En la fonda donde me gusta tanto desayunar ocurre algo ciertamente curioso. Bueno, comenzaré antes describiendo la fonda: Dos barras barra en ángulo recto que rodean el área de caja y cocina, éstas a la vez separadas por un anaquel con botes y “topers” de ingredientes y demás cosas.
Prosigo entonces habiendo terminado la somera descripción.
Lo curioso pues, es que las tres cocineras que son unas chicas en sus tempranos veintes son unas chicas frondosísimas – escribo ésto al tiempo que me gustaría que me imaginaran extendiendo mis brazos de lado a lado como en cámara de tortura – que se la pasan comiendo gratis.
En el tiempo que me senté, cogí el menú, ordené, espere, comí y pagué, a la cocinera de rayitas – ¡rayas horizontales!, si me dejan aclarar eso- le conté un sope, una tostada doble – no la tostada, sino de todo lo demás – y un sandwich que de manera furtiva sacó bien empacado de un “toper”en la repisa más alta del anaquel divisor.
La otra cocinera, creo que de camisota – perdón, quise decir, camiseta – amarilla fue sorprendida por mis sorprendidos ojos, sirviendo un platillo para llevar, eran unos chilaquiles en salsa verde, terminó de preparar la orden en el sarten, acercó el plato/caja para la orden y también un plato para ella, seguramente para servirse los chilaquiles que sin querer preparó “de más”; se sirvió la misma cantidad para ella; claro, – quizá era su hora de desayunar y a callar todo el mundo, pensé, pero no, los chilaquiles fueron el inicio de una cundina de guarniciones recortadas y platillos sobraditos.
Esta fnda hace unos cuatro años estaba en otra ubicación, a unos 100 metros de la actual, hubo remodelaciones en toda la cuadra y la dueña aprovechó para cambiar de ubicación y rediseñar la fonda.
Necesitaba una cocina más grande para sus cocineras que, huelga decir, cocinan increiblemente sabroso.
