Oct 092011
 

Caminar de noche bajo la lluvia a veces es como llorar, o anticiparse a las lágrimas;

poner pie, por error, en un charco invisible sobre la oscurecida acera y sentir la helada humedad en la punta de los dedos del desafortunado pie, es como un traguito amargo de sailva, justo ese que precede a la injusta – pero liberante – lágrima;

y los recuerdos.

Los aprisionantes recuerdos.

Sep 152011
 

Hoy fue mi primer día completo en D.F.

Llegué ayer por la tarde y la pasé muy agusto con mis anfitriones pues tenía varios años sin verles y me puse muy contento, disfrutamos unos clamatos de chela que yo pereparé y que quedaron sublimes, él se quedó con los ojos pelones y ella casi chilla de emoción, así soy de bueno preparando drinks.

No pensé que estaría tan cansado de un viaje de pocas horas, pero no fue eso, fue la tensión acumulada en las semanas antes de venirme, arreglar aquello, papeles de esto otro, qué me llevo y qué dejo, despedidas con los amigos y de lugares por una buena temporada, mi madre, Cartucho.

Hoy el día comenzó temprano, me gustó la caminata que será necesaria para llegar a la estación del metro y del destino hasta la oficina, implica ejercicio que a huevo tengo que hacer, eso me late.

Por malas instrucciones por parte de la responsable de ofrecerlas de forma correcta, caminé un tramo extra que ya medio me cayó medio mal porque justo comenzaba a sudar, tuvo que ir por mi en su coche aunque pudo decirme que de donde le dije que estaba parado sólo tenía que caminar 100 metros más, ah, bendito sentimiento de culpa.

La banda en la oficina me cayó muy bien, el ambiente de trabajo excelente y creo también que mis labores también me gustarán y que las haré bien y con gusto.

Positive thinking, man, but be careful what you wish for.

Quería lluvia, la deseaba más que a Maggie Q en pelotas; pues de regreso a casa se soltó un aguacero que provocó que buscara resguardo bajo lonas de puestos, taquerías, un cartón ajeno y techos volados de 40 cms. no me empapé, fui astuto pero… ah pinche lluvia, la primera que me toca y me agarra exactamente bajo las circunsancias opuestas a las que deseaba para disfrutar un buen chaparrón.

This city is a mess, but slowly starts to feel like home.

Lovely mess.
Jun 162011
 

Hoy salí de la regadera bostezando.

Desde niño he amado la lluvia, desde lo más profundo de mi memoria puedo sacar recuerdos pluviales; de niño mis abuelos no me dejaban salir a mojarme bajo la lluvia, no se qué ideas tienen los adultos acerca de los niños bajo la lluvia, como si llovieran piedras.

Pero lo que contaba era esa cosa chistosa que ahora recuerdo de mis abuelos; Este par de venerables señores encargados de mi bienestar, cuando sospechaban que iba a llover e intuían que su nieto procuraría su descuido para salir corriendo al patio a brincar bajo el agua cayente (qué buena palabra me acabo de echar) se ponían serios y pelaban los ojos como si mi vida estuviera en peligro, siempre me dijeron y sostuvieron que si me mojaba con agua de la primera lluvia me podía enfermar gravemente, decían (y por default autorizaban) que tenía que esperar a la segunda lluvia ya que la primer agua que caía estaba sucia, llena de cochinadas, provocaba llagas, comezón, manchas, en fin, lo dejaba a uno espantoso, como cuadro de Frida Kahlo por semanas.

Yo era un niño, eran mis abuelos, no creerles era imposible.

Pero siempre hay un pero.

Nunca llueve, bueno, sí, pero no.

La verdad es que a los pocos años de estarles comprando ciegamente su historia de “la primera lluvia” noté que llovía tan poco que las probabilidades de una segunda caída de agua del cielo eran poquísimas, a menos que se contara como “segunda lluvia” la de la semana siguiente, pero no, mis abuelos decían que no, la lluvia se ensuciaba mucho antes,.

Ante un dilema pluvial tan cabrón del estilo de “si el último vagón del tren es de mala suerte ¿por qué no lo quitán?” simplemente terminé solucionando el asunto a como aprendí en la infancia: me valió madres y en la siguiente primera lluvia me remojé hasta quedar arrugado como pijama.

No quise dejar el éxito de mi temerario experimento para mi solito y pasé a platicar a mis abuelos lo que había hecho aún escurriendo agua (y algunos mocos, tanta remojada siempre afloja mocos).

Me dieron una regañada, se resignaron, no me salieron llagas ni quedé horrendo.

Pasé el resto de los veranos de mi infancia bajo cada lluvia que pude, de panza en un charco de la banqueta afuera de mi casa o acostado, con los ojos cerrados bajo el gran árbol de mango del patio, con las gotas cayendo sobre mi cara con el ruido de las hojas.

Y acá sigo, donde llueve tan poco, pero se siente tanto.