Jun 232011
 

Tengo varios meses que, en mi camino al bar (huelga decir es con mucha frecuencia) veo a un señor velador afuera del establecimiento que cuida.

Ese lugar sufrió un incendio hace muchos meses, ahora lo han restaurado y tiene un velador.

Lo veo tres segundos cada vez, unas permanece sentado en las escaleras que dan a la puerta metálica de la entrada, con un perrito blanco y un tupperware con algún alimento que llevó de su casa para ese momento de la noche en que es necesario hacer algo más que estar con los ojos abiertos, pensando.

A veces se aventura a la esquina y lo veo sentado en la banca de la parada de autobuses, solo, mirando a las tres esquinas frente a él.

Otras ocasiones es, sólo él en la acera, como en un plano indefinido, existencia en concreto, llana e inerte.

El mundo está lleno de veladores, de gente que anda en bicicleta, mamás que llevan a sus hijos al kinder y ejecutivos que padecen insomnio; no hay nada qué hacer sobre ello.

Lo que me quitá la calma de este hombre es que siempre tiene la mirada al suelo, debajo de su horizonte. Triste.

Y me contagia un poco.