquería y el “friazo” que estaba haciendo cuando lo ví.
Ahora me cuenta que le operaron la rodilla, no le quedó bien, que a lo mejor necesita nueva operación, yo creo que ha sido por tanto, tanto caminar, y su peso que le ha dado en la madre a los meniscos.
Llegamos al centro, antes de que bajsrese le dije que dejara de comerse la mercancía, se rió, me ofreció los panes como pago por el aventón, decliné la oferta y le deseé un buen día, me dió las gracias y se fue caminado.
De vuelta rumbo a casa me di cuenta que en lugar de responderle su “gracias” con “por nada” o algo que es así, había respondido con un grandote “GRACIAS A USTED”.
Solté una sonrisota, encendí un cigarrillo y seguí manejando a casa sintiendo como si le hubiera dado aventón a Pablo Picasso, a Mick Jagger, o al conejo de energizer.